¿Qué necesitan los adolescentes de los padres y adultos?

¿Qué necesitan los adolescentes de los adultos? ¿Qué es lo que podemos hacer para ayudarlos? ¿Cuál es la conducta que nos corresponde asumir ante ellos? Es habitual que ante estos interrogantes nos demos respuestas como si siempre nosotros supiéramos lo que ellos no saben, como si nuestro ser adultos nos permitiera saber de lo que es bueno para ellos o, lo que es aún peor, pensamos que por ser adultos debemos saber…, Así es como nos posicionamos ante los chicos como “sabedores” de lo que les conviene para afirmar sus posibilidades en la vida. No nos preguntamos por las maneras de ayudarlos a encontrar los caminos propios de cada uno. Sólo nos preguntamos por las maneras conducentes para que nos hagan caso y actúen de acuerdo a nuestros criterios e indicaciones.

Ayudar a nuestros hijos a preguntarse, pensar y ser desde si y por si, ayudarlos a buscar su camino cuidándonos de imponer nuestras propias ideas y creencias, no es nada fácil para nosotros los adultos de esta época. Estamos tan convencidos que ser una persona adulta y bien puesta en la vida es “saber como son las cosas” que actuamos como si saber es siempre más importante y mejor que preguntar. Sentimos que nuestra pregunta respecto de algo que ignoramos nos avergüenza, en la medida que pone en evidencia nuestro no saber. Cuando estamos ante nuestros hijos esto nos resulta aún más grave: si no tenemos la respuesta nos sentimos fallados, que no estamos cumpliendo con nuestro deber (o papel) de adultos o de padres. Muchas veces sentimos que no sabemos, pero seguimos con hipocresía cumpliendo el papel de “sabedores” y emitimos respuestas porque nos sentimos exigidos de cumplir con ese modelo interno y externo que tanto valora a los que siempre saben…

En esas condiciones en que los adultos nos encontramos, encerrados en la necesidad de saber y por tanto inhabilitados para preguntar y pensar ante lo nuevo, también estamos inhabilitados para acompañar a nuestros hijos adolescentes en lo que más necesitan de los adultos: que los acompañemos a preguntarse, pensar y buscar cómo abordar su propia vida, desde su propio deseo, su propio gusto y en el marco de su propia experiencia con sus particular orden de posibilidades y dificultades. Ellos necesitan que los acompañemos a construir su actitud responsable con ese marco de posibilidades y dificultades, sin apresurarnos a exigirles que cumplan con nuestras propias ideas de cuidado, atención y responsabilidad ante cada situación.

Esto no significa dejarlos solos ante dificultades y riesgos de la vida cotidiana. Por el contrario, significa un acompañamiento con mayor presencia y aceptación, una alianza más estrecha y un dialogo más profundo. Es disminuir el autoritarismo que solemos ejercer sin verlo y es consolidar en el chico el respeto a la experiencia y la opinión de los adultos. Es abrir para el adolescente otras posibilidades que el sometimiento o la rebeldía ante los adultos. Es algo así como funcionar de bastón para que el otro aprenda andar a su estilo y a ir haciéndose responsable de generar la posibilidad de eso que quiere ser y hacer.

No es callar, es un decir que no dicta “verdades” sino que pone a disposición del otro nuestra experiencia a tono de herramienta orientadora; una manera de ver y sentir que no pretende ser aceptada como única posibilidad valedera, sino que se entrega al otro como una mirada posible que lo ayuda a mirar por si, a generar su propia manera de ver y de ser.

Pero debemos saber que desde nuestra manera de estar siendo adultos y padres, esto significa un desafío y un aprendizaje: Aprender nosotros a hablar con los adolescentes, a conversar con ellos, pensar juntos y no simplemente decirles como son las cosas y como se debe ser y hacer en la vida. De la manera como abordemos esta cuestión depende el grado en que acompañaremos a nuestros hijos en su escabroso.