Red-unidos, Laboratorio de Sentidos para la Acción (10/08/2012)

La reunión se inicia con pocos participantes. La conversación se encamina hacia temas más íntimos que otras veces, que tocan más de cerca el modo en que cada uno siente y se siente.

La ocasión es propicia para que la crónica de la reunión pueda seguir el movimiento de la conversación, haciendo evidente su progresión y el tipo de trabajo que se realizó a lo largo de la misma.

Las mañas y la inexistencia de la naturaleza humana

–  Estoy de novio. Me va bien. Pero me pongo impaciente cuando no se hace lo que quiero. Pero mi novia tiene muy buen humor y vamos bien.

–  Pero… lo que te pasa tiene la estructura de una maña.

–  Sí, pero la estoy trabajando. Lo que ocurre es que quiero ganar en las discusiones. No le dejo espacio al otro para explicarse y desplegarse. Pero, como todo el mundo, no es la única maña que tengo.

–  ¿Y cuánto hace que lo sabés?

–  Algunas cosas, mucho tiempo.

–  ¿Y qué hacés?

–  Una vez me dijeron: “en todas las casas hay hormigas, y las hormigas, siempre las vas a tener. Pero se pueden controlar”. Es lo que hago: las controlo. Las manejo

–  Pero… podrías más que eso. Levantá la mira. A las hormigas también se las puede liquidar.

–  ¿Vos creés? ¿No será la naturaleza de cada uno de cierta manera?

–  De ninguna manera. La propia historia lo va constituyendo a uno de cierta manera, y de cómo uno siga actuando depende que esa manera se reproduzca y se refuerce o se modifique. Incluso de raíz.

–  ¿Será? Lo que pasa es que si me hago la ilusión de que es así y después resulta que no, la frustración puede ser muy grande.

–  Pero, la propuesta que te hago es de correr ese riesgo (si querés llamarlo así), pero no someterse a la situación de hecho. La naturaleza humana no existe como algo intransformable, y si vos asumís lo contrario, estás derrotado de entrada. Y más, si empezás por asumir que tu propia naturaleza es inmodificable.

–  Pero, qué se yo, tanto en lo personal como en lo social hay cosas inmodificables: tipos como Duhalde van a existir siempre.

–  Mientras no se desarrolle a escala social el liderazgo de gente que, como nosotros, quieren desplegar y fortalecer en sí mismos actitudes y formas de proceder más amorosas y menos amantes del poder, de la dominación. Porque lo que ocurre con Duhalde, pero también con cualquiera de nosotros cuando nos enojamos porque no se hacen las cosas como nosotros queremos, o cuando a toda costa discutimos para demostrarle al otro que tenemos razón, es decir cuando a toda costa queremos tener razón, lo que nos ocurre es que estamos ganados por el sentido de Dominio. Algo que aprendimos y que nos convenció, de que Es más quien más domina. Pero eso forma parte de una cultura. Y esa cultura está en su final. Hoy todos empezamos a sentir que no somos más porque dominemos más. Al contrario: muchas veces dominar más nos empobrece y nos hace sentir peor. Somos menos. Pero durante mucho tiempo fue el deseo de poder el que organizaba la voluntad de ser. Hay de esto un significativo ejemplo en la historia rusa. Una situación que costó cientos de miles  de vidas. Lenin antes de morir dudaba entre designar como su heredero a Trotsky o a Stalin. Pensaba que si lo dejaba a Trotsky, hacía peligrar la revolución pero salvaba el espíritu de la revolución; mientras que si lo dejaba a Stalin, aseguraba la revolución pero hacía peligrar el espíritu de la revolución. De lo que Lenin no se daba cuenta es de que la cosa no dependía de la personalidad de uno u otro, sino de algo más general: de dejar de identificar la voluntad de ser con el deseo de dominio. Esta fue su gran ingenuidad y a los rusos le costó los años se Stalinismo. Ahora bien: cuando vos querés que las cosas se hagan a tu manera, y, si no, te enojás, estás reproduciendo –en otra escala, claro está- la misma estructura. ¿Estamos de acuerdo?

–  Sí y no. Sí por una parte. Pero, por otra, pienso que sigo teniendo que tener presente que en cualquier momento puede volver la vieja maña. No puedo pensar que la voy a eliminar. Porque entonces me descuido.

–  Entendés bien, y al mismo tiempo entendés mal lo que trato de decir. Yo no digo que la maña se elimina de un día para el otro y que te podés olvidar de la misma. No hay que ser ingenuo. Pero lentamente, a medida que uno actúa en otro sentido, se va debilitando: si vamos afirmando nuestras actitudes amorosas y, concientemente, dejando de lado nuestro deseo de dominio. Creo que eso puede hacerse tanto a nivel personal como en las organizaciones de las que formamos parte. Y lo creo que porque lo he probado y ejercido. No es un creer abstracto y especulativo. Y pienso también que recién cuando podamos avanzar en ese sentido en las organizaciones y en el plano personal, recién entonces vamos a estar en condiciones de avanzar en el mismo sentido en el campo de la política tradicional.

¿Lobos y corderos?: sentidos y fuerzas en conflicto

–  Hay gente en las ONGs, sin embargo, que reivindica el paso a la política como algo legítimo.

–  (Tercera voz) Sí, pero piensan que hay una sola forma de hacer política: la forma organizada por el sentido de dominio. Y piensan, entonces, que pasar a la política, lo que a veces es necesario, es aceptar esa lógica y ese sentido en lugar de afirmar un sentido más amoroso y solidario en el campo mismo de la política.

–  Es por eso que yo digo que en el campo de las ong´s hay gente realmente amorosa y solidaria y otra que aprovecha el prestigio ético y solidario de las organizaciones para posicionarse en la empresa, la profesión y la política. Yo mismo vivo esa contradicción. No tengo una actitud puramente solidaria y sana, como deberíamos tener en las ong´s. Yo también a veces me siendo un lobo disfrazado con una piel de oveja.

–  Bueno, uno es solidario hasta donde puede. Uno es a la vez lobo y oveja. Son sentidos organizadores opuestos y son fuerzas en conflicto en uno mismo. Mi viejo nunca tuvo capataces, sólo peones, porque nunca largó el control. Nunca logró largar la manija. Pero había un ayudante en la familia, una especie de mano derecha de mi viejo, el que mandaba cuando él no estaba, que siempre decía que no había que calentarse tanto: “no calentandum lungum vivendum”, decía, en pro del placer de vivir. Y a mí eso me quedó grabado muy adentro. Mirá, yo empecé mi vida en la política, y en la izquierda. Hasta que me dí cuenta de que también en la izquierda, en último término, vivíamos para concentrar poder, aunque pensáramos en usarlo a favor de la igualdad y de la libertad, y para construir una sociedad más amorosa y solidaria. Entonces abandoné el campo de la política tradicional y elegí desarrollarme no sólo en el campo de lo intelectual y lo profesional, sino poniendo ese desarrollo al servicio de la afirmación personal y social de una vida más amorosa y más amable. De ahí, de mi experiencia en la política, y de mis estudios de filosofía, de psicoanálisis, de psicología social puestos al servicio de ir construyendo en la práctica esa otra forma de vivir, nace Pensar la Vida. En tu caso -para volver a lo que nos ocupa- no es lo mismo que labures –por ejemplo- para una empresa como Fiat o para una fundación solidaria. Esto segundo te da la posibilidad de que las mismas habilidades que te conducen al éxito profesional contribuyan también a tu felicidad personal en lo más íntimo y alimenten el proyecto social con el que te importa colaborar. Poder ser asesor, sí, pero no sólo en sentido técnico, sino asesor del sentido apto para afirmar el alma de lo que te llevó a trabajar con las ONGs. Eso que vos llamás la solidaridad y la sanidad. Alguien que pueda asesorar a las ONGs conociendo y trabajando la estructura cultural y subjetiva contradictoria por la que todos estamos organizados.

–  Pero, en las organizaciones actuales todos somos lobos disfrazados con piel de cordero.

–  Lo que pasa es lobo y cordero son animales. Y por lo tanto son instintivamente así. De modo que en tu propia metáfora hay como una trampa, porque lo que es puramente instintivo constituye al animal como es y no puede dejar de ser. Nuestro caso es distinto. Somos animales cuyo único instinto es la cultura. Pero la cultura es diversa y cambia en el proceso evolutivo de la humanidad. Hoy en la cultura somos al mismo tiempo lobos y corderos. La cultura fomenta y premia una u otra de esas formas de ser. Pero en cada uno de nosotros están ambos en lucha: sos al mismo tiempo el lobo y el cordero.

–  (Tercera voz) Sin contar con que en tu metáfora el cordero ni siquiera está vivo: lo que queda de él es la piel muerta que el lobo usa para disfrazarse, para generar una impostura. Así, no hay salida. Por lo menos tendrías que admitir que sos las dos cosas: el lobo a veces y a veces el cordero. Y que las dos están vivas en vos. Porque vos no te portás como un impostor. No te disfrazás de lo que no sos. Te portás a veces como uno y a veces como otro.

El mejor negocio existencial

–  Lo que te propongo, incluso, es que lo pensés así: como una contradicción de fuerzas en pugna que van dándole forma al devenir de la voluntad del mundo, o de Dios. Si vos profundizás la alianza con tu novia, por ejemplo, afirmás las fuerzas del amor contra las estructuras del dominio.

–  ¿El bien y el mal?

–  No. El bien y el mal no existen como tales, aunque sí existan en cada caso lo que juzgamos bueno y lo que juzgamos malo. Pero yo te hablo de lo que te conviene y lo que no te conviene. Te conviene el amor, porque te hace más feliz. Y no te conviene el dominio. Afirmar lo amoroso y tener conciencia de esa lucha de fuerzas puede ser tu mejor negocio existencial.

–  Pero yo no puedo pensar el amor como una de las fuerzas en pugna. Para mí el amor es lo total, lo que lo engloba todo. Y el dominio es sólo una fuerza que boicotea al amor. Como la comodidad y otras cosas así.

–  (Tercera voz) A mí lo que me ocurrió durante mucho tiempo es que sentía y pensaba eso mismo que decís vos. Pero lo que pasaba entonces es que me sentía siempre en falta. Todo lo que yo pudiera hacer concretamente era siempre una miseria insignificante al lado de ese amor total que debía organizarlo todo. Entonces me sentía impotente. Y oscilaba entre agarrarme unos entusiasmos medio maníacos pensando que esta vez sí iba a poder dejar de actuar de formas no amorosas, y unas caídas medio depres porque sentía que no me la podía. Hasta que me fui dando cuenta de que la cosa estaba mal planteada. El amor y el dominio se me empezaron a aparecer como formas de la relación humana y como potencias y sentidos de lo humano. Y entonces empecé a poder valorar, aun en su aparente pequeñez, todo lo concretamente amoroso que me ocurría y que podía. Ya casi no oscilo, sino que sigo consistentemente cultivando un camino en el que trato de afirmar siempre un poco más lo amoroso, a sabiendas de que no alcanza a ser lo que me gustaría o desearía. Pero eso que afirmo es concreto y válido en sí mismo. No se compara con una totalidad inalcanzable. Entonces puedo registrar los progresos. Mis progresos. No parecen “nada”.

–  ¿Hiciste análisis o terapia, o estás haciendo?

–  Hice, sí. Pero lo que me ocurría es que me enteraba de cosas que en mí no funcionaban, pero no podía averiguar cómo transformarlo…

–  Lo que me contás es de libro. El psicoanálisis y la psicología pueden ayudar –y de hecho  ayudan- a averiguar cómo son las cosas. Pero habitualmente no toman una actitud transformadora consciente y sistemática. Nosotros, en cambio, proponemos que conocer qué pasa y porqué pasa es una herramienta necesaria para trabajar en la transformación. Y tratamos entonces de acompañar y ayudar en esa transformación.

–  Claro. Pero, en este caso, ¿está bien definido el problema? Porque si no lo tenemos bien definido, bien planteado, vamos a malgastar un montón de esfuerzos y no vamos a poder transformar lo que queremos o buscamos transformar.

–  (Tercera voz) Lo que pasa es que, planteado de esa manera, resulta un poco “ingenieril”: definimos perfectamente el problema, primero, y luego vemos cómo encararlo. No siempre se puede hacer eso, y menos en problemas que por su complejidad no nos dejan ver de entrada todas sus aristas y sus recovecos, y mucho menos su sentido. Entonces empezamos por donde podemos, por donde la cosa aparece, y vamos tirando ese hilo. Y ocurre casi siempre que ese hilo trae otros, y que el problema se va definiendo más y mejor a medida que lo vamos trabajando. Y se nos va aclarando más y más, pero no antes de que lo trabajemos, sino al calor del trabajo que hacemos.

–  Y esto, ¿en lo personal y lo social?

–  (Tercera voz) Sí, en los dos ámbitos. Yo diría que todo lo que tiene historia y se despliega como una historia, todo lo humano, tiene esa estructura: no se deja captar y comprender todo de una vez, como desde afuera, sino que se va abriendo y dejando comprender a medida que tratamos con él y operamos con él.

Para colmo, en general disociamos. Ponemos los conflictos en los otros. En cambio tenemos que asumir más que los conflictos no son del otro (o no solamente): también son nuestros, personales. Y si no enfrentamos y trabajamos estos conflictos nuestros y personales, de poco o nada sirve que subrayemos los del otro. Por eso decimos que transformar lo personal es empujar la transformación social y hacer crecer nuestra capacidad de ayudar en el sentido de la transformación. De ayudar en fortalecer lo amoroso y debilitar el sentido de dominio.