Red-unidos, Laboratorio de Sentidos para la Acción (21/09/2012)

Empieza la reunión con el testimonio de un participante que indica haber tenido una muy interesante reunión con autoridades de la Confederación.

La reflexión es clara: “Todo lo que se habla manifiesta una total incomprensión de nuestras organizaciones por parte de todos los participantes. Hay una idea de repensar cómo son nuestras organizaciones y qué queremos, y por otro lado hay que resolver las cosas ya”, enuncia la contradicción esencial.

“Lo peor de todo es que para resolver lo inmediato se contrata gente y el contratado se transforma de inmediato en una contingencia. No es una persona, ya ni siquiera un recurso humano. Es una contingencia. Así, estamos en problemas, hay algo que no funciona si las ong´s tratamos a la gente que trabaja con nosotros como una contingencia.”

Luego relata una presentación de lo que hacemos en Redunidos –en los Laboratorios-:

-Le dije que es un espacio absolutamente necesario donde nos limpiamos de todas las cosas operativas y podemos pensar desde la pregunta por quiénes somos y qué hacemos, y cómo lo hacemos, con fuerte incidencia filosófica. Me pidió que le mandara material.

Se propuso enviar las minutas y el Elogio de la Crisis.

A la pregunta acerca de si el secretariado de la confederación coincide con la diferencia que hacemos entre lo urgente y lo importante, la respuesta es que llamó la atención.

Y se señala que cuando las tareas de base se incrementan el embrollo legal crece y la tendencia al control empeora.

La pregunta que surge entonces es ¿qué relación hay entre la búsqueda de una mejor calidad de vida y esta situación?

Se produce entonces una confusión, que de inmediato se aclara, entre calidad de vida y nivel de vida –capacidad de consumo y satisfacción de necesidades básicas-. La calidad de vida no pasaría tanto por esto último sino por “la construcción de otro espíritu, donde el sentido de vivir cambia, y entonces cambia también el formato y el sentido de las acciones principales a través de las cuales renovamos y realizamos ese vivir cotidianamente”.

El argumento se prolonga: “Si fuera por nivel de vida, quizás el capitalismo tal como lo conocemos podría ser una respuesta: dar trabajo es equivalente a mejorar la sociedad: lo necesario y suficiente para el bienestar es trabajar. Y trabajar en función de un resultado posterior, de una satisfacción que no se encuentra en el trabajo mismo sino después del trabajo, como resultado de él y externo a él, que me va a compensar el sacrificio del trabajo. Ese cobro, esa compensación, puede ser en dinero, poder, prestigio… pero es siempre una compensación ulterior, final”.

Y se aclara la alternativa: “De lo que se trata, en cambio, es conmover esa manera de producir sentido y valor y de reemplazarla por otra. No mantener disociados el ámbito de la felicidad y del bienestar del ámbito del trabajo y el poder, sino que organizar la actividad cotidiana en función de la felicidad y el bienestar y de modo que esa forma de organizar la vida cotidiana sea sostenible y generadora de felicidad”.

A partir de esa aclaraciones, la conversación toma un rumbo un poco distinto, y más personal:

“Sí, yo decía recién que muchas veces siento que remo contra-corriente”, plante una integrante.

-Quizás porque no llegás a poder crear una corriente nueva, más acorde con tu deseo, dentro de la cual moverte. Y si no hacemos eso, si no vivimos en acto y cotidianamente con otro sentido, no la pasamos bien, y tampoco cambiamos el mundo-.

-Pero, eso supone que si cambio en lo personal y subjetivo, el otro también va a cambiar, y no siempre es así. Puedo cambiar mis vínculos, pero el otro……-

-Los otros se contagian. Además, el liderazgo genera cultura organizacional.-

Todos aceptan que la experiencia que tienen de cómo funciona el liderazgo hace pensar que produce un efecto de “emulación” o “imitación”, mostrando como posibles formas de ser, de hacer y de pensar que se creían imposibles o que no se podían ver.

Surge sin embargo una duda: “Se trata de ver si se puede amalgamar eso con las exigencias de lo operativo. Que vayan juntos. Porque yo cuando trabajo no estoy pensando en ser feliz ni en que la gente sea feliz… Nunca ni pensé en amalgamar esas dos cosas. ¿Se puede? Digo, para que sean armónicos”.

-Se puede si lo vamos haciendo de a poco y comenzamos en los actos a operar de manera distinta. Ahora bien: nadie sabe cómo es esa manera distinta. En cada caso la tengo que inventar.  La única guía que tengo para ello es ontológica, o sea de sentido: proponernos un nuevo sentido para la acción. Entonces tengo que afiliarme a otro sentido y asumir la responsabilidad de cultivarlo y afirmarlo en los actos. En todos mis actos. Siempre. Entonces se trata de traer ese nuevo sentido de felicidad que busco en lo privado también al ámbito de lo laboral, de lo público-.

-Sí, pero ocurre que en nuestra actividad el sentido y el trabajo están disociados, y las exigencias del trabajo están relacionadas con la sobrevivencia: ¿se puede comer y mantener una familia y una casa si nos proponemos otro sentido? El mandato dice que no se puede: que hay que ocuparse del trabajo y punto-.

La pregunta surge de inmediato:

-Y eso, ¿no será una extorsión? Una forma de “terrorismo moral” o existencial.

-Ah! A lo mejor… Pero antes de dejar de lado el mandato hay que ver si eso es posible. Si la sociedad puede funcionar con un cambio de sentido.

Otro participante abona a la misma consideración:

-Yo a veces me cuestiono, porque hago lo que me gusta pero gano menos que si hiciera recursos humanos en una empresa privada, y entonces me cuesta pensar en comprarme un departamento: ¿cómo se hace? Vivo en tensión entre las dos exigencias-.

-Sí, claro. Y esa tensión se va a mantener a lo largo de toda tu vida porque el sentido hegemónico sigue siendo otro, pero podés ir encontrando, inventando y creando caminos para vivir materialmente mejor sin dejar de hacer lo que te gusta. Ese es el desafío creador que tenés-.

Alguien más interviene:

-Pero ella podría trabajar en una empresa privada, en recursos humanos, y seguir siendo un cuadro del amor y el disfrute: yo creo que uno tiene que ser un cuadro del amor en todas partes y en cualquier lado a donde vaya o esté.

-Eso desde ya. Hay negociaciones posibles. Pero durante un tiempo todos vivemos en esa tensión porque es el viejo sistema conserva en nosotros, en nuestra interioridad. Todavía no logramos desplazar esa hegemonía de sentido e instalar una nueva. Entonces todos los días y toda la vida uno labura para debilitar siempre un poco más ese sentido hegemónico y para hacer crecer y fortalecer un poco más cada día el sentido nuevo y más vital. Yo todavía sueño, de noche digo, con los mandatos que no obedecí. Es el sentido que habitaba esos mandatos lo que sigue vivo en el sistema en que vivimos, y en cada uno de nosotros. Pero ir afirmando otra cosa es también una cuestión de práctica: en la medida en que uno lo hace y lo hace, le va saliendo cada vez mejor-.

Una cuarta voz se agrega:

-A mí me sirve no atenerme al prediseño de mis resultados, a la fantasía que tengo al empezar un proyecto o encarar una línea de acción acerca de cómo tiene que salir, qué resultado va a producir finalmente. Me sirve mantener la orientación de sentido pero ir recogiendo en el accionar diario, en la tarea con otros, en el recorrido, ir recogiendo las novedades que otros –o las circunstancias- van introduciendo. Incluso a veces esas novedades, esas alteraciones al proyecto original provienen de mi propio trabajo; otras veces de los demás, o de las circunstancias. Entonces me sirve no tomarme tan en serio la primera formulación e ir reformulando, repensando, reelaborando mi proyecto a medida que avanza, ponerle todo el amor del caso, mantener el eje de Sentido –eso sí-, pero entregarme a los cambios y confiar en que el resultado final será de mi agrado, digamos así, sin preocuparme mucho por si ese resultado se parece a lo que yo imaginaba o no, para nada. Me sirve apostar a dejarme sorprender por el resultado final de mis propios recorridos, quiero decir. Al fin y al cabo, a lo largo de los años, resulta que soy un tipo muy, pero muy diferente en muchas cosas al que imaginé que iba a ser cuando tenía 20 años. Nada que ver. Pero me gusta más que aquél que imaginé-.

-De cualquier modo, sí se pueden diseñar acciones, actitudes, modos de avanzar y de pararse. Formas de hacer las cosas y de vincularse con los demás. Eso lo podemos saber: pero no cómo va a ser nuestro destino final.-

-Pero eso implica vencer el miedo a lo desconocido. Porque además, en general a uno lo castigan cuando va hacia lo desconocido. Y uno mismo se resiste, por miedo.

-Sin embargo, en los últimos años ese miedo amainó: nos castigan menos. Y tenemos menos miedo a avanzar en una dirección no conocida.

La conversación vuelve a girar entonces alrededor de los mandatos y acerca de si se trata de destruirlos o de analizarlos o de disolverlos.

Y nuevamente brota una pregunta extrema: ¿Podemos bancarnos una destrucción?

Sólo que la pregunta supone que una destrucción total de los mandatos es posible. Y eso es lo que se pone en cuestión:

-Ocurre que es imposible destruir completamente todo lo aprendido, destruir completamente, por un acto de voluntad, los mandatos que nos constituyeron como personas en sociedad. Se los va modificando de a poco a medida que vamos encontrando otros sentidos, otros valores, otros objetivos y criterios. En la vida social y en la subjetividad personal, como en la física, no hay vacío. Los mandatos los revocamos realmente en la medida en que llenamos ese espacio con otras orientaciones. Si no, irremediablemente, aunque ya no creamos en ellos, siguen funcionando como guía. Por eso decía yo hace un rato que para cambiar hay que afiliarse activamente a otro sentido. Aflojarle el poder al viejo sentido es ir afirmando en las prácticas un sentido nuevo-.

Y de allí sale una especie de prescripción metodológica:

-Por eso tenemos que ver cómo se encarnan en nuestras prácticas concretas, las más pequeñas –también las más grandes- uno y otro sentido, en lo que hacemos y en cómo lo hacemos. Desde cómo habitamos nuestra casa y tratamos a nuestras parejas y amigos –o hijos- hasta en cómo nos divertimos y trabajamos y producimos. Es en los hechos de nuestra propia vida cotidiana donde podemos ir afirmando otro sentido vital, social y práctico, otro espíritu organizador de nuestra experiencia.-.

Un miembro del grupo propone otro camino:

-Yo trabajaría con las visiones de la sociedad que tenemos: si son posibles. Cómo me lo imagino. Que todos sean felices y yo también-.

-Y ese deseo. ¿cómo se concreta en tu vida cotidiana, personal y de relación?

Contesta otro miembro del grupo:

-Por ejemplo: yo logré negociar con mi jefa que los viernes no voy a ir trabajar. Me costó muchísimo, y los primeros viernes que estaba en casa tenía sensación de vacío. Me enojaba porque mi hijo hacía programa con otros en lugar de quedarse conmigo… Y por fin empecé a construir un espacio diferente para los viernes. Con clase de yoga y de canto. Me quedo con mi marido, la pasamos bien.

Trabajo un poco, pero desde casa. Puedo incluso, así a la distancia, conversar mejor con mis colaboradores habituales. Leo con más tranquilidad. Y también logré no hacer nada y sentirme bien. No sentirme culpable. Dormir. O ver la tele. Encontré un espacio para entrenarme en el disfrute-.

-Lo que planteás es muy importante: porque la cosa no es tocar un botón y listo. Es un trabajo. Con dudas, con angustias, con resistencias, y también, por supuesto, con alegrías y con goces. Un trabajo que se justifica porque nos agrega bienestar, alegría de vivir, cercanía con nuestro deseo, libertad. Pero no es automático-.

-Además, experimenté que los otros también se hacen cargo en la medida en que vos afirmás concientemente y con decisión el cambio: mi jefa, por ejemplo, al comienzo me hacía reuniones los viernes, precisamente. Hasta que sentí mejor y con más fuerza la legitimidad de lo que hago, y entonces ella también empezó a respetar este espacio. Ahora, a veces laburo en casa, en pijama-.

-Es decir, eso es como amalgamar los espacios de placer y de trabajo.

-Sí, eso es.-

-Me parece muy práctico, y muy posible. Pero yo para relajarme así voy a necesitar toda una escolaridad nueva y un posgrado…

-Lo que ocurre es que no es tanto un problema de tiempos sino de ir modificando el sentido del trabajo. De entenderlo como goce, de rediseñarlo en sus modalidades y sus ritmos y formas para que sea en efecto algo placentero. De no asumirlo como algo que necesariamente tiene que producir sufrimiento, como una mera obligación. Sino que transformarlo en algo que uno quiere elegir, que expresa una parte importante de la vida, de los gustos de uno. Creo que para radicalizar la crítica al sentido del trabajo como pena hay que preguntarse cómo se hace para trabajar placenteramente: Cómo tiene que ser el trabajo y cómo nuestra actitud ante él. Tenemos que empezar a laburar más cerca de nuestras experiencias cotidianas de vida placentera. Es difícil, porque es más íntimo. Por ejemplo: en función de lo que habíamos hablado la vez pasada sobre tu relación con tu mujer, sería útil que volviéramos a hablar a ver cómo te está yendo con eso. Para ver hasta qué punto podemos ayudarte a ir afirmando modos más acordes con los que querés y buscás. Eso es transformar la vida y transformarse uno en actos.-

-Bueno, el otro día tuve un malentendido con mi mujer porque estuvo de muy mal humor y me maltrató. Me enojé muchísimo, pero no reaccioné y estuve trabajando todo el día para aceptarla. Completa. Con su mal humor. Algo nuevo en mí. En otra ocasión me hubiera peleado. Pienso que quizás lo que estuvimos hablando aquí tuvo que ver con esto.-

-De hecho, pudiste estar atento en el momento de “alto riesgo”. Pero todavía no cotidianamente. Atento a lo que querés trabajar, digo. Si ponés atención más permanente a la cuestión concreta que querés atender en tu actitud y forma de ser, podés ir dando pequeños giros cotidianos cada vez más profundos-.

Alguien más interviene:

-Me agota de sólo pensarlo. Cuando me agreden, yo me pongo a la defensiva y reviento. Lo noto. Y me mantengo alerta. Pero logro a veces controlarlo y otras veces me doy cuenta a posteriori.

-¿Podés dar un ejemplo?

-El otro día un consultor me hizo una crítica muy fuerte. Me sentí muy mal, agredida. Pero no perdí los estribos. No reaccioné. Pero lo estuve defenestrando interiormente. Aunque después consideré que podía tener razón en algo. Me día lugar para reflexionar y meditarlo. Lo vi de nuevo, pero sobre el tema todavía no volvimos a hablar.-

-Lo que contás, ¿te parece un fracaso o un éxito?

-Me parece un éxito, en realidad. Pero me sigue hirviendo la sangre. Quisiera que no me importara.

-Yo también soy leche hervida –interviene otro participante-. Pero el otro día pude bancármela. Yo había actuado muy crítica y defensiva con una mina del laburo. La ironicé. Pero después en lugar de confrontar empecé a sugerirle de qué otro modo podemos trabajar, en lugar de pelearla, y funcionó.

-Sí. Se trata de no pretender lograr un resultado acabado, sino de hacer el registro de que nos va mejor, de que nos sentimos mejor cuando logramos actuar de otra manera. Pero la cosa es voluntaria y conciente. Se necesita poner voluntad, atención e intención.

-Y ¿uno no corre el riesgo de estar demasiado pendiente de sí mismo? Yo soy muy autoexigente y si me miro tanto más, por ahí es contraproducente.

-¿La inseguridad es un tema para vos?

-Lo estoy descubriendo ahora. Yo creía que era muy segura. Pero ahora me doy cuenta de que en muchas cosas no es así. Y por eso reacciono. Pero me cuesta mirar el lado B. Tengo que aceptar mis lados B.

-Pero eso también es más fácil cuando estás en un contexto en que los demás no te juzgan sino que están para comprender y comprenderse a sí mismos. En esos ámbitos –como éste-, el que más se expone es el mejor visto, porque habilita el juego de todos y lo potencia. La pregunta es cómo se vuelve uno, como me vuelvo cada vez más hábil para generar situaciones de crecimiento en mi propio ser y afuera, en el mundo.

-Lo que ocurre también es que uno necesita constantemente el reconocimiento ajeno, y busca ese reconocimiento, y lucha por él. A veces con cierta agresividad.

-Bueno, pero ahí hay un tema: cada uno está muy claro, siente muy intensamente, que necesita el reconocimiento ajeno, y lo busca. Pero olvida que los otros también necesitan reconocimiento, tanto como uno. Si uno tiene presente que el otro también anda buscando reconocimiento, y que lo necesita tanto como uno, y que reacciona igual que uno, a la defensiva, cuando siente que se lo niegan, entonces uno puede producir dos cambios, que son complementarios. Por una parte, saber que uno no siempre encuentra ese reconocimiento por parte de los otros y no angustiarse tanto por eso, aprender en parte a prescindir de él y en parte a otorgárselo uno a sí mismo. Por otra parte, uno puede ser más generoso con el reconocimiento hacia los otros. Y aun cuando uno discrepa, cuando tiene que llevar adelante un desacuerdo, empezar reconociendo al otro. Reconociéndolo como persona y reconociéndole capacidades o valores cuando puede hacerlo –y muy a menudo se puede- antes que mostrar los desacuerdos y de ejercer la crítica. Ese doble juego con el reconocimiento, que parte de pensar que los demás lo necesitan tanto como uno, puede mejorar los vínculos, porque uno avanza con una propuesta antes que con una demanda.

 

Por otro lado sería bueno preguntarnos: ¿No habrá en la palabra “reconocimiento” una rémora de la dependencia de la imagen que los otros tienen de mí?  ¿Buscamos reconocimiento o buscamos vivir en alianzas y vínculos amorosos con otros? Lo que pulsa en nosotros detrás de esa palabra ¿no será un profundo deseo de ser aceptado, amado en nuestra singularidad y poder aceptar-amar a otros de igual manera? Y no será este uno de pilares principales de nuestra posibilidad de experimentar la alegría y el goce de vivir….?

Seguramente esto será tema de alguna de nuestras próximas conversaciones.