Relaciones sexuales: entre la culpa y la deuda

La tradición judeo-cristiana plantea a la reproducción como sentido principal del sexo. Y considera pecaminoso a los juegos realizados por fuera de ese contexto.

Seguramente el mandato de “no fornicar” fue cumplido en muy pocas oportunidades, al menos en su sentido más riguroso. Sin embargo su existencia señaló como deudor y culpable a todo aquel que lo transgrediera.

Pecado venial o mortal, según el estado civil del infractor, siempre fue material suficiente como para organizar el estado de deuda amenazante. Y por lo tanto, para provocar la domesticidad de las personas ante las exigencias del código existencial imperante.

En el idioma alemán culpa y deuda se dicen con una misma palabra. Culpa es la deuda que se adquiere por las transgresiones o por el incumplimiento de aquello que indica el deber ser. Las deudas que no se pagan se acumulan, y provocan un desborde deudor que conduce a la depresión (es decir, a una profunda sensación de debilidad en nuestro ser).

Allí está, como prueba del sentido meramente reproductor del sexo, y del carácter maldito de las excepciones a este juego, aquella recomendación judaica de “no desperdiciar el semen”. También la exigencia cristiana de castidad a los representantes de Dios en la Tierra.

Si el sentido del sexo yace en la procreación reproductiva, ¿cuándo se vuelve maldito? Obviamente, cuando se lo juega por jugar, cuando no requiere ser legalizado por sus consecuencias ni se deja organizar por ellas. El sexo se vuelve pecaminoso cuando se lo practica en la inmanencia del acto mismo, en su propio goce, y no busca su sentido en el resultado procreador.

Obviamente esta es una interpretación de los términos más estrictos de la “ley sexual de Occidente”. Sin duda, el tiempo fue ablandando este rigor y facilitando concesiones. Así nos encontramos con la aceptación, explícita o no, de las relaciones sexuales sin intenciones reproductivas dentro del matrimonio, aunque en los hechos la Iglesia Católica aún no haya autorizado el uso de anticonceptivos a sus fieles. Así también se validaron las relaciones prematrimoniales cuando tienen como marco la intención de constituir una familia –es decir, cuando se las practica “por amor”–.

El hecho de “hacerlo por amor” nos salva de lo que para la tradición judeo cristiana sería el pecado mayor: hacerlo por hacerlo, porque nos gusta mucho, hacerlo en su más radical inmanencia. Sin embargo, es esto último lo que hoy necesitamos permitirnos.