Una estrategia para la paz

Una guerra de impredecible grado de destrucción acaba de iniciarse. La lucha por el poder mundial y la rapiña de las riquezas naturales no se detienen ante nada. Quienes ejercen el poder en EE.UU. se creen dueños del mundo. Y parecen sentir el derecho natural de actuar para el desarrollo ilimitado de ese poder, sin medir las consecuencias sobre la vida y la muerte de millones de seres humanos.

Para los norteamericanos la guerra es una movida más en su intención de afirmar sus intereses. No están equivocados: simplemente enloquecieron, emborrachados en las tinas del poder. Y por lo tanto no pueden medir las consecuencias de sus actos.

La revolución tecnológica que sacudió al planeta durante las últimas décadas del siglo XX potenció tanto la capacidad humana de producción como la de destrucción. Con las actuales “posibilidades” tecnológicas, un enfrentamiento bélico mundial puede derivar en una era de miseria y muerte de dimensiones inimaginables.

En este contexto alocado, ¿qué actitudes y acciones podrían conducir a la paz y el bienestar mundial?

Como cualquier situación social-política, la actual presenta dos dimensiones. Una es la coyuntural y de corto plazo. En este plano y aunque parezca una obviedad, podemos organizar acciones opositoras a la guerra, así como tareas que ayuden a tomar conciencia del grado de destrucción al que nos pueden llevar las posiciones fundamentalistas de uno y otro bando.

La otra dimensión es la estratégica o de largo plazo. Si bien la manifestación actual del peligro es el supuesto “contraterrorismo” estadounidense, en la base de la situación subyace un riesgo más estructural: se trata de las políticas cuyo sentido tiende a la consolidación de un dominio cada vez mayor, y que reproducirán una y otra vez situaciones de destrucción y de muerte. Es bueno criticarlas y oponerse a ellas. Pero también -y sobre todo- urge que nos preguntemos por la relación existente entre estas políticas y nuestras propias maneras de ser y vivir.

Si bien la dinámica de lo político responde a juegos de intereses complejos y contradictorios, no parece razonable pensar que los gobiernos funcionen de manera radicalmente diferente a la de sus gobernados. Algo de éstos últimos permite que los gobiernos sean del modo en que son. Algo de nuestra manera de ser y vivir alimenta el horizonte de sentido de quienes nos gobiernan.

En mi opinión el punto clave es el deseo de poder y dominio, que nos constituye a todos en tanto individuos pertenecientes a una época que se caracteriza por valorar a las personas en función de sus logros a la hora de dominar, poseer y controlar.

Las políticas de dominio y del desinterés por la vida están incrustadas en las estrategias de los poderes político-económicos. Pero no sobreviven porque sí: abrevan en el deseo de poder personal, que está presente en gran parte de los que habitamos el planeta.

Esta afirmación parece temeraria, en tanto somos millones los que denunciamos y estamos en contra de las políticas de sometimiento y exclusión. Pero nuestra complicidad no se funda en acuerdos programáticos con tales acciones, ni en pensamientos que la avalen, sino en el espíritu con el que actuamos en nuestra vida cotidiana.

En la medida en que orientamos nuestras pequeñas acciones diarias desde un sentido emparentado al que organiza las acciones fascistas de los gobiernos, alimentamos la viabilidad política de lo que criticamos. También nosotros, en nuestros ámbitos de acción, estamos interesados en controlar, dominar y poseer. Este es el “caldo cultural” que hace posible la existencia de los gobiernos actuales. Y la tarea de “desactivarlo” está en la base de todo proyecto que pretenda transformar la realidad social.

Lo acontecido a partir del 11 de septiembre del 2001 actualizó la importancia de esta cuestión. Activó las tensiones que genera. Por un lado se movilizaron las fuerzas tradicionales que apuestan a la consolidación del dominio imperial. Por el otro se profundizaron las acciones y también los interrogantes de quienes postulan un cambio de rumbo para la situación social y política mundial. Los primeros toman las armas sin atender demasiado los costos humanos y los riesgos de su declamada “acción antiterrorista”. A los segundos nos corresponde encontrar maneras de actuar que incidan en la situación, más allá de oponernos a la guerra. Necesitamos plantear y ejecutar una estrategia para la paz.

Como es abajo, es arriba
La guerra es factible en la medida en que el dominio sea la razón de ser de las naciones. Y esto sólo posible en el grado en que también lo sea para las personas.

A fin de abordar una estrategia para la paz es necesario hablar desde más cerca de la experiencia de cada uno. Se trata es ir debilitando y disolviendo en nuestras propias prácticas el “espíritu” (o el sentido último) que está en la base del peligro bélico.

Aunque todo parece ocurrir muy lejos de nuestra esfera de influencia, también es cierto que todos formamos parte del ámbito cultural en que tienen vigencia los valores que alimentan la guerra. Ser “más poderosos” nos hace sentir “más y mejores personas”. Esta es una pieza clave de nuestra cultura y de nuestra manera de ser. Y también lo es de la actual situación crítica.

Mediante la repetición irreflexiva de las maneras de ser y vivir orientadas por el deseo de dominio y control, alimentamos la lógica de las políticas que hacen eje en él. Hoy la supervivencia de esta mecanismo pone en peligro nuestras vidas. También nos impide gozar más plenamente de la experiencia de estar vivos.

De la transformación personal al cambio social
La paz y el bienestar mundial reclaman una transformación personal profunda de cada uno de nosotros. Se trata de debilitar al deseo de poder como organizador principal de nuestra manera de ser. Quitarle la conducción de nuestra experiencia y cultivar maneras más solidarias y gozosas de vivir. Si ponemos en primer plano el intento de disfrutar de la vida, nuestros nuevos intereses personales coincidirán de manera natural con los caminos que conducen al bienestar y la paz. Lo que necesitamos, en suma, es comenzar a realizar nuestras acciones desde el amor y la alegría de vivir.

De esta manera podremos incidir en nuestro ser colectivo, y en la situación social-política. El cambio será mayor en la medida en crezca el número de personas que pongamos en práctica este enfoque. Y se profundizará en tanto la solidaridad y el cuidado de la vida vayan inundando el corazón de las personas, y así también sus deseos y prácticas.

Esta transformación generará cambios en los rumbos del Estado. Debilitará la viabilidad cultural de las políticas de dominio. Cada vez habrá menos energía disponible para ejercerlas y aceptarlas, y seremos más los individuos capaces de imaginar, diseñar y ejecutar políticas imbuidas de un nuevo sentido.

El cambio es todavía lento, pero se está acelerando como una bola de nieve. Va “tomando cuerpo” en un número cada vez mayor de personas.

Soy consciente de que este punto de vista dista mucho de la manera tradicional de pensar y actuar en relación con lo social-político. Pero las problemáticas contemporáneas requieren, y con urgencia, abordar caminos que puedan producir cambios en las raíces más profundas de nuestro ser. Para eso habrá que diseñar nuevas estrategias.

Todos podemos hacer algo Todos podemos incidir en la transformación colectiva a través de pequeños cambios en nuestra experiencia cotidiana. Es preciso reflexionar y realizar acciones que vayan cargando nuestro ser -individual y social– de nuevos deseos y valores, sentimientos y prácticas de vivir. Aunque parezcan alejadas de la problemática de la guerra, estas acciones están en la base de cualquier posibilidad de paz y libertad duraderas.

Se trata de:
· Abrirnos a maneras más solidarias y gozosas de ser y de vivir.

· Cambiar nuestro modo de relacionarnos con los otros (amigos, pareja,

clientes, subordinados, jefes), invitándolos a pasar de la confrontación a la alianza solidaria.

· Comprometerse en acciones comunitarias, a sabiendas de que nuestros destinos están ligados al de los demás.

· Promover el buen clima en nuestros ámbitos de convivencia cotidiana, mediante actitudes concretas.

· Reorientar nuestros objetivos y actitudes laborales en función de estos nuevos valores.

· Tender redes entre personas e instituciones interesadas en la transformación solidaria.

En suma: nos toca aceptar que, en tanto miembros de esta cultura, participamos de un orden de sentido que menosprecia la vida. Y asumir que en algún grado compartimos una forma de experimentar la existencia que conduce a desastres como la guerra. Sólo a partir de esta toma de conciencia estaremos en condiciones de desarrollar, con sustento, una estrategia para la paz.