Los riesgos de la exigencia desmedida

Hace algún tiempo, en Lomas de Zamora, un chico de once años se quitó la vida porque “no había hecho los deberes” y porque sentía que no merecía la familia a la que pertenecía. Fácil sería pensar que la desgracia sólo atañe a la familia en que ocurrió. Pero creo que no podemos dejar de preguntarnos por  lo que este suicidio evidencia de la situación social en que estamos inmersos. El muchacho no soportó ingresar en el mundo que le proponíamos, y prefirió no vivir.

Este caso pone de relieve la exigencia desmedida que la sociedad nos imprime como condición para seguir perteneciendo a ella. Además de alienar nuestras vidas cotidianas, va construyendo una forma de ser persona a la que deberán responder todos los que deseen vivir en este mundo. Los que así no lo hagan serán amenazados con la marginalidad: no podrán pertenecer, no ya a un grupo selecto, sino al sistema mismo.

La marca de nuestro tiempo es la exigencia de máximo rendimiento para la competencia despiadada entre las personas. Todo lo humano ha sido organizado por el funcionamiento del mercado, librado a la lucha salvaje de sus mecanismos. A este cuadro le corresponde un profundo desinterés por la vida de las personas: al “modelo” no le interesa cómo vive la gente, sino cómo funciona la economía.

En este contexto las personas operamos como meros engranajes de la maquinaria productiva, y sólo importamos en tanto tales. Con lo cual el éxito y el máximo rendimiento se convierten en los ejes que organizan cada uno de nuestros actos.

Los chicos reciben esta idea a través de los dichos y exigencias concretas de sus padres y maestros, y también a partir del modelo de persona que vislumbran en la manera de vivir de sus mayores, que con más o menos quejas, corremos detrás del éxito y nos exigimos a más no poder. Vivimos sin cuidar nuestras vidas, y en el carril que “el modelo” nos propone.

En su carta de despedida el chico de Lomas de Zamora decía: “Papis: lo hice por no haber hecho los deberes y por tener una familia que no merezco”. Esto  trasluce una idea y una práctica muy concretas en relación al rendimiento: en el modelo de persona que este niño había mamado, hasta el ser mismo dependía de su rendimiento. El suicidio no hizo más que poner en acto, de manera radical, este mandato.

La exigencia desmedida a los chicos, y de los chicos a sí mismos, no es sino el camino de alistamiento requerido por “el modelo”; es la imposición de una manera de vivir que  aceptamos como inevitable. Esto nos seguirá sofocando si no nos ocupamos de pensar y cuidar nuestra vida y la de ellos; si no reivindicamos otras cosas que no sean la capacidad de producir-competir y de consumir; cosas como el goce, el amor, el juego… Es preciso que asignemos tiempo y energía para vivir estas otras cosas: que nos permitamos estar con amigos jugando o charlando de temas aparentemente sin importancia, o que estemos en casa, sencillamente, sin hacer nada.