Pensar la Vida en el sentido productivista

… porque el pensar y el ser son una y la misma cosa.
Parménides

Yo me escudriñé a mi mismo.
Heráclito

El pensamiento filosófico tiene mucho que ofrecer para pensar la cotidianeidad de la existencia.

Así lo comprendieron a partir de los años 70, los más lúcidos entre los autores que habían abrevado en las fuentes del psicoanálisis, quienes insistieron en la necesidad de atravesar las fronteras de las disciplinas psi, con la intención de encontrar herramientas, en la filosofía que les permitan pensar aquello que el psicoanálisis dejó sin pensar: La constitución del sujeto en su dimensión social, política, e histórica porque somos un fragmento de mundo y pensarnos a nosotros mismos es una tarea siempre incompleta si no nos pensamos en el mundo que somos.

En esta dirección se orienta el trabajo que desarrolla desde hace dos décadas, el filósofo existencial Leopoldo Kohon, quién a partir de los aportes de Freud, Marx, Nietzsche, Heidegger, Bataille, Foucault y Castoriadis entre otros se avoca a la tarea de pensar la subjetividad en el horizonte de sentido epocal.

Kohon ha llamado a su trabajo “pensar la vida”, no porque se trate de una labor meramente intelectual, sino porque si algo caracteriza a la tradición occidental ha sido considerar que “la actividad del alma conforme a la razón” es lo que define y especifica lo humano. Sin embargo, no se trata en este caso de un pensamiento que se limite a contemplar lo pensado, esto es nuestra propia existencia, para teorizar acerca de ella, sino de una tarea de transformación que recrea las maneras según las cuales estamos siendo, en consonancia con los sentidos históricos que la realidad adopta. Kohon retoma de esta manera la tradición de Heráclito, el filósofo de Efeso: el ser pensado como devenir y el hombre abierto al movimiento lúdico del mundo y es a esta apertura radical a las transformaciones epocales aquello a lo que llama pensar.

Se trata, por lo tanto, de una tarea que no se resume en un trabajo intelectual sino que incluye también una praxis. Es más, en el pensamiento de Kohon la dicotomía misma teoría – praxis parece haberse disuelto, porque su propuesta no es pensar una previa organización intelectual que puede o no ser puesta en acto. El pensar, si es auténtico pensar, es una transformación creativa de la realidad que comienza por lo más inmediato: nuestra manera de estar en el mundo con los otros y los sentidos que la organizan.

En esta tarea creativa somos fragmentarios a la creación de lo sagrado y con esta idea inscribe su concepción de lo real dentro de la tradición inmanentista, presente en Occidente a través de los místicos alemanes, de Spinoza, de Nietzsche y de Hegel, pero alejada de nuestra común interpretación del mundo y de las cosas por la influencia de otras corrientes filosóficas, más cercanas al platonismo, al cristianismo romano y, también, al judaísmo.

Para una posición inmanentista Dios no es una figura exterior y separada del mundo, sino el mundo mismo en su constante autogenerarse y reproducirse, no pertenece a lo sustancial, es pura potencia creadora, no es un ente que trascienda lo natural sino la naturaleza misma entendida como energía vital, tal como concebían los griegos a la Physis.

Para una posición inmanentista y antisustancialista, como la de Kohon, lo sagrado, no es una entidad sino una función, que cobra encarnadura en nuestras acciones cuando dejamos de repetir mecánicamente lo instituido, para propiciar con nuestro hacer, que también es pensar, el advenimiento de otras maneras de estar en el mundo.

Ahora bien, la especificidad de este planteo en nuestro momento histórico proviene de que hace más de media centuria que venimos asistiendo a una transformación profunda de los sentidos que organizaban la realidad cuando el feliz matrimonio entre ciencia, tecnología e industria prometía un mejoramiento ilimitado de nuestras condiciones de vida. Era la época del productivismo cuando la realidad toda tenía un significado meramente instrumental y cuando “ser humano” era ser “recursos humanos”.

Filosóficamente este proceso, que hizo eclosión en el siglo XIX, y que lucha con fuerza por seguir consolidando sentidos, comenzó con la revolución Galileo – Cartesiana: un sujeto desvinculado de su medio entorno que contempla la naturaleza recientemente desacralizada, devenida primero en objeto de estudio y más tarde en recurso acumulable y disponible para fines utilitarios, un sujeto que no habita el mundo sino que lo enfrenta, que lo interpreta como fuente de energía y lo explota en consecuencia. Desde este imaginario el productivismo organizó los lazos laborales y familiares a partir de la razón entendida como instrumento de dominio.

Pero las promesas de progreso de la racionalidad instrumental finalmente no se cumplieron. Estamos saturados de aparatos superfluos que no logran evitar la inequidad social, el deterioro del hábitat, la violencia y la inseguridad; las viejas formas de hacer política ya no operan sobre la realidad y se instala esta crisis de sentido generalizado de la que mucho se ha hablado y se habla. Pero una crisis de sentido es una crisis existencial de aquellos que la atraviesan. Y por eso necesitamos pensar nuestra vida. Somos fragmentarios al mundo productivista aún cuando desde cierta posición intelectual critiquemos la racionalidad instrumental que lo define. Este es el hallazgo más original del pensamiento de Kohon. Las críticas a la modernidad empezaron después de Hiroshima, con la escuela de Frankfurt, pero la apertura a un horizonte de significado, que deje atrás la producción, como sentido general de la existencia no habrá de producirse sino es en la existencia misma, en la vida cotidiana. Y, por lo tanto, no puede reducirse a la producción de una crítica intelectual incapaz de transformar las maneras según las cuales establecemos nuestros vínculos. De esta forma entendieron los griegos a la filosofía, cuando ética y política eran prácticas de vida, vinculadas a una concepción de lo real y cuando el buen vivir, que proponía Aristóteles, tenía un significado pleno.

Fiel a su concepción inmanentista, Kohon sostiene, además, que lo que orienta las transformaciones epocales es el Deseo del Mundo, potencialidad creadora que cobra singularidad cuando el hacer – pensar que guía nuestras acciones deja de repetir mecánicamente el sentido utilitarista instituido. Pero el Deseo del Mundo no lo piensa a partir de una falta en el origen, como lo entendió Occidente de Platón hasta Lacan. El Deseo es pura energía vital que necesita transgredir, constantemente, los límites de lo dado, para dar lugar a nuevas configuraciones de una realidad a la cual somos fragmentarios; y por lo tanto, para dar lugar a nuevas configuraciones también en nuestra vida.

Esta capacidad de transformación, implica también, en el pensamiento de Kohon, una apuesta a la sensualidad y a la intuición. El cuerpo, lo menos humano de lo humano aparece ahora como el instrumento privilegiado para señalar la apertura al devenir, porque contiene una sabiduría prerracional, preconceptual, y, por lo tanto, prelingüística, adecuada a un mundo que ya no se entiende como un conjunto de leyes científicas, como una repetición de causas y efectos.

Así, la tarea de pensar la vida, es la tarea de imaginar, elegir y afirmar otras maneras de habitar nuestro entorno, en consonancia con las transformaciones, todavía incipientes pero ya inevitables de una época que intenta dejar atrás a la producción como sentido general de la existencia.

Claudia Mora