¿Por qué la solidaridad como camino?

LA SOLIDARIDAD COMO ESTADO Y  COMO CAMINO

Cada vez día más personas anhelamos en nuestras vidas un estado de mayor bienestar, serenidad, gozo y alegría. Sin embargo y a pesar de esos anhelos, situaciones que vivimos a diario nos activan viejos sentimientos, formas de ser y hacer que día tras día nos alinea en luchas de poder, anhelos de éxitos competitivos, la necesidad de “ser importante”, urgencias inútiles, inversión de tiempo y esfuerzos tras objetivos que no se condicen con aquel deseo de bienestar y felicidad.

¿Somos contradictorios? Pues sí, queremos algo distinto de lo que venimos viviendo pero no sabemos como serlo y ni hacerlo. Tendemos a repetir las viejas costumbres y necesitamos ayudarnos mutuamente para avanzar en el rumbo de lo nuevo que queremos.

Quizás lo más complejo de este cambio es que no podemos cambiar solos y cada uno por su lado. Vivimos y somos junto a otros con quienes intercambiamos emociones y acciones que alimentan y construyen la realidad que habitamos en común y nos impulsa a ser a su manera. Por eso cambiar es también cambiarla, y eso requiere prácticas novedosas en cada uno de nosotros y al mismo tiempo acciones que vayan ayudando a cultivar un nuevo espíritu en quienes nos rodean. Este es el fundamento último de la solidaridad: el interés por mejorar la existencia en tanto es el marco en que ocurre y es forjada la vida de todos.

 La solidaridad como estado

 Cada uno de nosotros es parte del mundo cultural en que nacimos y nos formamos como personas. De él recibimos y en él compartimos lo más estructural de nuestras formas de ser, sentir, valorar y hacer. Eso hace que todos y cada uno seamos partes solidarias de ese mundo.  En este sentido “solidario” significa la pertenencia de cada parte a “un sólido-todo” fuertemente amalgamado, a la manera de los ladrillos de un edificio. (los ladrillos como tales existen pero toman sentido y razón de ser en la existencia del edificio).

 Todos somos parte “solidaria” del contexto-mundo en tanto somos forjados en nuestras formas de ser y hacer por el espíritu del  mundo en que existimos. Y también todos podemos ser agentes de su cambio para generar otras cualidades del Mundo, eligiendo y diseñando nuevas prácticas y valores que vayan construyendo otro forma de ser de quienes las vamos poniendo en el mundo y así transformándonos y transformándolo. (Tal como la montaña que se genera sumando granos de arena que harán montaña, cambiaremos nuestro Mundo sumando actitudes y acciones diseñadas desde otro Sentido-Mundo. Se trata de nuevas formas de ser y hacer de cada uno que se van colectivizando, orientadas por una espiritualidad que refleja las nuevas voluntades de las personas y del Mundo mismo.

De la utilidad y dominio hacia la felicidad y solidaridad

 Los nuestros actuales son tiempos de cambios. Valores que dejan de serlo, palabras que cambian sus significados, sentimientos que nos vuelven contradictorios… No se trata solamente de cambios dentro de la misma estructura de sentido, algo que implica más de lo mismo, sino de transformaciones en el espíritu mismo que da forma a la realidad y  a la existencia de todo lo que es, incluido en esto la vida de las personas.

 Está naciendo otra era del devenir evolutivo del Mundo, y nosotros, los actualmente vivos, somos “generaciones puentes” entre lo viejo y lo nuevo en esta mutación histórica. Para cuidar nuestra experiencia en este tránsito será conveniente sintonizarnos con él y esto necesariamente significará también participar activamente en su CREACIÓN.

 En la experiencia humana el Mundo manifiesta su intensión de cambio en los deseos de las personas. Es en el ejercicio que los humanos hacemos de nuestro libre albedrío que la evolución va eligiendo sus caminos. Allí es desde donde la voluntad del Mundo busca pro-activamente la generación de nuevas maneras de ser Mundo y nuevas maneras de ser de la vida humana. Y es en el deseo de los humanos donde se registra la voluntad del Mundo.

 Así es que preguntarnos por el sentido o espíritu que pulsa en nuestros deseos, se nos vuelve una cuestión principal. Comprender y validar ese nuevo espíritu abre la posibilidad de visualizar el rumbo en el que el mundo está poniendo su voluntad de cambio y también la posibilidad de participar activamente en él.

 En mi forma de ver lo actual, el mundo que acaba se organizó desde el sentido de utilidad y dominio. En él todo es desde su ser útil (servir para algo) y la manera de operar sobre lo real es el dominio (establecer el poder sobre algo o alguien para extraerle su utilidad). Esto dio forma a la manera de ser de las personas y de las cosas en los últimos cinco siglos que fueron dedicados al “progreso” entendido como la mayor disponibilidad de bienes materiales.

 Si registramos nuestros deseos más auténticos (que muestran también la voluntad del Mundo) seguramente encontraremos señales de un horizonte distinto que nos atrae, en el que lo valioso toma sentido en la felicidad y el bienestar de las personas y cuyas aspiraciones no refieren  ya al desarrollo infinito de los bienes materiales.

Para satisfacer más acabadamente nuestros anhelos de felicidad y bienestar necesitamos construir un mundo que tome sentido en eso mismo. Para eso será bueno buscar las maneras de ser pro-activos y eficientes en el vivir mejor de cada uno, de nosotros y de los otros.

 Es por esto que en el camino de la solidaridad no se trata de la postergación de lo personal y tampoco simplemente del dar de unos a otros. Lo más significativo será la toma de conciencia de todos de cuan importante es para mejorar nuestra propia vida (la de todos), el  compartir con los otros las posibilidades de bienestar y felicidad que el mundo hoy nos ofrece. Se trata de actuar desde la intención de gestar y alimentar con cada acción, un contexto que albergue ese horizonte de felicidad y bienestar.

 Es a la felicidad como sentido de nuestras vidas y a la solidaridad como espíritu orientador de las acciones, a lo que necesitamos estar atentos para poder inventar y generar actitudes, estrategias, formas organizacionales que las potencien y realicen.

La solidaridad como camino

Comprender lo solidario como estado, es lo que permite comprender que nuevas formas de ser y hacer de las personas y organizaciones son necesarias como semillas y abonos de nuevos estados del Mundo. Cuando esos nuevos estados se afirman en nuestros contextos inmediatos nos ofrecen a todos la posibilidad de acelerar el proceso de generación de nuevas formas de ser y hacer como personas. Para esto necesitamos afirmar la solidaridad como camino.

 Las condiciones de posibilidad históricas (creadas por los siglos de duros esfuerzos invertidos en el desarrollo productivo y progreso económico) están dadas para que cada uno de nosotros pueda agregar “un granito de arena a la montaña”. En ese intento será necesario tomar fuerza cultivando la felicidad en nuestra propia vida (aun programada desde el sentido de utilidad y dominio) y al mismo tiempo ayudar crearlas condiciones para que otros puedan hacer lo mismo en la suya.

 Para eso no es sólo será precisó la ayuda material, sino también será  necesario ayudarnos mutuamente y ayudar a otros, a transitar la transformación espiritual que todos necesitamos para que nuestra experiencia se re-oriente y se vaya re-significando, para que cada día más nos sea posible vivir orientados por nuestros propios deseos de felicidad y solidaridad.

 Se trata de cambiar nuestros valores, intereses y actitudes. La manera de comunicarnos y relacionarnos con los otros, volvernos más atentos a alimentar nuestra felicidad, alegría y goce de vivir, al mismo tiempo que ayudamos en el propio giro existencial a quienes son parte de nuestros contextos inmediatos: nuestra familia, pareja, amigos y a las organizaciones en que trabajamos … Todo es un mismo proceso: para avanzar cada uno en su enriquecimiento existencial necesitamos ayudar a cambiar al contexto en que vivimos y a su vez, el cambio del contexto necesita del cambio de las personas de quienes lo integramos.

 Es por eso que lo solidario es en primer lugar un estado, que a todos nos incluye simplemente por vivir en una cultural y en una época determinada. Pero cuando la vida que anhelamos nos impele a buscar nuevos horizontes de sentido, la solidaridad también señala hacia una operatoria: las acciones en beneficio de todos y el logro de la felicidad compartida. Cada uno de nosotros somos una de las partes a través de las cuales el todo-sólido busca re-configurar su sentido con nuevas prácticas. Así es como del dominio de todo lo que es, intentamos rumbear hacia el cuidado y el amor por todo lo que vive.

 Todos somos “deudores y acreedores solidarios”, tenemos “deudas” (pagaderas en acciones transformadoras) y ”créditos potenciales” (beneficios existenciales a recibir) con la construcción del mundo cuyo horizonte de sentido está puesto en el cuidado de la vida y la felicidad de las personas.

 Cada uno de nosotros será más beneficiado en el grado en que mayor sea el número de beneficiarios. El grado en que logremos compartir la felicidad con nuestros congéneres en el mundo que vaya logrando ese estado, marcará el nivel de vigencia del nuevo espíritu del mundo y con ello el nivel de nuestras posibilidades de existir con mayor amor, serenidad, alegría, goce y prosperidad.

 ¿No es ese el mundo en que nos gustaría vivir? ¿No es nuestra época la primera vez que esto se presenta como posible para la humanidad, logrado de los esfuerzos sacrificados con que se hicieron posibles las actuales condiciones materiales de la vida? Será bueno entonces que reconozcamos esta movida civilizatoria como una oportunidad en la vida de cada uno y de todos, y nos pongamos en camino.

Una dificultad a atender

 Pero cómo operar nosotros, los simples humanos que cada uno somos, en esta estrecha inter-relación con el mundo instaurado, que nos impulsa a ser y a hacer  desde las viejas maneras conocidas. La historia de la que sabemos nos propone creer que nuestras viejas formas de ser y hacer (el deseo de dominio sobre  personas y cosas, la utilidad como sentido de la vida, el egocentrismo, la necesidad de éxitos materiales, lo problemático… todas las formas de ser y vivir que fueron necesarias para la histórica anterior) están inscriptas en una supuesta “naturaleza humana”.

 Así todo parece estar ya jugado en nuestra inferida “esencia”. “Los humanos somos así…” suele decirse, para afirmar la imposibilidad de cambiar.  La CREACION parece haber terminado y sólo parece haber posibilidad de más de lo mismo. Por suerte para todos, la creación es del orden de lo ETERNO, y su manera de operar nos convoca siempre como CO-CREADORES.

 Lo cierto es que esa práctica co-creadora del mundo, se nos vuelve difícil de asir. Reconocida la profunda interrelación entre la existencia del Mundo y la de las personas, no es sencillo encontrar los márgenes posibles para la acción de los humanos que somos. Qué se mueve primero? Cambia el mundo o cambian las personas?. Por donde empezar?. Quien cambia las manifestaciones humanas del mundo si las personas no cambiamos…?

 Creo que cuando una cultura evolutivamente entra en la etapa de su crisis final, los movimientos son de ambas partes, pero de carácter muy distinto.  Desde el todo-mundo las manifestaciones del cambio se muestran en los “ruidos” de la caída, en los síntomas de lo maduro y con signos de putrefacción, en la devaluación de los valores y las creencias vigentes, en el mal funcionamiento de todo lo que es, en la conversión en destructivo de lo que antes era constructivo… (Así el consumo se volvió consumismo desaforado… El progreso económico también destruye comunidades y crea bolsones de hambre… La vida pierde valor y la delincuencia es una forma de vida…)  En esa degradación de la existencia, el sentido organizador de la realidad va perdiendo poder sobre las personas y se va debilitando su hegemonía que antes fue potente para mantener vigorosas las viejas formas del mundo y de la vida.

 Este debilitamiento de poder da lugar para que las partes-personas que cada uno de nosotros es, tengamos mayor margen para ejercer nuestro libre albedrio y ponernos en actitud de re-crearnos en tanto partes del mundo. Así en nuestra propia experiencia de vivir comenzamos a cultivar espacios de la realidad diferentes y novedosos. Esos espacios son los contextos concretos en que cada uno vivimos cotidianamente.

 Todo eso se vuelve posible de ocurrir en los procesos de interrelación constante que cada que de nosotros establecemos con otros en los contextos concretos que compartimos. Allí, en esos contextos en que vivimos (la pareja, la familia, el trabajo, los grupos de amigos, las pequeñas o grandes comunidades organizadas…) es que podemos, con actitudes y prácticas concretas, generar procesos de cambios propios y de otros que vayan construyendo nuevas formas de lo humano. Que vayan generando un proceso de re-espiritualización creciente en esos pequeños espacios de Mundo en que existimos.

 Podemos imaginar los pequeños cambios en esos pequeños contextos como brotes de una nueva y buena semilla que surgen en un campo plagado de malezas y plantas moribundas. Brotes que producen semillas que también germinan y así producen más semillas que se irán entrelazando con otros brotes y serán cada vez más vitales y potentes para ocupar el campo (mundo)y volverlo vital y florido.

 Así será (mejor, creo que ya esta siendo) el proceso aún casi invisible del cambio civilizatorio. Pequeños cambios se irán potenciando con otros, a veces semejantes, otras veces sólo emparentados en lo esencial pero transitando caminos diferentes. Es este entretejido de operatorias diferentes, y ningún “poder central”, lo que será cada vez más potente como usina emisora de la re-significación de sentido de la vida y del mundo.

 Esto debe servirnos para estar atentos a no intentar apropiarnos (vieja maña que portamos…) del “camino válido del cambio”. Los senderos serán múltiples y será necesario aprender a reconocer y valorar a quienes nos acompañan en el rumbo abriendo surcos distintos a los que proponemos nosotros.

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