Tareas que intensifican la vida

La cuestión de la relación con el trabajo no consiste solamente en hacer lo que me gusta sino también en el sentido de eso que hago. Plantear el sentido del trabajo es abrir la posibilidad de que en lo que hago se afirme y reproduzca el sentido que para mí  tiene la vida, lo que quiero y necesito compartir con los otros con quienes convivo.

Algunas tareas pueden ser vividas como un agradable medio de ganarse el sustento. Si bien esto supone una riqueza existencial importante en comparación con tareas aburridas, opacas o desagradables para quien las realiza, no contiene la intensidad de la experiencia que implican aquellos trabajos que hacen efecto de apertura y afirmación de sentido, esas tareas que recrean cotidianamente la vida y el mundo en el que vivimos, instalan y alimentan el sentido con el que deseamos vivir.

Que en la producción de alguien haya afirmación y reproducción de lo que para él es el sentido de la vida significa que se trate de algo que le gusta hacer, de ser posible lo que más le gusta, y que además le parezca importante que otros tengan la posibilidad de disponer de lo que él produce. “Importante” quiere decir aquí que su producto o servicio pueda hacer un aporte a la calidad de vida de sus posibles clientes.

Preguntarse por el sentido de una acción productiva es entonces preguntarse por lo que en opinión de cada uno enriquece la calidad de vida de la gente. Quizá en la idea que cada cual tiene de lo que es “calidad de vida” se muestre mejor lo que en su visión da sentido a la existencia y también nos aproxime a lo que, desde su punto de vista, tiene más sentido producir para los otros. Lo que cada persona entiende por calidad de vida es todo aquello que dice cuando expresa cómo le gusta o le gustaría vivir; lo que le resulta más significativo de las cosas que vive, tiene, consume, hace o goza.

La opinión de los consumidores se observará luego con la elección o no del producto: si a alguien le gusta es porque sintoniza con la “frecuencia” del productor. Es en el mercado, en definitiva, donde los compradores irán siendo seducidos por las distintas ofertas y así irán resolviendo en qué prefieren invertir su posibilidad de compra. De este modo irán mutando los perfiles de la demanda y de las tareas productivas posibles.

Claro que la demanda no es un acto previo a la oferta sino su consecuencia: sólo sabemos demandar lo que se nos muestra como factible de ser producido, aquello que se coloca en las estanterías del mercado. Por eso los “visionarios” son los que saben ver lo que en un momento determinado aparece como deseo informe en las personas y necesita cobrar forma: los inventos con éxito de mercado son los que fueron paridos teniendo en cuenta ese deseo latente del mundo y de la gente. Los restantes inventos no son necesariamente menos “inteligentes”, sólo que no sintonizaron con los deseos que realmente importaban en un determinado momento a las personas.