Última Avanzada: El arte de vivir, o reinventarse y reinventar el mundo

Lo que venimos exponiendo se nos presenta de este modo porque “el mundo”, en tanto mundo humano (social, humanizado) sólo se reproduce por medio de las acciones de los seres humanos. Lo hace en nosotros y por medio de nosotros. Nos produce como partes de él pero al mismo tiempo somos quienes lo reproducimos. Somos efecto del mundo, pero somos también causa del mundo. Y esto vale en buena medida también, hoy en día, para el mundo “natural” que está “en trato” con los seres humanos: sus ciclos de vida están articulados con el ciclo de vida de los seres humanos y dependen, por lo tanto, en buena medida de ese ciclo de vida, casi tanto como el ciclo de la vida humana depende de él.

Así pues, trabajando para modificar cómo somos y cómo hacemos “habitualmente” las cosas (es decir cómo nos constituyó el mundo del que venimos y que queremos transformar), logramos transformar no sólo el “efecto” del mundo que se acaba, sino también las causas del mundo que viene y que, con nuestras acciones, ayudamos a construir, nos guste o no, a conciencia o sin ella. Y como es obvio, si cambiamos la causa –nosotros, nuestras formas de actuar y el sentido de nuestras acciones- cambiaremos el efecto: los vínculos con los demás, el orden de las cosas.

Para ello nos conviene dejar de operar como opera la razón instrumental: el viejo sentido de Utilidad y Dominio, para “cuidar” el polo del Yo escinde, separa y somete a los otros polos, sus intereses y posibilidades, e incluso somete al Yo a las exigencias del éxito puntual en la acción, descuidando así el valor de cada uno de esos polos y sofocando, por último al yo mismo. Para afirmar otro sentido nos conviene, entonces, trabajar para dejar de escindir y subordinar los tres polos del triángulo de la acción (Yo, Los Otros, Las Cosas) a uno solo de ellos (en general, Yo; pero, en el altruismo, también los otros, y ocasionalmente –en la producción- las cosas) o, como hacemos cuando nos toma la ambición de éxito y eficiencia, subordinando unilateralmente, instrumentalmente los tres polos del triángulo (incluso el Yo/nosotros) a las exigencias del foco de la acción (el objetivo puntual de cada caso), como el Sentido de Utilidad y Dominio nos enseña que es “serio” y “racional” hacer.

En cambio, nos conviene trabajar para integrar en pie de cierta igualdad, considerando sus intereses, necesidades y posibilidades propias, todas las partes del triángulo de la acción, los tres polos y el foco, a través del Sentido de Felicidad y Solidaridad.

Algo que, por otro lado, será una tarea cada vez menos solitaria e “individual” y se irá transformando cada vez más en una tarea sinérgica, colaborativa, grupal, comunicativa, solidaria, porque este ejercicio de integración articula al yo, en sus diferencias y singularidades y desde ellas, con los otros y con el resto de lo que existe (también considerados en su especificidad), en lugar de separarlo y aislarlo. Desarrolla por eso formas nuevas de cooperación y negociación constructiva de los conflictos y las diferencias, en lugar de reproducir las viejas formas de la dominación y el sometimiento.

Está claro que no sabemos cómo se hace semejante cosa: se trata de las formas y modos de un mundo nuevo, apenas en proceso de gestación y que nos tiene como parte y parteros. Por lo tanto, si queremos avanzar en esa dirección nos veremos llevados a asumir la aventura de ir inventando en cada caso maneras nuevas de hacer y de evaluar lo que hacemos, para que en la acción podamos ir afirmando formas de ser, de relacionarnos y de hacer que desplieguen ese nuevo sentido vital de cuidado de la vida personal, de la vida de todos y del mundo del que formamos parte.

Un comentario final, siempre en términos de una reflexión sobre la acción: ciertamente no sabemos cómo se hace lo que tenemos que hacer en cada caso. No tenemos una imagen previa de cómo deben ser nuestras maneras de hacer las cosas, nuestros vínculos, nuestros modos de relacionarnos, las normas que rigen nuestras acciones, nuestros diseños organizacionales, etcétera. En general, esto nos amedrenta y nos desorienta. No nos permite actuar “según un modelo o un protocolo aprendido”, como, digamos así, pueden actuar un ingeniero o un médico que “saben su oficio”. Pero hay en la larga experiencia de la humanidad una práctica que siempre se ha encontrado en esa situación y que podemos usar como referencia: es la experiencia del artista, del creador. El artista sabe, en el mejor de los casos, lo que busca, lo que quiere. Pero nunca sabe qué aspecto final tendrá la obra –musical, plástica, escrita, cinematográfica-, ni qué terminará inventando. Incluso ocurre en los grandes momentos de la historia del arte que se inventan nuevos materiales, nuevas técnicas, nuevas maneras de hacer. Ciertamente, eso ocurrió y ocurre también con la ciencia, con la técnica, con la política cuando en ellas hay pensamiento creador. Y ocurre con más fuerza en ciertas épocas –la época clásica griega, por ejemplo, el renacimiento, el momento de auge del Islam, el momento de emergencia del Imperio Incaico en América, los siglos XVIII y XIX en Europa-. ¿Por qué entonces, sobre el cauce que abren las búsquedas de nuestro deseo de una vida más feliz y solidaria, no habría de ocurrir lo mismo en nuestras vidas personales y en nuestras acciones colectivas, en nuestras familias y en nuestras organizaciones; y por fin, en el entero mundo en que vivimos, del que formamos parte y que todos componemos y recreamos mientras vivimos y con nuestro vivir?

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Sentido de Felicidad y Solidaridad, o Sentido de Felicidad Compartida