¿Qué es una crisis de sentido?

Hace unos días un amigo me envió como regalo de cumpleaños un poema que quiero compartir con ustedes.

No es una casualidad ni un capricho el que me proponga publicarlo junto a este trabajo sobre el sentido de la vida. Creo
que propone acabadamente la actitud existencial que necesitamos
para que la reflexión sobre el sentido de la vida se torne seria y comprometida.

La vida es una obra de teatro que no
permite ensayos…
Por eso, canta, ríe, baila, llora
y vive intensamente cada momento de tu
vida…
…antes que el telón baje
y la obra termine sin aplausos.

¡Hey, hey, sonríe!
más no te escondas detrás
de esa sonrisa…

Muestra aquello que eres, sin miedo.
Existen personas que sueñan
con tu sonrisa, así como yo.
¡Vive! ¡Intenta!

 La vida no pasa de una tentativa.
¡Ama!
Ama por encima de todo,
ama a todo y a todos.
no cierres los ojos a la suciedad del mundo,
no ignores el hambre!

 Olvida la bomba,
pero antes haz algo para combatirla,
aunque no te sientas capaz.

 ¡Busca!
Busca lo que hay de bueno en todo y todos.
No hagas de los defectos una distancia,
y sí, una aproximación.

 ¡Acepta!
La vida, las personas,
haz de ellas tu razón de vivir.

 ¡Entiende!
Entiende a las personas que piensan
diferente a ti,
no las repruebes.

 ¡Eh! Mira…
Mira a tu espalda, cuántos amigos…
¿Ya hiciste a alguien feliz hoy?
¿O hiciste sufrir a alguien con tu
egoísmo?

 ¡Eh! No corras…
¿Para que tanta prisa?
Corre apenas dentro tuyo.

 ¡Sueña!
Pero no perjudiques a nadie y
no transformes tu sueño en fuga.

 ¡Cree! ¡Espera!
Siempre habrá una salida,
siempre brillará una estrella.

 ¡Llora! ¡Lucha!
Haz aquello que te gusta,
siente lo que hay dentro de ti.

 Oye…
Escucha lo que las otras personas
tienen que decir,
es importante.

 Sube…
Haz de los obstáculos escalones
para aquello que quieres alcanzar.
Mas no te olvides de aquellos
que no consiguieron subir
en la escalera de la vida.

 ¡Descubre!
Descubre aquello que es bueno dentro tuyo.
Procura por encima de todo ser gente,
yo también voy a intentar.

 ¡Hey! Tú…
ahora ve en paz.
Yo preciso decirte que… TE ADORO,
simplemente porque existes.

Charles Chaplin

¿Qué es una “crisis de sentido”?

Muchas veces usamos la expresión “crisis de sentido” para hacer referencia a lo que le ocurre a un individuo cuando pierde la conexión con lo que le importa, con aquello que  intensifica su experiencia de vivir; cuando se le agotan las motivaciones sin poder generar nuevos valores en su reemplazo. Al pensar de este modo vemos la cuestión en tanto fenómeno individual: no se trata de una problemática colectiva, sino de una crisis personal.

Otras veces hablamos de “crisis de sentido” para referirnos a la misma situación, pero en tanto característica de un período histórico.  En este caso la crisis le ocurre en algún grado a todas las personas que viven en esa época. Se trata de una situación cultural en la que aquello que dio sentido a la existencia en el pasado inmediato, debilita su  vigencia en el presente. Los individuos que viven en esa coyuntura histórica fueron formados en creencias, valores, conductas y maneras de ser que ya no sintonizan con las nueva situación y con el espíritu de los tiempos que corren. Se pierde contacto con las ganas, crece el desgano y se enmaraña la dirección de las acciones.

Es una situación histórica en la que se oscurece el rumbo en la vida de las personas y su experiencia decae en  intensidad. El desaliento, la desorientación, la superficialidad y la anomia ética lo invaden todo. Aquello que dio sentido a la manera de ser y vivir en el pasado ha perdido fuerzas, y lo nuevo aún permanece en las tinieblas del amanecer. Esto es lo que sucede en nuestro presente: es una situación colectiva de la que todos somos partícipes. Es el contexto en que vivimos y también es nuestro estado interior.

La epocalidad del sentido

Si bien puede afirmarse que el sentido de la vida es siempre afirmarla, su manera de manifestarse fue diferente en cada época histórica. Esto sucede así en razón de las diferentes condiciones de posibilidad que ofrece cada tiempo-espacio y la consecuencia constante es que las nuevas respuestas van instaurando distintas maneras de ser y vivir. Llamo sentido de la vida al espíritu que inspira y da forma a esas respuestas en cada período.

El sentido es entonces aquella fuerza creadora  que hace que las cosas y la vida sean de la  manera en que se dan en cada época.

La vida ocurre y es sobredeterminada por fuerzas de sentidos que habitualmente no son reconocidas concientemente por los individuos. Estas fuerzas pre-existen a cada cual, y funcionan como marco organizador de sus creencias, aprendizajes y vivencias. Se trata de un plano constituyente de toda la experiencia de vivir, tanto de nuestra maneras de ser y de nuestras prácticas, como de nuestros deseos y sueños.  Es la “Voluntad del Mundo”o la “Voluntad de Dios” o “El Espíritu de los Tiempos” (como lo queramos llamar), que en su despliegue va dando forma a la realidad y hace que las cosas y la vida vayan siendo y cambiando en su devenir.

Esa fuerza organizante determina que la realidad se nos presente como siendo “verdaderamente así”, tal como la vemos en cada época. Esta no–conciencia de la historicidad de la realidad, nos hace verla como “natural” e inmodificable, y lo mismo acontece con la manera en que vivimos. Superar esta ingenuidad nos habilitará para crear las nuevos caminos que anhelamos.

La situación actual

Nuestra existencia está encerrada en creencias y valores que perdieron vigencia porque se originaron en una situación
histórica ya superada. Vivimos en un horizonte de sentido que se gestó hace unos quinientos años, cuando la humanidad occidental comenzaba a poner el eje de sus esfuerzos en el incremento de la capacidad de producción para satisfacer las necesidades materiales de las personas. El desarrollo de las fuerzas productivas y el crecimiento del confort fueron el leitmotiv de toda esa época: ese objetivo orientó la existencia y fue el lente a través del cual se dio sentido a la realidad y a la vida misma. Este espíritu organizó la manera de ser y vivir en los tiempos en que se desarrolló la revolución industrial y se  puso en marcha la revolución tecnológica.

La afirmación de esta segunda etapa del productivismo –la tecnológica–, fue generando la crisis de esos paradigmas en la medida en que el desarrollo iba transformando la relación entre las necesidades y la capacidad social productiva. En la  situación actual la posibilidad de las personas de disponer de aquello que hace les falta para lograr un razonable confort, ya no depende del crecimiento de las fuerzas productivas sino de la reorganización del sistema de distribución y del replanteo de los objetivos de la producción misma. Las necesidades no satisfechas tienen que ver cada vez más con la gigantesca concentración de la riqueza y su mala distribución, y cada vez menos con las limitaciones de la capacidad social de producir.

En la primera etapa industrial el “progreso” transformó la relación entre las necesidades y la capacidad  productiva de las sociedades, posibilitando niveles de confort antes inimaginables. En ese período se afirmaron los valores utilitaristas que organizaban a la sociedad y la vida de las personas. Pero la explosión del potencial productivo que significó la segunda etapa del industrialismo –la tecnológico– saturó la relación entre necesidades y potencialidad productiva y generó así la crisis de esos paradigmas. Esto ocurrió en la segunda mitad del siglo XX.

En la actualidad la posibilidad de disponer de aquello que les hace falta a las personas para lograr un razonable confort, ya no depende del crecimiento de las fuerzas productivas, sino de la reorganización del sistema de distribución y del replanteo de los objetivos de la producción misma. Las necesidades no satisfechas tienen que ver cada vez más con la gigantesca concentración de la riqueza en pocas manos y menos con las limitaciones de la capacidad social de producir. Al mismo tiempo ocurre que las personas son desplazadas de sus puestos de trabajo por la robótica, haciendo que crezca el desempleo, la pobreza, las quiebras y el sin sentido.

En la medida en se profundiza esta brecha entre el “progreso tecnológico-productivo” y el cuidado de la vida, la crisis se agudiza. En el mismo grado crecen los peligros derivados del aumento de la capacidad de dominio que la técnica pone a disposición del “deseo de poder” de las personas (particularmente de quienes gobiernan los grandes grupos económicos). Así es como proliferan el mal uso de las fuentes de materias primas, la contaminación ambiental y la depredación de recursos naturales, por ejemplo. Y junto al incremento del gasto en armamento, el hambre y la miseria de millones.

Para el mundo del progreso material, que dio forma a nuestra existencia, la vida de cada persona tenía sentido en la medida en que fuese útil y lograse un incremento de su dominio sobre cosas y/o personas. Hoy este paradigma está muriendo. El crecimiento de la capacidad productiva ya no es una cuestión de interés principal en el cuidado de la vida. Y lo que es aún más preocupante: si seguimos avanzando en la dirección señalada
por la voluntad de dominio y el deseo de poder, crecerá la desesperanza de muchos y  la miseria existencial de todos. Lo que daba sentido a la existencia ya no da sentido. El sin sentido avanza y devalúa la experiencia, azuzándonos de esa manera a replantearnos valores, creencias y rumbos de nuestra existencia.

Esta es síntesis muy escueta del proceso de realización  del proyecto de la modernidad (misión cumplida) y de la aparición de la posmodernidad –algo que devino de la modernidad y que aún está buscando el perfil de una nueva época histórica–. Esta es la situación en la que está enredada nuestra existencia. Y por esto es apremiante que nos replanteemos el sentido de nuestra vida.

El sentido como sobredeterminación inconsciente

Los occidentales vivimos durante largos siglos desde la perspectiva del sentido utilitario-productivista. Eso hizo que nos acostumbremos a dar forma y valor a todas las cosas desde su punto de vista. Estas creencias nos mostraron como “natural” e “instintivo” lo que sólo es la manera de ser de lo humano en una época y en una cultura determinada.

La “naturalización” del utilitarismo nos encierra en un horizonte que perdió vigencia histórica. Estamos sometidos a la dictadura del sentido productivista, y esto nos ocurre no sólo por condicionamientos externos sino también, y principalmente, por nuestras maneras de ser y vivir. Necesitamos ablandar ese modo de estar en el mundo diseñado para el dominio y control, y transmutarlo con reflexiones y acciones concebidas desde otros sentidos germinales. Sólo así podremos abrir espacios de resignificación que nos permitan re-crear nuestra experiencia de vida.

Hay un cambio en el estado de las cosas, y también en la Voluntad del Mundo: necesitamos darle espacio en nuestras almas, y también forma en nuestras conductas y acciones. Creo que éste es el punto clave en el cuidado de nuestras vidas ante la crisis de sentido que avanza.

Nuevas sensaciones y deseos empiezan a habitarnos en el muy inicial amanecer de esta nueva realidad. Comenzamos a anhelar nuevas formas de existir, aunque no podamos ver con claridad las maneras de realizarlas. Confuso y de manera larval, nuestro deseo apunta a prácticas más orientadas por el amor que por el dominio, más interesadas en la felicidad que en la utilidad. Aspiramos a una manera de ser más diseñada para la alegría que para la preocupación, más motivada por la solidaridad que por la competencia.

En defensa de esa línea de deseos necesitamos asumirnos como co-creadores de nuevas formas de vivir. Participar activamente en la afirmación de nuevos sentidos, valores y formas de acción.
Esta co-creación debe ser ejercida por cada uno dentro de un horizonte que aún no fue validado culturalmente. No se trata entonces de una simple elección, sino de cultivar lo nuevo en nuestra propia experiencia. Sólo así se hará posible, para cada uno, los niveles de goce y bienestar que se ofrece en las actuales condiciones de la existencia.

Si no asumimos con responsabilidad y coraje el desafío que nos plantea la coyuntura histórica, nuestras posibilidades quedarán limitadas a las formas devaluadas del orden heredado. Y nuestra vida quedará apocada por el actual estado de saturación y crisis.

Abordar la cuestión del sentido de la vida en la experiencia personal de cada uno requiere cuestionar de manera explícita el horizonte de sentido aún hegemónico en la sociedad en que vivimos, y por lo tanto en nosotros mismos. Necesitamos tomar conciencia de su saturación y de la posibilidad de re-significarlo. Es necesario que nos preguntemos por la “intención enquistada” que cargan muchas de nuestras acciones y sensaciones, por las herencias de sentido que nos sobredeterminan sin que seamos conscientes  y por las consecuencias que tienen en nuestra vida.

Necesitamos interrogarnos por el sentido que habitualmente organiza nuestras acciones, sentimientos, emociones y conversaciones. También necesitamos estar atentos para
registrar lo nuevo que aparece en nuestros deseos más íntimos: allí encontraremos señales para proyectos y acciones inéditas que nos permitirán afirmarnos en nuevas maneras de ser y de vivir. Este doble movimiento en la conciencia –el reconocimiento de los “ideales” ya vacuos por un lado,  y la escucha de lo nuevo que pulsa en nuestros deseos por el otro–, es importante para encaminarnos hacia  nuevas elecciones que habiliten una existencia más gozosa.

Si permanecemos abiertos a lo nuevo podremos acceder a la  transformación de la experiencia que se anuncia en nuestra propia sensualidad. Esto será más claro para quienes podamos escuchar –y validar– los deseos aún sin voz, acallados por el viejo imaginario todavía hegemónico. Pero atención: el hecho de abrir la pregunta por el sentido sólo será operativo en la medida en que lo hagamos muy cerca de nuestra  experiencia cotidiana y con el ánimo de que las respuestas orienten nuevas prácticas.

Para afirmar nuestro propio juego en la vida es necesario que habilitemos otro horizonte de sentido. El desafío es crear. El camino: gestar en nuestro día a día una nueva manera de vivir, con reflexiones y acciones novedosas.