Red-unidos, Laboratorio de Sentidos para la Acción (06/07/2012)

La reunión empezó, medio en broma medio en serio (con más de media hora de retraso), proponiendo que trataremos el tema de la puntualidad en el horario de llegada…

De inmediato, pasamos a hacer las presentaciones, dada la incorporación de un miembro nuevo.

De las presentaciones surgió, de entrada, el interés de dos de los participantes –uno de ellos el recién llegado- por ponerse en contacto mutuo para colaborar.

De este registro de inmediato y espontáneo reconocimiento de complementariedades surgió la pregunta acerca de cómo potenciar esa posibilidad, dado que se trata –por lo demás- de uno de los objetivos declarados de la Reunidos.

Se propusieron varias aproximaciones.

Intercomunicar lo más que se pueda, se dijo: estar en estado de alerta para poder percibir las conexiones posibles entre quienes pueden complementarse. Estar en alerta y –se agregó- hacer la jugada del caso sin calcular los resultados, sin especular acerca del éxito posible. Se comentó que sólo sembrando de esa manera, cada vez que se ve la posibilidad de una complementariedad, por remota o difícil que parezca, sin pretender garantizar nada, ocurre que se producen efectivamente alianzas efectivas (se pusieron un par de ejemplos). Cuando ello ocurre, las potencias de acción de los que participan de ellas crecen exponencialmente, multiplicándose los beneficios.

En el mismo sentido, se habló de “invitar a la gente a ponerse en otro lugar, por interés de la gente misma, y, al mismo tiempo, porque con ello colaboramos en la gestación de un futuro que no sabemos cómo se va a concretar”.

Sobre esta línea, se recordó que estamos reunidos en el Laboratorio para ver qué de lo que llevamos grabado nos dificulta ser más potentes en la realización cotidiana de consignas como éstas.

¿Orgulloso o feliz?

Lo primero que apareció, en esta dirección del examen de las propias estructuras subjetivas, fue el tema del orgullo: solemos sentirnos orgullosos por lo que hacemos, por lo que logramos. Pero en ello habría un trampa: sentirse orgullosos de ayudar, por ejemplo, es tanto como quedarse atrapado por el ego. Es tanto como darle a esa actividad un sentido egótico: lo hago para sentirme mejor conmigo mismo, para agrandar mi propio ego.

¿Cuál sería entonces el sentimiento de bienestar o de satisfacción que debería acompañar un logro de ese tipo? La respuesta tentativa fue: “estar feliz”.

El grupo recogió con entusiasmo esta diferencia entre sentirse orgulloso y estar feliz, porque nos pareció fuertemente significativa y pertinente. Sentirse orgulloso trae consigo una carga, se dijo incluso, mientras que estar feliz libera. La felicidad, es más, tendría que ver también con la capacidad de desarrollar sentimientos amorosos por los demás y por la tarea que hacemos, en el siguiente sentido: sentirse feliz cuando a los demás les va bien, cuando son felices.

De inmediato cupo la pregunta: pero bueno, siendo que todos tenemos de eso que llamamos “ego”, ¿cómo se hace para trabajar con ello?

Aquí, una vez más, cada cual fue aportando algo.

Por una parte, se volvió a pensar la diferencia entre ser feliz y sentirse orgulloso: Ser feliz –se sugirió- tiene algo que ver con trabajar en red. Pero allí también se ve cómo surgen las dificultades que alimentan el ego y las expectativas personales, y cómo a veces se imponen por sobre el trabajo en red y los objetivos mismo de la red en tanto tal.

POR NOSOTROS Y POR EL MUNDO EN QUE DESEAMOS VIVIR, NECESITAMOS MUCHO ESTAR ATENTOS PARA ALIMENTAR  LAS SENSACIONES DE FELICIDAD POR LO QUE HACEMOS O LOGRAMOS, EN REEMPLAZO DEL ORGULLO EGOCÉNTRICO POR LO MISMO. CADA PEQUEÑO PASO EN ESE CAMBIO DE REGISTRO FUNCIONARÁ COMO “CONVERSOR” DE NUESTRAS EMOCIONES Y ASÍ CADA DÍA SEREMOS CAPACES DE REGISTRAR MÁS LA FELICIDAD DE HACER Y NECESITAREMOS MENOS DEL ORGULLO DE SER IMPORTANTES POR HACERLO.

¿Conveniencia, generosidad, afecto?

Entre risas, usamos como conejillo de indias hipotético el ejemplo de dos organizaciones cuyos referentes en el grupo estaban ausentes, y que para los efectos de esta crónica vamos a llamar A y C. La pregunta fue clara: ¿A y C se juntan por conveniencia, por generosidad, por lo que van a lograr; es decir, se juntan por motivos que tienen que ver con el ego o por motivos generosos?

Sin embargo, otro participante hizo notar que entre los referentes de las dos organizaciones “hay afecto, hay amistad”.

Pero, le retrucaron, eso es poner la construcción en red en un marco de Disney: más allá del afecto, si conviene al objetivo, la construcción en red procede. Es decir, se planteó la cosa de modo mucho más pragmático e instrumental.

Sólo que esta deriva instrumental puede conducirme a ocuparme sólo de lo que hago bien, de lo que me sale bien, digamos, y –según se sugirió- si sólo me ocupo de lo que hago bien y no me fijo en lo que me falta, me quedo encerrado en lo que ya sé, pegado a mí mismo.

Por lo demás, pareciera que si una construcción en red es genuina, aunque en un inicio lo pragmático prive, a la larga tiene que surgir el afecto. Es más, se propuso que tenemos que trabajar para querer a los demás.

¿Y la guía: el amor, el goce, la lucha contra el ego?

Un miembro del grupo marcó allí un matiz de diferencia, aportando el relato de su experiencia personal: no se trataría, sugirió, de preocuparse tanto por lo que conviene o no, ni por lo que falta o no, sino por ubicar qué cosas lo motivan a uno amorosamente, qué actividades, sentidos y tareas uno ama: hacer las cosas por amor: entregarse a lo que uno ama sin especular qué consecuencias eso tendrá para uno.

En cuanto a trabajar para querer a otros, marcó una preferencia por la formulación negativa: más allá de si puedo llegar a querer al otro o no, trabajar, eso sí, para tirar abajo los prejuicios a partir de los cuales en general nos relacionamos con los otros: abrirnos a los demás en lo que tienen de singular, de más propio y personal.

A lo cual, la coordinación del grupo sostuvo que desbaratar las preformas es tanto como desbaratar el Sentido hasta ahora imperante, hasta ahora organizador: el amor era autoritario y posesivo hasta hace una generación, mientras que ahora no lo es; en el mismo sentido, el respeto era respeto a la autoridad, mientras que hoy es respeto a la diferencia. De lo que se trataría entonces, en el amor como con cualquier otra emoción o sentimiento, es de ir diluyendo las formas del mismo tomadas todavía por el sentido de utilidad y dominio y poder ir afirmando las formas nuevas, más ligadas a un sentido de despliegue gozoso de la vida en presente.

((Sin embargo, cabe matizar a la luz de esta crónica –la reflexión no tuvo lugar durante la reunión-, pareciera que el gozo también puede estar tomado por el sentido de utilidad y dominio: lo que me hace gozar, lo que me procura satisfacción, puede ser, y en muchos casos todavía es, el dominar –o, incluso, el ser dominado-. Entonces, siempre escrito en los márgenes respecto de la conversación tal cual fue, resultaría que para distintas personas el ámbito emocional en el que el Sentido de Utilidad y Dominio es más débil y en el que, por lo tanto, mejor puede empezar a desplegarse la afirmación de un nuevo sentido, no es exactamente el mismo: en algunos casos puede ser el amor, en otros el disfrute cotidiano, el goce,, en otros quizás la experiencia de libertar de la creación estética o la búsqueda de “la verdad” o la “acción” en sus diversas formas (políticas, productivas)….
Si esto fuera así, singularizaría aún más los caminos de búsqueda y afirmación del nuevo sentido de vivir, más solidario, más inmanente, más libre, más vital y presente, porque obligaría a cada uno a ubicar ese ámbito en el que el nuevo sentido está más afirmado en uno, para poder tomar pie en él  y desplegar con su ayuda el nuevo sentido a otros ámbitos de la existencia.))

Volviendo a la crónica de la reunión propiamente dicha, lo que siguió fue un retorno a la reflexión sobre el amor en los vínculos que generamos en la acción cotidiana, y la formulación en que se concretó fue la siguiente: “El desafío es llegar a poder alegrarse con el bien del otro, aunque el otro me parezca un pelotudo. Ponerme feliz cuando es feliz. Eso sería “amarlo””. La formulación despertó un explícito consenso en el grupo.

Y se la enganchó con el ejemplo “conejillo de Indias” que habíamos adoptado: en el caso de los referentes de A y C, podemos observar que empezaron compitiendo y terminaron reconociéndose como compañeros, según se señaló.

Las virtudes de la conversación y la exigencia de “ser mejor que”

La coordinación del grupo apuntó, entonces, que esta deriva, de la competencia al compañerismo, quizás tenga que ver, precisamente con el trabajo realizado en el seno del “laboratorio”, en la medida en que se crea en él un ámbito que nos permite liberarnos de la exigencia (socialmente instalada) de ser el mejor, haciendo posible así que JC y Cr se reconocieran como colaboradores posibles. Venimos conversando de todo esto –se dijo-: de los límites que nos pone la exigencia de ser los mejores, de las dificultades que eso nos genera a la hora de ser más felices pero también a la hora de reconocer y fraguar alianzas posibles. ¿No habrá penetrado algo de toda esta conversación en ellos?

Coincidimos en admitir que la hipótesis más alentadora es suponer que sí: que conversar de estas cosas “a calzón quitado” tiene un efecto potenciador y liberador.

Se volvió, entonces, a tomar la oposición “orgullo”-“felicidad” y se convino en que el orgullo, entendido como un sentimiento en línea con este “ser mejor que”, está todavía tomado por el sentido de dominio, mientras que la felicidad no. Y se señaló que esto ocurre “en lo más íntimo de cada uno”. Y se volvió a sugerir que la mejor guía es hacer lo que me produce simplemente goce, placer de hacerlo. A lo que uno de nosotros indicó que esto tiene sus bemoles porque “yo no encuentro en mí nada que no implique el ego”. Con lo cual, se señaló, el goce, el placer, puede estar dominado también por las exigencias del engordamiento del ego. Puede ser también ego-céntrico. ¿Qué hacer? Aparentemente, lo único que uno puede hacer es estar vigilante y, cuando aparecen, ablandar, desactivar así sea momentáneamente, las reacciones y los impulsos del ego. En ese ablandar y desactivar vez tras vez, se va debilitando la ego-manía y se van fortaleciendo y encontrando caminos, actitudes y modos que expresan y afirman otras motivaciones y sentidos. Nuestras fuerzas no ego-céntricas van creciendo y desplegándose. Y le vamos tomando el gusto a los resultados que obtenemos de ello en términos de placer de vivir.

Auto-respecto vs. egocentrismo

A lo que se planteó, sin embargo, un problema muy interesante: ¿qué diferencia hay entre ayudar a alguien con muy poco auto-respeto (la expresión usada fue “autoestima”, pero proponemos aquí esta otra versión, que nos parece más pertinente y precisa) a que se sienta digno de respeto y estima, es decir, a que genere un sentimiento de auto-respeto, y, al contrario, cosa indeseable, fortalecer su egocentrismo?

Aquí los puntos de vista no coincidieron del todo.

Algunos de nosotros parecíamos entender que se trata de una diferencia muy sutil, un filo muy delgado.

Otros propusimos una distinción entre dos maneras de concebir la dignidad, entiendo por dignidad lo que hace que una persona sea digna de respeto y consideración, sea valorada.

Por una parte, se puede entenderla como algo que depende de nuestra capacidad de hacer, y que, por lo tanto, crece con ella y se mide, en cierto sentido, a partir de nuestros logros o poderes. Es una forma bastante tradicional de comprenderla y está en línea con el Sentido de Utilidad y Dominio.

Por otro lado, entenderla como algo inherente a toda existencia humana en tanto tal: merecer ser y ser respetado y considerado como valioso por el mero hecho de ser una persona, sin más. Y se sugirió que la necesidad de inflar el ego, de estar constantemente ratificando la propia superioridad o la propia valía tiene que ver con un déficit en esta otra capacidad, de sentirse valioso y digno de respeto por el mero hecho de existir y ser una persona. De este modo, el sentimiento de que “algo me falta” permanentemente tiende a ser compensado por una búsqueda ego-céntrica de jerarquía en algún plano de la existencia: el poder, la riqueza, la extracción social, el saber, pero también la solidaridad, la bondad, la belleza, la fuerza, la inteligencia, etcétera. Mientras que en el trato y a través del trato podemos tratar de vincularnos con el otro desde esta otra perspectiva: es valioso y digno de respeto porque existe.

Hubo una tercera aproximación al problema. Se partió de una cita de Spinoza: ser es perseverar en el propio ser, y el ser de cada uno no es más que el conjunto de las potencias que uno puede desplegar. Uno es un haz de potencias de acción. Visto desde aquí, enseñar el autorrespeto tendría que ver con ayudar a la persona a que descubra sus potencias vitales, sus potencias personales, sus potencias como ser vivo y como persona. El ego, en cambio, no estaría del lado de la potencia, sino del lado del poder, de la dominación. En esta aproximación, potencia es lo mismo que capacidad de creación. Mientras que poder –en el sentido, egomaníaco, de dominio, de ser mejor que– es capacidad de someter, de humillar, de menoscabar, de ser más que… imponerse.

Sin embargo, la pregunta se retomó desde aquí: ¿Cómo desarrollar el sentido de la potencia, y la potencia, sin desarrollar el afán de poder? Podríamos decir: cómo desarrollar la potencia sin darle cabida a la prepotencia

Empezar, siempre de nuevo, por uno mismo

A lo que la coordinación propuso que pensemos esto en nosotros mismos primero, en nuestras propias experiencias y recorridos personales, antes que abordar el tema “en tercera persona”.

Aparecieron a la luz de esto una serie de ejemplos de todos los días, el más universal de ellos el de la pelea o la puteada con el taxista en pleno tránsito porteño. ¿Para qué?, se dijo. De lo que me doy cuenta cuando me dejo llevar por esas emociones agonales es que de ese modo “me cago la vida”, me estropeo el ánimo y no gano nada: sólo deterioro mi bienestar.

En línea con lo anterior, sin embargo, una de nosotros señaló, retomando un momento anterior del intercambio, que lo que quería decir cuando hablaba de no quedarse pegado de lo que uno puede lograr sin ver lo que le falta, era precisamente eso: que no importa lo que uno le falta, porque a uno siempre le va a faltar algo: lo que importa no es ni más ni menos que aceptarse como uno es, tal cual es en cada momento, y no andar tratando de demostrarse a sí mismo que a uno no le falta nada, digamos así.

Se trata, se dijo, de cuidar la vida.

Pero cuidar la vida no tiene que ser tampoco un imperativo categórico, porque entonces se transforma en una exigencia moral. Hubo entonces, en este mismo sentido, una cita de Freud: a comienzos de El Malestar en la Cultura, Freud escribe que la mayor hipocresía de los seres humanos, y la más peligrosa porque nos conduce a hacer desmanes incalculables, es la de querer ser mejores de los que somos y de lo que podemos ser.

Cuidar la vida aparece entonces como un rumbo, como un guión de sentido. En cada momento de la vida y en cada circunstancia, afirmo de eso tanto como puedo. Y en eso me voy fortaleciendo. De a poco voy pudiendo más y gozando más de ello. Soy más feliz.

Esto, concluyó la reunión, marca hasta qué punto es útil y necesario, pero también alegre, pensarnos de nuevo. Pensar nuestras propias vidas mientras las vamos haciendo.