Los caminos del erotismo

Comunicación y Contácto Erótico

Muchas veces nos preguntamos qué es el erotismo, intentemos una aproximación: es el encuentro en la mayor profundidad e intimidad del ser propio con otro ser. Lo erótico es lo que me permite expandirme más allá de mi mismo, estar y ser en estado de continuidad con otro.

Cabe ahora preguntarnos cuáles son las vías de acceso a esas sensaciones, cuáles son algunas de las conductas y prácticas que nos permiten habitar la experiencia erótica en el mayor grado de intensidad posible.

En la práctica del erotismo hay dos acciones principales: una es el diálogo, la palabra como contacto, el otro es el contacto de los cuerpos. Palabra y cuerpo son las vías principales del encuentro, son puentes entre quienes se implican en el juego erótico. Las palabras construyen los acuerdos, muestran y proponen sentido; son la vía explícita en la afirmación del erotismo de los corazones. Los cuerpos se dicen sin palabra, ejercen el encuentro en su contacto, se ofrecen mutuamente el goce indecible y en su sensualidad se teje y afirma el erotismo de los cuerpos. Lo que habitualmente vivimos como erotismo-amoroso, es un entretejido de estos dos caminos, es el caudal erótico en el que ambos confluyen y se potencian mutuamente.

Pero esto no es algo que la especie humana haya vivido en todos los tiempos de la misma manera. Lo que ocurrió estuvo siempre enraizado en las condiciones culturales de cada época y determinado por ellas. Para tratar de enriquecer nuestras posibilidades eróticas, será bueno intentar comprender desde cuáles condicionamientos culturales vivimos nosotros, occidentales de los finales del siglo XX, ambos carriles de la experiencia erótica. Cuál es nuestra manera habitual de dialogar o conversar y cuál es nuestra manera de ser cuerpo cuando hacemos el amor con otro. Cuál es el imaginario (lo que creemos que las cosas y la vida son) que organiza nuestras conductas y nuestras sensaciones.

Tratar de entender algo de estos interrogantes echará luz en los caminos posibles de enriquecimiento de nuestra experiencia erótica. Nos mostrará el origen de nuestras formas y limitaciones en ella; nos sugerirá ciertos rumbos para buscar la manera de traspasar esos límites, para recrear esas formas.

En esta nota trataré de centrar la reflexión en la experiencia del erotismo de los cuerpos, a condición de saber que el juego erótico de los corazones está presente en sus posibilidades y que es requerido por ellas.

Nuestra experiencia de ser cuerpo

Es muy difícil, y suele quedar en lo declarativo, dar palabra a la posibilidad de otra sensualidad, otra manera de ser, sentir y conectarnos corporalmente. Aunque digamos que es bueno ser más sensible, conectarse más, comunicarse mejor y otras sugerencias de ese orden, poco lograremos decir realmente si no intentamos reflexionar sobre cuál es nuestra manera de ser y qué es lo que en ella limita nuestra experiencia erótica. Será más operativo partir desde la explicitación de lo que cultural e históricamente organiza nuestra forma de ser cuerpo sexuado, ese fundamento que todos compartimos en tanto compartimos la experiencia de ser miembros de una misma cultura. Comencemos pues por intentar hacer explícitas las formas básicas de sentir nuestro ser cuerpo que la cultura pre-dispuso en nosotros.

Esto, claro está, con la condición de que al hablar de nuestra cultura no lo vivamos como una descripción de algo que nos incumbe de manera distante, sino como algo que nos constituye inmediata e íntimamente. Aquello cuya comprensión me permite comprenderme y, en algún grado, ilumine los caminos posibles para vivir más intensamente mi propia experiencia.

Partamos del horizonte de sentido de nuestra experiencia de ser, es decir, de lo que hace que vivamos, sintamos y actuemos de determinada manera. Nacimos en los finales de una cultura (de una etapa del mundo) en la cual el sentido de la existencia fue dado por la utilidad que las cosas (objetos) entregan a las personas (sujetos), al ser dominadas por ellas. Pero este carácter de objeto y sujeto no diferenció y enfrentó simplemente a la naturaleza con los humanos, sino que también constituyó en los seres humanos una actitud vincular con todo “lo otro” (sean cosas, animales o personas) que se centró en el tratamiento de todo lo que existe como objeto, es decir: “algo útil” y “con voluntad de ser dominado y usado” por el sujeto.

Esto es tan propio a nuestra manera de ser, de pensar y de ver la realidad, que todo se nos evidencia siendo desde ese sentido. Justamente por eso no vemos que se trata sólo de uno de los sentidos posibles desde donde las cosas y la vida son y, en consecuencia, sólo de un aspecto de ellas.

El cuerpo del dominio utilitario:

Ahora bien, ¿cómo es nuestra experiencia corporal en esta forma de ser organizada por el sentido de utilidad y dominio?. ¿Cómo somos cuerpo?. ¿Qué es esto de hablar de “mi cuerpo”, como si fuera algo que yo poseo?. ¿De quién es el cuerpo?. ¿Quién soy yo diferenciado de “mi cuerpo”?. ¿Qué idea tenemos del ser cuerpo? y consecuentemente, ¿cuál es la realidad de nuestro cuerpo?

Recuerdo en este momento un viejo cuento que hacía mi tío Elías: ocurrió en un pueblo de la provincia de Entre Ríos. Una señora anciana consultaba a su médico y a tono de dar cuenta de las razones de la consulta le informaba: “Mire doctor, me duele la rodilla, tengo dolores de estómago a menudo, también con frecuencia me duele la cabeza… y, mire doctor: hasta yo misma me siento mal…” Es una historia en donde la dualidad del cuerpo y la conciencia aparecen con claridad y también queda claro a qué la señora llamaba “yo misma”. Se trataba de su conciencia y de su ánimo. Su cuerpo era una máquina portadora de ella, de su conciencia o de “ella misma”.

Desde la cultura que nos hizo personas, hegemonizada por el racionalismo utilitario, somos cuerpo en tanto instrumento material portador de un “yo” esencialmente identificable como “razón” o “conciencia”. “Yo” de la razón, que es a su vez quien posee “la razón de ser” de todo lo que es y cuyo eje de sentido está dictado desde la utilidad y el dominio. Con la expresión “yo” referimos a “nuestra conciencia”, a nuestra experiencia racional-utilitaria de ser. Nos registramos siendo en tanto conciencia racional y vivimos nuestro cuerpo como portador y a la vez instrumento de esa conciencia que somos.

¿Como sentimos nuestro ser cuerpo sexuado?. Desde esa forma básica y en ese modelo de ser persona, se armó nuestra propia sensualidad, también la sexual. Todos nos constituimos en devenir de nuestra experiencia de ser sujeto en relación con objetos. En esa experiencia mi propio cuerpo es un cuerpo instrumental al servicio de una conciencia racional-sensible (yo mismo) que lo usa como continente y portador.

¿Como sentimos el cuerpo del otro?. Lo sensualizamos como objeto deseable, es el objeto que nos exita. Al vincularnos en ese plano de la relación sujeto-objeto, sentimos su cuerpo como “algo” (un objeto) tocado, evaluado, poseído por “alguien” ( un sujeto).

Sexualidad objetal y la sexualidad erótica

Nuestras prácticas sexuales ocurren principalmente en el orden de una relación objetal. ¿Qué quiere decir esto de “relación objetal”? Que nuestras conductas, que nuestras sensaciones, que nuestras pasiones, que nuestras maneras de vincularnos, tienen la forma del vínculo sujeto-objeto, donde hay un sujeto que actúa y un objeto que recibe la acción. Y esto no dice que en cada vínculo uno es objeto y el otro sujeto, simplemente implica que el vínculo ocurre principalmente en ese plano relacional y que ambas personas son a la vez sujeto y objeto.

En los dichos y en las representaciones internas nuestras acciones son registradas y enunciadas así, como actos de uno en el cuerpo del otro. “Le toqué los pechos…” “Agarré su miembro…” “Esa misma noche me la cogí”.

Y que no se diga que es meramente una forma de decir, que en realidad estábamos en una situación que es difícil de describir por lo sublime de su voltaje erótico, que no tenemos palabras fáciles para decirlo de otra manera. Ocurre que cuando decimos las cosas de determinada manera y con determinadas palabras es porque las vivimos muy cargadas de lo que esas palabras y esas maneras de decir dicen. Decimos lo que vivimos y registramos sensualmente.

En nuestra práctica sexual habitual intensificamos mutuamente nuestro deseo (nos calentamos) y obtenemos placer (nos satisfacemos) del hacer cosas al otro o que el otro nos las haga a nosotros. Tocamos al otro, cogemos al otro, se la metemos o se la chupamos. O dejamos que nos hagan todo eso. No generamos el encuentro, sino que le hacemos cosas que lo calientan ( o me calientan) y lo satisfacen (o me satisfacen). Esto no significa que no nos encontremos eróticamente con el otro, sólo que generalmente esto es una consecuencia débil de una acción orientada por otra perspectiva, la de poseer al otro y darse placer mutuamente. No es consecuencia de una acción organizada por el sentido erótico en cuyo despliegue desaparece el vínculo sujeto-objeto para producirse un encuentro en el cual cada uno es en el grado en que se une y se continúa en el otro.

En el registro inmediato de las sensaciones diría que en el vínculo erótico nadie toca, nadie hace nada a nadie. En la sexualidad objetal hay quien toca y quien es tocado. Los hechos son los mismos: la mano se desliza por los genitales; los pechos rozan el cuerpo; los labios se unen. O más o menos los mismos…, porque una cosa es una mano que toca un pene y otra cosa es una mano y un pene que se encuentra en un contacto tan sentido por la mano como por el pene.

Cuando acariciamos tenemos el registro de realizar una acción destinada a dar placer al otro o producirnos placer al tocar el objeto deseado. Quizás en la acción sexual de las manos (órgano del hacer por excelencia) esta sensación esté particularmente clara. En la actividad sexual de las zonas más erógenas resulta más difícil registrar esta característica operacional-instrumental de nuestra sexualidad y es también donde más fácilmente la forma objetal del vinculo da paso a la forma erótica. Hablo del beso y del coito. En ambos actos parecería que llega un momento en donde (por suerte para nuestra experiencia erótica), ya nadie hace nada a nadie, ya sólo ocurren cosas en una dimensión de la realidad que nos incluye a ambos.

Quizás éste sea el momento en donde se fortalece la presencia de lo erótico, en el estricto sentido de encuentro y continuidad con el otro. ¿Quién da? ¿Quién recibe?. Nadie da y nadie recibe. No se puede diferenciar el dar del recibir, dar y recibir están fundidos en cada instante y en cada uno de los movimientos. Ya no es claro si la mano acaricia el pene o el pene roza la mano. Lo que ocurre es del orden del encuentro, la unidad, la continuidad de uno en otro. Ya no ocurre nada del orden de la acción de uno sobre otro, para otro, por otro. Ya nada de lo que ocurre es del orden del hacer. Todo ocurre entre nosotros, “en nosotros” y casi fuera de la conciencia de lo que ocurre.

La sensación más nítida que tenemos de esta dimensión del encuentro es el orgasmo. No es casual que los franceses lo hayan llamado “la pequeña muerte”. Es efectivamente la desaparición por un tiempo de la conciencia racionalista-utilitaria del sujeto. Es la instalación de la hegemonía de las fuerzas del erotismo y de una conciencia que está fuera de nuestro saber conciente. “En el orgasmo dejamos de ser…”, dejamos de ser sujeto en relación con objetos. “En el orgasmo perdemos la conciencia…”, perdemos esa conciencia de la que sabemos. Somos personas, también concientes, pero no a la manera del sujeto sino en otra dimensión que, por falta de habitualidad y experiencia, vivimos como el no ser, o como la inconciencia, o como “la pequeña muerte”.

Posiblemente esto muestre el camino para fortalecer la presencia del erotismo como dador de forma y sentido a nuestra sexualidad. Se trata de perderse de lo que habitualmente reconocemos como conciencia. Se trata de evitar el hacer orientado a generar o producir determinado resultado. Se trata de intentar simplemente estar en ese espacio que se da en el encuentro, de dejarnos ser en el contacto y la conexión con el otro. De poder dejarnos ser en ese espacio que registramos sensualmente y que se genera desde la presencia de la fuerza erótica que cada uno despierta en el otro (calentura), fuerzas cuya existencia preexisten al encuentro y son la razón de haber querido comprometernos sexualmente el uno con el otro.

¿Es posible ser más erótico?

¿Es posible generar y acrecentar la actitud y “el punto de encaje” erótico o esto es sólo resultado espontáneo (simplemente ocurre) de la intensificación del deseo sexual?. Hay encuentros más eróticos y otros más limitados a lo que llamamos sexualidad objetal. Hay encuentros de diferente intensidad erótica entre las mismas personas y de esto todos tenemos registro, todos tenemos algunas experiencias que nos hacen posible diferenciar los niveles y la profundidad de la intensidad de lo que nos pasa. Es decir, hay encuentros donde la pulsión sexual toma más la forma de lo que ocurre en un vínculo sujeto-objeto, y encuentros donde las fuerzas de lo erótico se hacen más presentes y logran dar su propia forma al vínculo.

La cuestión está en que eso simplemente “nos pasa”, como si sólo fuese algo relacionado con la varita mágica. Nos parece que en nada podemos inclinar la situación hacia la posibilidad de que nos ocurraaquello que más nos satisface y que más profundamente gozamos. ¿Es que las posibilidades de intensidad erótica de cada uno son fijas y biológicamente estables o hay un espacio de libertad y crecimiento posible de esa experiencia?. ¿Es factible aprender maneras de ser, estar y actuar, más eróticas en los encuentros sexuales? ¿De que se trata este aprendizaje?.

En lo dicho hasta acá parecería que tenemos más posibilidad de darnos cuenta de lo que hacemos cuando operamos como sujetos en relación con el otro en su carácter de “objeto sexual”, antes que de lo que “no hacemos” y que podría fortalecer el erotismo de nuestros encuentros. ¿Cuál es la actitud y cuáleslas conductas de las que no sabemos?. ¿Cuáles son las maneras de ampliar y afirmar esas sensaciones a las que llegamos sólo cuando decae nuestra posibilidad racional de “saber” y actuar, cuando se nos produce la supuesta “inconciencia” de la experiencia orgásmica?. ¿Qué orienta el erotismo como práctica?. Se trata de gozar y no de producir. !Demonios, qué difícil!. Sólo nos enseñaron lo contrario.

Del goce como sentido y de las prácticas del goce, del arte erótico, no nos han enseñado siquiera su existencia o su posibilidad. Debemos ser concientes entonces de que nos estamos preguntando por la practica generadora de una riqueza existencial que para nosotros es casi desconocida; para algunos muydesconocida, para otros algo menos. Y esto significa que estamos ante un desafió creador. No son recetas las que podemos pasarnos, sólo podemos ayudarnos a encontrar la propia actitud de búsqueda y dar señales que orienten esa búsqueda en la experiencia de cada uno. Sabedores además que lo erótico también se presenta de manera múltiple. Será diferente en cada uno y en cada vínculo, será diferente inclusive en momentos diferentes entre las mismas personas. Será bueno entonces también aprender a registrar o preguntarnos “para qué estamos hoy…”, cuál es el punto erótico de este encuentro en particular.

Dos obsturaciones de la búsqueda erótica

Como siempre reflexionar cuestionará puntos fijos y nos mostrará posibilidades diferentes. Ayudará a buscar y crear en la experiencia. Pero esto mismo, reflexionar y crear, requiere un primer cambio, el de darle la importancia que tiene en nuestro deseo y asignarle el tiempo correspondiente. Para cerrar propongo dos reflexiones al respecto.

“Rapidito con el sexo”:

Occidente tuvo poco tiempo para el goce. Es más, prohibió el goce en aras de la inversión productiva del tiempo y la energía. Esto corrió la atención a lo que importaba (la producción) y el goce (lo sexual-erótico entre otros) quedó casi sin espacio en el tiempo en que la vida ocurre. Tan sin espacio que se intentó prohibirlo como manera eficaz de postergarlo y, de ser posible, de evitarlo.

Las prohibiciones internas (introyectadas por cada uno) y las externas, hicieron que cuando, por interés procreativo o por intensidad de la pulsión sexual (calentura), es inevitable tener sexo, se apure el trámite. Todo debe ocurrir rapidito y con la menor cantidad de evidencias. Esto deja poco lugar para la invención y la creatividad, pero lo que es peor, instaló costumbres funestas en relación al tiempo en que se despliega el vinculo sexual. Posiblemente una de las limitaciones mayores de nuestras posibilidades de buscar el goce sea la velocidad con que ocurren los hechos de la sexualidad; el poco tiempo que le asignamos. Y esto no por no tener tiempo, sino por la convicción de que la cuestión es así: rapidita y funcional. Como si dijéramos: “coger es coger, ¿por que andar con tantas vueltas…?”.

“El amor debe ser espontáneo y natural”:

Esta cuestión de que el goce y la sexualidad fueron tenidas por muy poco importante en la vida de las personas y hasta por un mal asunto, encontró una manera solapada de vigencia: todo debe ser “espontáneo y natural”. Las cosas deben darse por sí solas, sin decoraciones, aditamentos, ambientación, sin atender las condiciones en que han de ocurrir. El sexo y el amor son sospechados de faltos, débiles o ausentes, en aquellas situaciones en que se pone interés y se atienden las condiciones en que se ponen en juego.

¿Por qué a nadie se le ocurre que una familia o un grupo de amigos, cuando para encontrarse preparan la casa, se ocupan de que haya rica comida y buena bebida, ponen música, reciben con una copa, etc…. por qué a nadie se le ocurre, digo, que lo hacen para poder estar juntos y compartir, y que sin estas condiciones en realidad no tienen motivaciones afectivas suficientes?. En estas situaciones nadie reclama lo natural y espontáneo. Siempre es bien visto la buena preparación y ambientación del encuentro. ¿Por qué entonces ocurre que cuando una pareja hace algo parecido al irse a la cama, esto tiene el peso de “lo no espontáneo”, de “la falta de naturalidad”? Es como si allí las fuerzas de la sexualidad y el erotismodeben arreglárselas por sí mismas, “a capella”, y si no, están sospechadas de ser alimentadas “artificialmente”.

Si nos liberamos de estos prejuicios quizás sea posible volvernos más creativos en relación a las condiciones en que se juegan nuestros encuentros eróticos-sexuales. Entonces es posible que descubramos que será bueno una botella de vino blanco frío, buena música, luz acorde con la sensación buscada. Son buenas las lecturas eróticas y es bueno compartir las fantasías de cada uno. Y no es que “si no las cosas no salen”, es simplemente que así todo ocurre en condiciones más favorables de intensidad yprofundidad.

Digamos genéricamente que es bueno aprender a atender y alimentar las condiciones en que se despliegan las fuerzas del erotismo, de la misma manera que aprendimos a atender y alimentar las condiciones en que ponemos en acto nuestras fuerzas productivas. Es bueno al menos, para aquellos a quienes nos importa la riqueza erótica de nuestra vida.