Un trabajo de calidad nos hace dignos

En la actualidad ocurre frecuentemente que el concepto de calidad de servicio sólo importa en la medida en que posibilita maximizar las ganancias. Ha dejado de ser percibido como un elemento fundamental para la vida del productor. Cada día es menor el aspecto de nuestra autoestima y dignidad personal enraizada en la calidad del producto que generamos; hoy esa autovaloración se centra en la magnitud de nuestras ingresos.

Son pocas las personas que atienden en todo su significado el  hecho de que la calidad y el valor de uso de lo que producen, agrega riqueza en sus propias existencias. Un trabajo realizado correcta y amorosamente es generador de  dignidad, y por lo tanto aporta calidad de vida al productor.

En el pasado la sensación de dignidad personal que conllevaba la realización responsable de la tarea, operaba como un organizador ético del intercambio mercantil. Con el deterioro de este concepto, las personas y la sociedad nos inscribimos en el camino de la corrupción y la degradación de nuestras propias existencias.

Conviene estar atentos al peligro de que la lucha por la supervivencia en el mundo globalizado nos haga perder nuestra dignidad personal en tanto productores. Ese deterioro ético es cada vez más palpable, tanto en lo individual como en lo colectivo. Se trata de una riqueza existencial que urge recuperar en nuestra práctica productiva: cada uno debe reconquistarla para sí en el espíritu, la planificación y en las acciones propias de su actividad.

Tomemos por caso el accidente ocurrido el 31 de agosto del año 2000 con el tristemente famoso avión de la compañía  LAPA, en el Aeroparque de Buenos Aires. Las raíces de lo ocurrido no se pudieron ubicar en un acto predeterminado, pero seguramente se pueden rastrear en el espíritu que da forma a las acciones de la empresa.

Si hubo algún autoanálisis entre quienes lideraban la compañía, no es poco el tormento que les habrá tocado. Resulta aterrador pensar en la culpa que la muerte de setenta personas puede generar en quienes, sin pensarlo demasiado, hicieron que el afán de ganancia organizara la totalidad de la actividad de la empresa. Y efectivamente todo hace pensar que  así ocurrió: la compañía se gerenciaba atendiendo exclusivamente a los resultados económicos, quedando en un segundo plano el estado de las máquinas y el nivel de riesgo que se tomaba en cada vuelo.

En un caso de catástrofe como el de este avión la cuestión se hace muy evidente. Lo tremendo es que el espíritu con que LAPA manejaba su negocio es el mismo que organiza la actividad productiva de la gran mayoría de las personas que vivimos en esta época. ¿Habremos sido capaces de registrar ese accidente como un gran campanazo que nos obligaba a prestar atención a la depreciación ética de nuestras acciones productivas? ¿Podemos realmente reconocer el riesgo que representa la omnipresencia de la ganancia como único sentido organizante de nuestra actividad laboral?