Sobre la potencia sexual y el deseo erótico

Hace un tiempo escuché a un sexólogo afirmar que en Argentina hay dos millones de hombres con problemas de erección. El dato me impactó. Sin embargo creo que debe ser leído no como un problema funcional-mecánico de erección, sino como situaciones de des-erotización. En la base de esta cuestión están la dificultades de todas las personas –hombres y mujeres–, que vivimos en una cultura que no nos educó para el erotismo, y en la que la experiencia erótica no es valorada ni cultivada.

Todos sabemos que con la edad decae la fuerza de la energía sexual. Eso se hace visible particularmente en los hombres, pero también les ocurre a las mujeres. Pero esto sólo es válido desde el punto de vista de la pura función sexual: no sucede lo mismo cuando nos referimos a la magnitud del goce sexual que genera el crecimiento de la experiencia erótica. Es decir: en las vivencia de las personas concretas, el deterioro de la vida sexual ocurre en más o en menos, o no ocurre, según el grado en que su experiencia se haya abierto al erotismo.

Cuando se cultiva el erotismo, las implicancias de la disminución de la energía sexual funcional no son significativas. Por el contrario: crecen la capacidad de goce y la riqueza de la experiencia.

¿Qué es entonces lo que disminuye y lo que puede crecer o no, en el devenir de nuestra vida sexual? Lo que seguramente decae es la fuerza sexual en su pura necesidad de ejercitación físico-muscular. Algo parecido de lo que pasa con la necesidad de moverse y correr de los chicos, lo cual no significa que los adultos perdamos nuestras posibilidades de locomoción: simplemente la ejercemos en la medida que tenemos motivaciones o ganas, razones o deseo para hacerlo.

Un muchacho de veinte año tiene necesidad de ejercer la función sexual. Esto se registra como una pulsión apremiante. Se suele hablar de ella como “necesidad higiénica”. Lo que disminuye con la edad es justamente este deseo acuciante, y esto puede hacer aparecer síntomas de dificultad con la erección peneana. Pero al mismo tiempo la motivación sexual va transformándose en la afirmación de la experiencia erótica, con el crecimiento de la capacidad de comunicación y encuentro con el otro, con el crecimiento de la posibilidad de intimar.

Este aprendizaje acontece en dos carriles:

* En el intimar de los cuerpos, donde aprendemos a abrir nuestra sensualidad al contacto corporal con el otro y nos encontramos más profundamente con él. Nos entretejemos y nos entrelazamos, nos sentimos fusionados por un instante, al mismo tiempo que nos sabemos uno y otro, diferentes y seducidos por la “otredad” de nuestro compañero/a.

* En el intimar de la palabra y la conversación, donde aprendemos a poner en contacto lo más íntimo de cada uno con lo más íntimo del otro (los sentimientos y los pensamientos, los gustos, alegrías y dolores, goces e intensidades). Nos entrelazamos sabiendo cada vez más el uno del otro.

La atracción sexual alimentada por esa alianza profunda busca un punto de mayor intensidad, que es el coito. La penetración-recepción es así un momento alto del encuentro, pero no es lo único que tiene valor erótico en los juegos del amor.

Cuando el coito es practicado y vivido como lo único que importa, y cuando los demás actos o situaciones son casuales o instrumentales a él (por ejemplo las caricias sólo se viven como acciones que producen la erección o la generación del fluido vaginal que hacen posible la penetración), podemos decir que hubo un encuentro sexual que hasta pudo haber sido fuerte, pero difícilmente podamos decir que fue un encuentro erótico.

En los encuentros eróticos el coito es una de las escenas significantes de mucha significación, sin duda, pero dentro de un devenir de hechos, circunstancias, conversaciones, caricias y miradas, todos significantes por sí mismos y en un grado importante.

En suma: en los encuentros eróticos, el deseo y la fuerza sexual-genital se redimensionan, se actualizan y potencian.

Por lo tanto me parece más correcto decir que la fuerza sexual decae cuando no hay un crecimiento del encuentro erótico. Es decir: cuando por debilidad de la vivencia erótica ésta no opera como fuente de alimentación y potenciación constante del deseo.