¿Por qué la felicidad no parece cosa seria?

¿Cuántos de nosotros utilizamos la palabra “felicidad” cuando hablamos de las cosas importantes que pretendemos lograr en la vida, o cuando evaluamos lo que hemos vivido? Creo que somos muy pocos los que lo hacemos. Felicidad es un término en gran medida devaluado: se lo emplea en relación a las “novelas rosas” y en los discursos livianos y pomposos, pero nunca como una cuestión relevante que puede constituir nuestra razón de vivir.

En mi opinión, aquello a lo que refiere la palabra felicidad es un valor fundamental en nuestras vidas. Y hasta creo que es más que un valor en el sentido ético de la palabra: se trata de un eje de sentido en la práctica de vivir.

Sin embargo nos cuesta hablar de la felicidad como un tema serio. Tenemos muy asociado “lo que importa” a los resultados obtenidos en el terreno de la producción (y esto no refiere sólo a lo económico). Habitualmente las personas se encuentran y se preguntan casi automáticamente: “¿cómo andan las cosas?, o “¿cómo anda el laburo y la guita?”, o “¿qué tal los chicos en la escuela?”. Rara vez nos preguntamos “¿cómo te sentís en el diálogo con tus hijos?”, o “¿qué tanto gozás en el trabajo?”, o “¿cuánta intensidad hay en tu vida amorosa?”.

En relación con el trabajo, lo único que parece importar es cuánto dinero se gana, o en qué lugar de la “carrera profesional” se encuentra uno, y nunca con cuánto placer se realiza la tarea o qué tan feliz se es durante su realización.

Decir “me importa ser feliz” es decir al mismo tiempo “quiero vivir mi vida desde ese sentido y además quiero contribuir a generar un mundo de vínculos y relaciones donde lo importante sea afirmar la felicidad de todos”.

No es una movida sencilla: los tiempos del mundo son largos y lentos. Sin embargo creo que desde hace unos años se está dando un proceso de cambio que tiene a la felicidad como horizonte de sentido. Y confío en que pronto la pregunta por la felicidad dejará de ser una cursilería, para ser la más relevante y seria de todas las preguntas.

El hecho de que estemos viviendo en un mundo y en un país donde la pobreza afecta a muchos millones de personas puede hacer pensar que el problema de la felicidad debería dejarse para después, para cuando se haya resuelto el tema económico de la producción y la distribución de las riquezas. Pero creo que, considerando el nivel alcanzado por las fuerzas productivas luego de la revolución tecnológica, la cuestión no pasa por lograr un mayor grado de desarrollo económico (proyecto ante el cual todo lo demás debe quedar postergado), sino por salir de la línea de sentido que marca ese desarrollo.

Es decir: ya no se trata de multiplicar la capacidad productiva, sino de apropiarse de las posibilidades que brinda la tecnología y ponerla al servicio de nuestro bienestar y felicidad.