Tecnologías de la comunicación: ¿de quién es el juego?

La velocidad con que avanzan las tecnologías de la comunicación en la actualidad nos sorprende y descoloca. En algunos casos hasta nos da miedo: ¿será esto para bien o será mal?; ¿nos acercarán más unos a otros, o nos terminarán por incomunicar?

La revolución en las comunicaciones es posiblemente la expresión de la Revolución Tecnológica que está más entretejida con nuestras vidas cotidianas, y por eso muchos sentimos la cuestión desde muy cerca.

Lo primero que hay que considerar es que nos encontramos ante una situación desconocida. A diario se lanzan novedades técnicas que facilitan la inmediatez y la instantaneidad. Lo nuevo mete miedo: uno no sabe cómo comportarse, ya que sus consecuencias nunca son del todo claras. Por eso lo fundamental es que perdamos el miedo, que podamos amigarnos y experimentar con la técnica para que nos ayude a jugar nuestro juego, que posibilite lo que queremos que nos ocurra en la vida. Necesitamos encontrar la manera en que aquello que la técnica representa como posibilidad, se inscriba en un orden de sentido que no provenga de ella, sino que se plantee desde nosotros mismos.

Creo que la cuestión central es qué hacemos con la técnica: si la usamos para potenciar nuestras posibilidades de autorrealización, o si quedamos a merced de su aspecto omnipotente y ”mágico”, embobados por ella y en ella.

Estas dos posibilidades ya están ocurriendo. El chateo, por ejemplo, se está planteando en gran medida como una manera de ”matar el tiempo”: se usan las palabras como si fueran bolsas vacías; en este caso no pasa de ser un entretenimiento pobre, que a veces ocupa el tiempo de otras posibilidades más vitales. Pero el chateo también posibilita encuentros significativos: a partir de él nacen vínculos amorosos, lúdicos, amistoros, comerciales… Es evidente que usado de esta manera ofrece posibilidades muy ricas.

Otro ejemplo: Creo que hoy nadie diría que los teléfonos celulares son un invento inútil. Sin embargo, muchos usuarios están comenzando a sentir que pierden la tranquilidad y la intimidad, que se convierten en “teléfono-dependientes” y están accesibles siempre y para todos. Ante esta sensación, muchos se quejan sin cambiar nada: siguen instalados en el mismo lugar donde el teléfono ”celular” los colocó; otros, en cambio, dejan de portarlo en determinadas ocasiones, lo apagan en otras, lo usan como grabador para recibir llamadas que luego contestarán. Evidentemente la aparición del celular no condena a perder nada: las conductas posibles para con él son muy variadas.

Así las cosas, la pregunta por la tecnología de las comunicaciones, sus peligros y riquezas, no puede responderse sin referir a la actitud de cada cual para con su propia vida y frente a esta cuestión en particular. ¿Vivimos desde nuestro propio deseo?, ¿buscamos las maneras de ser y actuar que auténticamente queremos vivir?, ¿o hacemos cotidianamente de nuestra vida una parodia que intenta cumplimentar una imagen ”ideal” que se nos impone desde un imaginario no cuestionado y nos domina cual territorio colonizado?