Ser argentinos, en primera persona

Recientemente asistí a una conferencia. El disertante era un señor extranjero, un individuo con ideas interesantes y gran vehemencia . Pero lo que me interesa comentar aquí refiere al público: me impactó el hecho de que la mayor cantidad de aplausos fueron cosechados por los comentarios críticos de este hombre sobre las características de los argentinos y de nuestro país; casi todos esas observaciones –en general reflexiones inteligentes–, fueron aplaudidas con fervor.

Lo que me impresionó fue que todos esos aplausos parecían festejar las críticas a algo que era exterior a todos los presentes: nadie parecía siquiera sospechar que en realidad tenía mucho que ver con aquello que se criticaba, que era parte de ese conjunto que se describía en el comentario. Para los asistentes a esa conferencia el país parecía ser una abstracción de la cual no eran responsables, y por lo tanto no se sentían aludidos por las críticas.

A veces tengo la ilusión que esto puede dejar de ocurrir. Que en estos tiempos los argentinos estamos tocando fondo con nuestro propio “mirar al costado”, con nuestra maldita capacidad de desentendernos y suponer que la responsabilidad por lo que nos ocurre es siempre de los demás. Otras veces, como anoche, la fuerza de nuestra capacidad elusiva me deja helado. ¿Es tan difícil entender que cuando se habla de cómo somos los argentinos y la Argentina, se está hablando de mí, de vos y de ese otro que está al lado nuestro? ¿Nos es tan complicado convertir esa “tercera persona” en primera? ¿Es tan pesado admitir que necesitamos cambiar algunas maneras de ser?

Hoy tengo la esperanza de que a algunos de los que presenciamos aquella conferencia nos haya quedado el mismo mal gusto por este aspecto del encuentro. De cualquier manera, también me formulo una crítica que comparto con todos esos posibles aliados: ¿Por qué no dijimos lo que sentíamos ante esos alegres y descomprometidos aplausos? ¿Es esta otra manera de desentendernos?