Sobre las fantasías eróticas y los deseos prohibidos

En la medida en que el vínculo amoroso se busque en el sentido erótico, todos los caminos serán buenos y válidos, siempre y cuando no lastimen a quienes practican el juego. El deseo señala el camino erótico tal como la estrella orienta al navegante.

Dado que nuestra experiencia erótica se despliega en y desde una cultura en que el goce y el erotismo están en el lugar de lo prohibido, necesariamente ocurre que nuestros deseos habitan los dos campos: el de lo permitido y el de lo denegado. abrir el abanico y la profundidad de nuestros deseos pasa entonces en gran medida por registrar y sentir aquellas zonas obstruidas por la prohibición.

Una manera de acceder a los propios deseos más prohibidos es tener fantasías. Al no comprometer nuestra acción concreta, son la alternativa más a mano para reconocer esos deseos. Y uno de los caminos para profundizar el erotismo es justamente compartir estos deseos con el otro, conversar sobre las fantasías sexuales de cada uno de los integrantes de la pareja. Esto supone correr el riesgo de mostrarse ante sí y ante el otro en esa zona de lo prohibido, e ir ejercitando la confianza mutua que se fortalece en el encuentro que abre caminos a la intensidad del deseo de ambos.

Las fantasías despiertan fantasmas y activan celos y temores de pérdida. Pero también enraízan intensidades que tejen el encuentro y la alianza de piel y de sentido, es decir, fortalecen las raíces que dan sentido al estar juntos. El camino entonces no es acallarlas (ni para sí mismo, ni para el otro), sino ir construyendo una alianza que posibilite avanzar juntos en el terreno de lo prohibido. De esta forma se van ampliando los deseos que nos permitimos sentir y vivir en la intimidad de cada uno y en la de la pareja.

Por estos caminos de lo íntimo, transgrediendo el límite de lo prohibido en nosotros mismos y en lo vivido con quienes compartimos nuestras prácticas amoroso-eróticas, va creciendo también en la cultura el campo de lo permitido y validado. En la medida en existan seres que transgredan en sus vidas lo anteriormente prohibido, van ocurriendo actos “culturales” de validación, esas prácticas comienzan a ser incorporadas a ciertas manifestaciones del arte, progresivamente empiezan a ser bien vistas en ciertos medios de formación de la opinión y van decantando en el rediseño de los enunciados éticos.

No está lejos la época en que el beso del pene o de la vagina habitaba la zona de lo prohibido y anormal. Hoy los “libros serios” hablan del “cunilingüe” y la “felatio” (los idiomas muertos tranquilizan para comenzar a conectarse con lo prohibido), y no sólo es habitual que lo hagamos en nuestras prácticas íntimas, sino que incluso en muchos ámbitos hablamos de ello públicamente, sin sonrojarnos.

El arte de animarse con lo prohibido consiste en atreverse a vivirlo en el grado de las fuerzas propias, atendiendo al cuidado del otro con quien compartimos el juego. A veces podemos gozar de la fantasía, otras veces podemos gozar de la realidad.

Si el goce y el erotismo marcan el camino del bien, y si el deseo marca el camino del goce, el grado mayor de su realización radica en detectar el punto exacto en que, en cada uno y en cada momento, se define la pulseada entre las fuerzas del deseo y las de lo prohibido (articuladas también estas últimas como sentimientos posesivos y miedo a la pérdida del ser amado). Vivir atrás de ese punto es perder posibilidades de enriquecimiento de nuestra experiencia erótica; vivir más allá es habitar lugares y maneras agresivas para la propia vida.