Un tránsito fundamental: del placer al goce

Nuestra época está signada por el enfrentamiento radical entre trascendencia e inmanencia. Trascendencia es, en la eroticidad humana, placer por el deber cumplido, por el resultado obtenido o la posesión conseguida. Inmanencia es, en cambio, goce del presente, intensidad del instante.

A mi entender el placer es a la trascendencia lo mismo que el goce es a la inmanencia: en el goce se hace presente la misma energía que circula en el placer, pero organizada desde la inmanencia. Esa energía transita en gran medida por lo sexual, y por eso las palabras que la nombran se asocian rápidamente al sexo. Y es esto lo que hace que abrir y profundizar el juego sexual propio resulte tan importante en la tarea de afirmar un mundo diferente. También por eso es que lo sexual se muestra como el terreno en el que más claramente puede saberse de lo inmanente, de lo que tiene sentido en sí y se da como plenitud. Me refiero a la experiencia orgásmica, que suele designarse como “muerte de la conciencia” (de la conciencia racionalista y trascendente).

Creo sin embargo que es necesario atender a una ingenuidad bastante frecuente, que es pensar al goce como más espiritual y al placer como más corporal, al goce como del orden del amor y al placer como del puro orden del sexo; pensar lo físico, lo material, como de más baja estofa y lo espiritual como más elevado y cercano a lo sagrado. Este juego que separa lo corporal de lo espiritual es expresión del discurso que nos organiza a los occidentales desde hace quinientos años; expresión interesada, ya que sirve al sentido productivista y a la necesaria inversión de la energía erótica humana (y del mundo) en el dominio de las cosas por parte del hombre, es decir, en la producción. En virtud de esta división, el goce inmanente, el goce de lo que es y sucede a cada instante, quedó fuera del acto de la producción, del trabajo, y fue desplazado a los márgenes de la vida, como “lo que no tiene sentido”: la vagancia, la despreocupación y la desidia le dieron forma y calificación pecaminosa.

Así es como se afirmó la modernidad, y esto muestra lo que está ocurriendo con su muerte: con el crecimiento y la consolidación de la trascendencia productivista, en su momento, se postergó y expulsó a la inmanencia, que ahora resurge y se afianza en virtud de la saturación del sentido productivista.

En suma: placer es aquello que sentimos en un momento de intensidad trascendente; hay placer en el dominio del otro o de lo otro, en una acción o situación que promete resultados, en sentirse útil, potente o poseedor. En el goce, en cambio, no hay dominio, utilidad ni resultados, y tampoco tiempo. Hay instalación plena en la totalidad de lo que hay.

Claro que en la realidad no existen ni el goce ni el placer en estado puro, como formas en que se da la intensidad erótica del mundo que habitamos, ni en el que intentamos que se abra. La realidad se organiza, justamente, en la diferencia de fuerzas entre el placer y el goce, en su disputa por la hegemonía. Por lo tanto, no es de muerte y nacimiento de los sentidos de lo que hablamos, sino de la relación de fuerzas entre ellos.