“Ser alguien”: un objetivo que obstaculiza

Si hubiera que sintetizar de alguna manera lo que la cultura occidental señala como “verdaderamente importante” para las personas que vivimos en ella, creo que la expresión más acertada sería “ser alguien”. Posiblemente sea éste el mandato principal que recibimos de nuestros ancestros, y su vigencia obtura nuestra libertad para crear nuevos sentidos y formas de vivir.

En nuestra existencia cotidiana “ser alguien” es incluso más importante que todas las normas y valores que nos transmitieron nuestros padres y maestros: ser honestos, sinceros, previsores, etc.

En la mayoría de los casos este mandato no es explícito. Es un organizador inconsciente de todo el discurso ético y existencial que recibimos durante la infancia y la adolescencia. Es lo que se fue organizando a partir de lo que se nos enseñó como “lo importante”, aquello a lo que hay que apuntar en la vida.

Seamos de izquierda o derecha, moralistas o transgresores, neuróticos o sabios de la salud, todos queremos “ser alguien”. Se trata de ser importantes, prestigiosos y poderosos; de destacarnos en lo que hacemos, ya sea por la utilidad de nuestro trabajo, por el poder que detentamos o por los resultados económicos que logramos.

Este mandato es tanto más exigente cuanto más alta es la jerarquía y el status al que pudieron acceder nuestros padres y antepasados. El mandato de “ser alguien” contiene implícita una evaluación cuyo grado cero es igual al grado de éxito al que accedió la generación anterior, y cuya real exigencia es la superación de lo que la familia ya logró.

En la práctica muchas son las maneras en que intentamos dar cuenta de ese mandato. Puede tratarse de hacer dinero, adquirir prestigio profesional, ser diputado, inventor, industrial progresista, dirigente revolucionario, poeta o periodista de renombre. La cuestión no pasa por la actividad a la que nos dediquemos, sino por el status logrado.

La persona que logra ser “alguien” se ubica en una jerarquía vertical de valores: está “por encima” de los demás. Y esta posición le da autoridad para mandar e imponerse, para dominar y ser la voz de la razón y el orden. El que no es capaz de ser “alguien”, en cambio, parece condenado a la subordinación y al sometimiento.

Para salir de este enredo es preciso tomar conciencia de que vivir para “ser alguien” y hacer de eso el eje central de la autoestima es encontrarse siempre comprometido con una dinámica según la cual el dominio y la productividad son los objetivos más importantes, a los que se sacrifica todo lo demás, por entrañable que sea para uno. Es vivir constituido por una exigencia que aplasta nuestros deseos y preferencias más auténticas. Es vivir sin poder afirmar la libertad de querer y elegir.

Nuestros padres perfilaron nuestra forma de ser personas alrededor de “ser alguien”. No pudieron mostrarnos la felicidad como sentido de la vida. Quizás pensaban que sólo quien es “alguien” puede llegar a ser feliz. Pero por esta senda siempre hay algo que falta hacer, algo que falta poseer o producir, y la carrera no tiene fin. De este modo se posterga para un eterno mañana cualquier posibilidad de goce existencial.

¿Repetiremos nosotros el mismo sentido organizante de nuestra vida y paternidad, o podremos repensar la cuestión y reorientar nuestras prácticas y la educación de nuestros hijos?