Vivir desde nuevos sentidos

Cuando nos preguntamos por nuestras ganas suele abrírsenos todo un cúmulo de posibilidades nuevas. Sin embargo, esas posibilidades son débiles y oscuras, al menos al principio.

Nuestras ganas de ser diferentes no se corresponden con lo que hemos experimentado a partir del sentido utilitario que organiza el criterio de realidad con el que sabemos vivir. Por eso nos parecen extrañas, irreales o inviables.

En la medida en que no son comprensibles por nuestra manera ordinaria de pensar, nos parece imposible que nuestros deseos puedan hacerse realidad. Apenas si logran tomar forma en nuestros sueños, o en nuestra imaginación.

El hecho de abrirnos a los nuevos sentidos que pulsan en nosotros y aprender a vivir desde ellos demanda un trabajoso cultivo de nuestra persona. Es una tarea laboriosa pero posible y realizable.

Cuando vivimos intensamente el presente conservamos de lo anterior aquello que afirma nuestra vida, y cambiamos los aspectos que la debilitan. Así creamos nuevas formas de ser y vivir. Porque la vida es al mismo tiempo tradición y creación, continuidad y cambio.

Encarnar esta idea significa validar la posibilidad de nuestra propia transformación y enriquecimiento. También implica asumir la responsabilidad de vivir, y potenciar las chances de libertad y cambio en cada uno, en la comunidad que integramos y en el mundo del que somos parte. Significa abrir las fronteras de nuestra manera de ser: saberla deviniendo en nuestra vida, verla como un reordenamiento constante que ocurre en el despliegue de nuestro vivir, y no como algo constituido en el pasado.

De este modo generamos espacios para nuevas elecciones. Pero atención: elegir es también actuar consciente y voluntariamente para hacer posible lo que elegimos, es invertir en ello tiempo y energía.

Llamo fuerza de voluntad a la potencia que cada uno tiene para afirmar aquello que quiere. La fuerza de voluntad, como cualquiera de nuestras fuerzas, se potencia en su ejercicio.

Se trata de aprender a estar atentos a nuestro propio querer, y calibrar hasta qué punto nos es posible en cada momento. Porque aprender a querer no es sólo registrar lo que late en nuestras ganas; también es comenzar a transitar la afirmación de esos deseos.