Red-unidos, Laboratorio de Sentidos para la Acción (22/06/2012)

Empezamos planteando el marco conceptual de la tarea.

 

Por una parte, vivimos y pensamos como herederos del patriarcado y la modernidad europea. Es decir, de una civilización fundada en el dominio y la utilidad, y organizada por ellos.

Por otra parte, cada uno, en su actualidad, es heredero de su propia experiencia biográfica.

En esa experiencia vital y biográfica podemos registrar, en carne propia, la contradicción del momento histórico en que vivimos: el éxito que tuvo la forma histórica que nos produjo como civilización planetaria –el desarrollo económico y social producto de la ciencia y la técnica aplicadas a la producción- nos condujo a una situación histórica completamente nueva, planetaria, de potencial abundancia para todos, pero también de riesgo de destrucción.

Aprovechar esa oportunidad y sortear el peligro dependen de que podamos dar a luz una forma de ser y de relacionarnos entre nosotros diferente a la del patriarcado y la modernidad. Y eso lo sentimos, cada cual, en carne propia, en su propia sensibilidad, como deseo de dejar atrás esa herencia todavía activa (que reproducimos en y por las acciones, muchas veces sin darnos cuenta) y como ganas de vivir, actuar y relacionarnos de otras formas, más amorosas, alegres, gozosas y solidarias.

Lo que nos proponemos es explorar cómo y cuándo nuestras acciones reproducen sin nosotros advertirlo, a partir de algo parecido al hábito, los moldes y formas de ser y vivir anteriores. Y cómo y cuándo podemos, en lo personal tanto como en lo institucional, realmente ir produciendo y afirmando nuevas formas de vivir, hacer y pensar, más en línea con nuestro deseo y con las posibilidades que nos presenta nuestra real situación histórica.

Lo haremos tratando de poner la experiencia de cada uno en palabras, compartiéndola con los demás y con la experiencia ajena en el seno de esta conversación colectiva. En cuanto al ritmo y los temas, no son algo que paute la coordinación, sino que los propone y los asume el grupo, en cada reunión, siempre de nuevo.

 

¿Algo  nuevo hay en nosotros?

 

A partir de este comienzo uno de nosotros expresó que lo inquieta la pregunta acerca de si nuestras organizaciones son portadoras de algo absolutamente nuevo o no. Se mostró convencido de que sí, es así, pero señaló que los profesionales que de ellas participan no pueden pensarlo, y mucho menos actuarlo: piensan y actúan a partir de lo aprendido, según viejos moldes y conceptos, y no se abren a pensar lo nuevo que hay en nuestra actividad. “Es muy difícil”, concluyó.

Pero, precisamente: si es muy difícil no es imposible.

Además, se señaló desde la coordinación, “a la burguesía le pasó lo mismo”.

Aquí sería bueno hacer un alto pequeño y agregar a esta crónica un breve apunte acerca de este comentario. A la burguesía le pasó lo mismo porque cuando empezó a emerger, en las ciudades –los burgos- del norte de Italia, de Holanda y de Francia, a lo largo de los siglos XII, XIII y XIV (entre 1100 y 1300), desarrolló en el seno del mundo feudal –que se creía el único orden posible, definitivo y eterno- formas de producir y prosperar totalmente ajenas a ese orden imperante. Éste se basaba en la explotación de la tierra, mientras que los burgueses aprendieron a hacer fortuna a partir del comercio, la manufactura y la especulación monetaria. El orden feudal era básicamente agrario y combinaba la labor asociada a la tierra con la milicia –que la protegía-, mientras que los burgueses se concentraban en las ciudades, donde los intercambios culturales se multiplican, y prácticamente carecían de “entrenamiento militar” (cuando lo necesitaban, lo contrataban a otros). Solidariamente con ello, esta nueva variedad humana fue desarrollando de a poco formas de valorar muy diferentes a las del mundo feudal: el honor caballeresco y la guerra santa fueron quedando atrás, mientras el cálculo utilitario y el espíritu de aventura mercantil se afianzaban; la noción de misión sagrada fue dejando lugar a la de interés individual; el concepto de poder que deriva de Dios fue dando paso a la idea de un poder que anida en los cuerpos y las almas de los miembros de la comunidad –“que brota del pueblo”-; la idea de que el destino del poder deriva de la providencia empezó a dejar lugar a la idea de que el destino del poder depende de la valentía, la astucia y  la suerte de quien lo ejerce; la noción de que toda riqueza proviene de la tierra empezó a ser reemplazada por la experiencia y la idea de que la riqueza proviene del trabajo y de la inventiva humanas; y, por fin, la idea de que lo esencial de lo que tenemos que saber se encuentra en las páginas de la Biblia –o de algún otro libro escrito por los seres humanos- fue dejando paso a la idea de que a través de la razón, de la observación y de la práctica los seres humanos aprendemos a conocer el mundo por nosotros mismos (“el gran libro de la naturaleza está escrito en caracteres matemáticos”, sugería finalmente Galileo, pero ya en el siglo XVI). Ahora bien, estas transformaciones se fueron dando de a poco, a lo largo de tres o cuatro siglos. Y recién en el siglo XV, 1400, aparecen los primeros indicios, en el pensamiento político y en las artes, de una nueva forma de pensar y de pensarse de los miembros de la burguesía. Hasta entonces, lo que habían hecho era adaptar como podían las viejas categorías de comprensión y de auto-comprensión del pensamiento medieval a las nuevas circunstancias. De ello conservamos algunas huellas todavía en el lenguaje: ¿qué es ser un “caballero”? Claramente, alguien que anda habitualmente a caballo, un guerrero. Pero los burgueses usurparon el término para llenarlo, de a poco, de un sentido nuevo: el nuestro. Sería largo y complejo mostrar aquí cuántas de estas transformaciones se fueron produciendo, pero el que quiera consultarlo con más detalle puede satisfacer su curiosidad en un trabajo muy bello –y breve-, del historiador José Luis Romero, que se llama “Estudio de la Mentalidad Burguesa”, y que fue editado por Alianza Editorial (se consigue). Lo que queremos decir es que la burguesía recién pudo pensarse como algo nuevo y diferente al señorío feudal (pero también como algo diferente de la plebe feudal), cuando pudo empezar a identificar y producir sus propios criterios y categorías de interpretación y pensamiento, unos ¡cuatro siglos! después de haber empezado a andar y a crear formas de vivir y de hacer las cosas diferentes, novedosas.

La lección que parece emerger de este breve repaso histórico puede ser la siguiente: primero vamos haciendo cosas nuevas, a tientas, en los intersticios de lo viejo y adaptando viejas herramientas (físicas y culturales, materiales y simbólicas) a nuevos usos, necesidades y funciones; y luego, a medida que nuestras nuevas formas de hacer las cosas se van afianzando y empiezan a cobrar una forma propia, reconocible, impulsados por nuestro propio aprendizaje y por la necesidad –dada la inadecuación creciente de lo viejo que aún usamos a lo nuevo que hacemos-, inventamos y forjamos las nuevas herramientas y las nuevas formas de auto-comprendernos: nos producimos e identificamos en el pensamiento y en las instituciones como algo nuevo y diferente. Es también importante comprender y tomar nota que los riquezas que devenían de las nuevas actitudes y prácticas de los proto-burgueses entregaron beneficios y nuevas riquezas a sus gestores ya desde los comienzo de ese proceso.

Pensar es pensar-se; y es pensar las propias prácticas “desde adentro”

 

Esto sugiere también que es pensando sobre nuestras propias prácticas, sobre nuestros intentos, como podemos afianzar con la mayor potencia posible lo nuevo que trata de emerger en nuestra época y que queremos dar a luz. En lo que queremos y nos conviene transformarnos.

Los burgueses pensaban que el mundo tenía un orden eterno e inmutable: fueron sorprendidos por su propia historicidad: descubrieron (o re-descubrieron) la historicidad de lo humano. Nosotros, que somos sus herederos, sabemos, en cambio, que las formas de vivir, ser y pensar de los seres humanos cambian con el tiempo y en el tiempo –Darwin nos enseñó que incluso cambiamos biológicamente al calor de nuevas formas de vivir y de relacionarnos entre nosotros y con ambientes distintos-. Además, vivimos sin duda en un mundo mucho más dinámico que ellos.

Si nos ocupamos de pensarnos, de reflexionar sobre lo que va apareciendo en nuestras sensibilidades y en nuestras prácticas, quizás podamos potenciar el auto-aprendizaje y, a medida que vamos experimentando nuevas formas de hacer, de relacionarnos y de vivir, a medida que vamos sintiendo y encontrando nuevas resistencias en nosotros y nuevas dificultades, si nos pensamos quizás podamos ir elaborando los nuevos instrumentos y las nuevas categorías que necesitamos.

Hasta aquí la reflexión “teórica”. Volvamos a la crónica.

La intervención acerca de la dificultad con que nos encontramos se redondeó en una indicación: tenemos que trabajar sin modelos: inventando lo que no se sabe. Con lo cual, estamos todos en un estado de ignorancia creadora, y nadie en un estado de sabiduría profesoral.

Se trata, entonces, como decía Spinoza, de “perseverar en el esfuerzo de ser”: eso es ser, o existir.

Aquí, tematizando la dificultad, apareció en el seno del grupo la idea de que cuando uno tiene un rol, lo reproduce sin integrar a ese rol lo más personal. “Uno se planta en lo que sabe y no en lo que no tiene resuelto o le genera dudas”, se dijo.

Pero es en lo que genera dudas y no está resuelto donde se esconde la novedad… Entonces, se preguntó: ¿cuánto tiene uno que poner de sí mismo si quiere generar un cambio? Para profundizar la reflexión hay que concretarla, sacarla de la abstracción de las ideas generales, así que se trata de preguntar más en concreto: ¿qué es lo que no ponés, lo no te atrevés  a poner?

El relato que siguió fue el de una reunión en que se trataba de presentar a la organización y su propuesta, pero en la que aparecía con insistencia todo lo que todavía no saben cómo lograr, o cómo hacer: “mostrar eso me dio miedo, me costó mucho”, se dijo.

Y siguió otra pregunta respecto de esto: ¿Estamos acaso acostumbrados a urguetear en lo que en nosotros no está estructurado, no está legitimado como un saber y un poder reconocidos? No lo estamos. Al contrario: vamos por el camino seguro y aprendido que valida el propio perfil. Dejamos de lado lo que profundamente sentimos y somos, según dijo otro compañero.

Las propias ganas (y las propias contradicciones) como brújula

 

Pero, se planteó entonces: ¿Hay algo originario y “prístino” que somos y sentimos? ¿Algo no contaminado y formateado por la cultura imperante y por las contradicciones que de ella brotan? ¿Algo “originario y natural” a lo que podamos acudir como referencia última?

Desde un punto de vista –científicamente actual- que asume que los seres humanos somos “biológicamente incompletos” y que sólo la cultura nos da nuestra forma real, actual y final, no hay nada en nuestra conducta, en nuestra manera concreta de ser y de pensar, en nuestra forma efectiva de valorar y de ordenar el mundo, que esté determinado por la biología o por la “naturaleza”: todo es cultura. Lo que nuestra naturaleza pone a nuestra disposición, lo que somos “por naturaleza”, es nada más que un conjunto de potencias de acción, pero no un conjunto de sentidos o de significaciones, o de creencias o de preferencias.

Se suscitó aquí un intercambio que versó antes que nada sobre dónde buscar, entonces, la referencia, el criterio para construir algo diferente. Y se sugirió que hay que tomar como guía la sensación de disconformidad real, concreta y vital que sentimos respecto del orden de mundo y de la forma de vida en que estamos. Tomar como guía las ganas que tenemos de vivir algo diferente, aún cuando estas sean poco claras y sólo registremos de ellas una coloratura sin perfiles definidos. (Si esas ganas brotan de una “naturaleza última” que reacciona frente al contexto histórico, o brotan de un “momento histórico-cultural” diferente y nuevo, es, para nuestra experiencia concreta y actuante, secundario y no tan importante. Para colmo, resulta incierto desde el punto de vista de nuestra capacidad de saber: no podemos decidirlo. )

Lo que no es incierto ni abstracto son esas ganas que sentimos de una nueva forma de vivir, esa necesidad de cambio que registramos como urgente. Se sugirió que de lo que se trata es de validarla, de tomarla en serio y de guiarse por ella.

 

 

Del discurso a la acción, y de ésta a la reflexión

 

Se volvió entonces al tema de las limitaciones y del miedo que nos da mostrarlas, y, a la luz de un relato personal que hizo una de nosotros, se sacó la siguiente conclusión: tenemos miedo de mostrar nuestras limitaciones, pero cuando las mostramos de entrada, ya no tenemos nada que perder, y somos libres de ser quienes somos en toda nuestra potencia.

Apareció entonces el límite que nuestra cultura del dominio genera: “Cuando estás con alguien que te marca la cancha, querés marcarla vos también”, se dijo, “es natural”. Pero, ¿es natural o está naturalizado por el hábito; porque se trata de la “ley de funcionamiento” o la “regla de juego” de un cierto tipo de civilización y cultura? Asumimos lo segundo. El dominio forma parte de las posibilidades de lo humano, pero no es más “natural” o necesariamente hegemónico que el amor, por ejemplo.

Aparecieron aquí los ejemplos de Jesús y de Pepe Mujica como diciendo “más o menos lo mismo”, y hubo un intercambio acerca de si todas las grandes religiones dicen más o menos lo mismo o no. De todos modos, a favor de la tesis del cambio histórico-cultural de largo plazo, cabe decir que las grandes religiones tienen fechas de nacimiento bastante parecidas, y, desde el punto de vista de la historia del hombre como especie biológica, son muy recientes –mucho más recientes que la revolución agrícola que nos sacó de la condición de cazadores/recolectores, por ejemplo-. Es decir, son históricamente una novedad bastante reciente.

Se dijo entonces que hoy, en todo caso, en los discursos casi todos coinciden, pero en las acciones no. Y se tematizó este aspecto. Uno de nosotros aportó su testimonio: “Yo me crié en un hogar donde me enseñaron que todo es colectivo, pero el límite lo encuentro en mí mismo. Entonces busco el equilibrio entre lo que siento y lo que pienso”.

De allí la conversación derivó a lo importante que resulta poder exponer esas distancias y esas contradicciones. “El que logra hacer un discurso exponiéndose (exponiendo lo que no sabe o no puede) es mucho más valiente que el que lo oculta”, se dijo. Pero, al mismo tiempo, hoy podemos sospechar que hay mucha posibilidad de ser más valorados al mostrarse vulnerable e imperfecto, y no con todo resuelto. A lo que otro miembro del grupo aportó su experiencia: “En mis grupos los que más se muestran vulnerables son los que terminan siendo valorados y los que lideran”.

Pero, se señaló también, “esto pasa sólo en ciertas organizaciones y con algunos interlocutores. Lo cierto es que en algún punto “nadie es completamente sincero porque todos somos facheros: cuidamos nuestra imagen”. La cuidamos no sólo ni principalmente por el que pudieran decir los demás, sino que la cuidamos ante nosotros mismos: para no entrar en contradicción con nosotros mismos, para no quedar desvalorizados ante nuestros propios ojos. Secundariamente, la cuidamos para los ojos de los demás.

En ese constante cuidado de la imagen (que, además, rinde tributo a los valores ya constituidos, a un paradigma idealizado y jerarquizado), enturbiamos dos posibilidades: la de acceder con más transparencia a lo que verdaderamente queremos, a nuestras ganas y nuestro sentir, y la de constituir alianzas abiertas, francas y sinceras con otras personas.

A la luz de este intercambio, uno de nosotros contó: “Me levanto a la mañana y me pregunto: ¿sigo con lo de siempre o no? ¿Me como la zanahoria de la construcción colectiva o no? Porque lo cierto es que yo no lo voy a ver”… Pero a partir de esta observación muy personal, el grupo derivó hacia una serie de consideraciones abstractas y generales sobre las posibilidades del cambio en la educación y en el sistema educativo, hasta que nuestro coordinador hizo ver que dejábamos de lado lo concreto, actuante y personal, la tarea de pensarnos, para volver a la tarea, más cómoda y más vacía también, de pensar “en general”, lo que ocurre con “lo otro” –el sistema educativo- y no con nosotros.

Sobre este carril, volvimos al tema de la zanahoria, y se señaló que decir “me como la zanahoria” es tanto como expresar que uno está pensando la cosa desde el sacrificio y que se valora poco el gusto por hacer cotidianamente eso que está haciendo. Es decir, que uno queda colgado del resultado final, antes que concentrado en hacer y disfrutar y comprender lo concreto de cada día y del trayecto que se va haciendo. Se trata, más vale, de combinar la búsqueda de cambio entendido como afirmación de un sentido determinado, con lo que se puede en cada momento y lugar, con lo concreto de lo posible en cada caso. En esa afirmación de lo concreto posible en cada caso, “en algún grado lo que buscás debe afirmarse y hacerse presente en lo que hacés”. Es decir, el resultado no es necesariamente todo el resultado completo y finalmente pleno. Podemos aprender a reconocer la afirmación parcial pero no por eso inefectiva o menos real, de lo que queremos y buscamos, en lo concreto y posible de cada día.

 

Esto condujo a una consideración sobre el hecho de que fijarse objetivos demasiado amplios es también una forma de justificarse y no hacer nada.

Lo que a su vez llevó a meditar sobre el valor del hacer, y a poner en cuestión que todo hacer, aunque sea concreto y colectivo, afirme necesariamente un cambio. Puede haber, se dijo, hacer colectivo que reproduzca lo viejo en lugar de afirmar algo nuevo.

Y apareció la pregunta acerca de qué intentamos cuidar, fundamentalmente, y en especial cuando participamos del ámbito reflexivo en el que participamos.

La respuesta más o menos consensual fue que tratamos de cuidar la vida: la propia y la de los demás.

Se intentó un resumen:

Vamos a ser líderes del cambio si nos ocupamos de reflexionar minuciosamente sobre lo que nos ocurre a nosotros mismos en lo más íntimo de nuestra propia experiencia de vida. Es nuestra fuerza vital la principal fuerza del cambio de mundo. Y esto es política: política existencial. Del mismo modo vamos a ser líderes amorosos si tenemos más y más conscientes experiencias amorosas.

Otras dos versiones aparecieron, sin embargo, más matizadas, sobre lo que tratamos de hacer en nuestro ámbito de reflexión:

“Trato de entender por qué me cuesta tanto cambiar ciertas cosas”

“No tengo otro lugar donde hablar y pensar con tanta libertad sobre las dificultades que tengo en mi tarea cotidiana”.

 

Esta crónica fue generada por un miembro del grupo.