¿Por qué tanto eje en el pensar?

Si se trata el mismo tiempo de lo que sentimos, de lo que pensamos, de lo que queremos y vivimos, ¿por qué hablamos tanto de pensar?

El pensar es un acto de la política existencial de la persona, y esto habla de una totalidad de la acción de pensar-sentir-vivir. El hecho de que yo considere al pensar como acción principal y necesaria se basa y explica en que, en el ser occidental que somos, lo racional es la columna vertebral de nuestra forma de ser estatuida.

Somos humanos que valoramos nuestra conciencia racional como el aspecto más preciado de nuestro ser. A su vez nuestra conciencia ordinaria (la razón metafísico-racionalista-utilitaria) defiende y amuralla la permanencia de las cosas tal como son, funciona como sólido cimiento de formas endurecidas de la realidad que niegan el paso a nuevas configuraciones de la vida y de las cosas.

Tal como se organizó la cultura occidental, tal como somos los occidentales, es necesario enfrentar la dictadura del racionalismo en el centro mismo desde donde él impera: la razón. Para volver a dar vida al habla y habitar la lengua de la creación es imprescindible corroer los muros de la fortaleza racionalista, y esto no se puede hacer sino planteando la cuestión en el campo mismo de la razón, desarmando y desarticulando en su seno el marco que nos encierra en la palabra entificadora y el conocimiento objetivo y utilitario de las cosas y de la vida.

En la medida en que cambiemos nuestra manera de ser portadores del habla, nuestro modo de pensar, se nos abrirá una nueva relación con lo sagrado y con la creación. Todo intento de libertad y transformación que no aborde esta cuestión dejará el poder de la razón en manos del racionalismo utilitario, será débil para reestablecer la relación entre la tierra y el cielo y sólo logrará amainar los males de nuestro distanciamiento de lo sagrado.

Al mismo tiempo conviene recordar aquel decir del pensamiento indígena, para mí todavía oscuro en gran medida: “Los blancos están locos, se creen que se piensa sólo con la cabeza…”. En realidad, para pensar creativamente, cerca de lo sagrado, hacen falta el corazón, las manos, los ojos, los oídos, los pulmones, la barriga y las ganas, el cuerpo entero jugado en el acto mismo de existir: sólo él puede comunicar verdaderamente con lo sagrado, dar qué hablar a la palabra y dar qué pensar a la cabeza.