Ser padres 2000

En mi tarea cotidiana de ayudar a pensar y cuidar la vida, es frecuente que aparezcan interrogantes acerca de la paternidad. Padres impactados por actos o dichos de sus hijos ante los que no logran encontrar una respuesta satisfactoria. Por eso sé que reflexionar sobre esta cuestión posibilita transformaciones placenteras en la relación con los hijos y ayuda en su crianza. Intentarlo puede ser el mejor auto-regalo del día del padre.

Sabemos que ser padres en todos los tiempos significó lo mismo y a la vez algo diferente en cada época. Lo mismo en tanto porque siempre la paternidad consiste en ayudar al hijo en el camino de formarse como persona en consonancia con el mundo en que le tocó nacer. Diferente porque en cada época, en cada cultura, y justamente por tratarse de ordenamientos diferentes de la realidad, la función paterna fue ejercida de distintas maneras.

La época actual es tiempo de crisis y transición. Se caracteriza por estar en los límites entre una forma de ser de las cosas que va perdiendo vigencia y otra que viene naciendo. Vivimos en un momento de la historia en que las ideas, los valores y la materialidad misma, se transforman hacia nuevas maneras de ser. Hoy es imprevisible el rumbo en que ha de desplegarse la vida en el siglo que comienza.

Si la paternidad es ayudar al hijo en su hacerse persona en el mundo, la cuestión es entonces ¿qué mundo, qué realidad y qué idea del buen vivir tenemos en mente cuando educamos a nuestros hijos?; ¿cuál es nuestra imagen del presente y del futuro cuando les decimos algo o cuando tomamos alguna resolución que va a incidir en su vida?.

Como pararnos ante la cuestión:

En este mundo en cambio y transformación, para enriquecer y afirmar la vida es necesario hacerse cargo de la ausencia de certezas. Por eso necesitamos de la reflexión, de la búsqueda y del aprendizaje de nuevas formas. Esto vale para cada espacio de nuestra vida y también para nuestra manera de ser padres.

Si somos capaces de asumir nuestra propia falta de claridad y certidumbre, si aceptamos la relatividad, y hasta la debilidad, de nuestros saberes y creencias, nos será más fácil abrirnos y vislumbrar mejor las nuevas formas posibles de las cosas y de la vida. Posiblemente podamos ver el mundo con ojos más abiertos, menos viejos y endurecidos, ojos más parecidos a los de los niños y jóvenes que son nuestros hijos.

Algunas puntas para intentar:

Quizá nos sirva animarnos a pensar que, en la situación histórica en que nos encontramos, ser joven no implica sólo tener poca experiencia, sino también estar más abierto a lo nuevo. Sabemos que eso ocurre con la computación y algunas tecnologías. Los más jóvenes están más abiertos y dispuestos para aprender y entender. Quizá debamos aceptar que en algunas otras cuestiones nos puede pasar algo parecido. Por eso será bueno escucharlos realmente, dejarnos ayudar por esas miradas más ingenuas y abiertas. Esto no significa validar todo, pero sí aprender a estar atentos y ser permeables a lo que los niños y jóvenes ven, sienten, registran. Es posible que haya mucho de inexperiencia, pero también es posible que estén viendo algo que para nosotros aún es invisible.

Para lograr en nosotros esta actitud, necesitaremos aflojar ciertas creencias que nos hacen suponer que los niños y jóvenes, por ser chicos aún no pueden pensar por sí mismos. Tendemos a considerarlos menos capaces de tener criterios y asumir responsabilidades de lo que pueden ser. Y es nuestra propia idea de que “aun no pueden” lo que los hace más débiles. Preguntémosles que piensan sobre cada cosa que les atañe, esto hará surgir en ellos una actitud más reflexiva y abrirá conversaciones que les generarán mayor criterio. Otorguémosle responsabilidades que puedan asumir, esto los hará progresivamente más responsables. Aceptémoslos como persona y esto los hará crecer en posibilidades, en responsabilidad y en solvencia ante su propia existencia.

No confundamos todo esto con la abdicación del rol del padre. Creo justamente lo contrario: se trata del camino más efectivo para ejercerlo. Necesitamos generar con nuestros hijos un dialogo real, en el que no “les hablemos” con el tono de decir verdades incuestionables. Un diálogo en el que ambos aprendamos a hablar y escuchar, aprendamos a pensar juntos y generar una nueva visión de las cosas. Es este el carril principal por donde se organizará la posibilidad mejor de ejercer la paternidad en la realidad en que vivimos.