Lo que el Viagra nos enseñó

En EEUU la aparición del Viagra produjo compras por U$S 400 millones en el primer mes. En la Argentina la noticia fue recibida con bombos y platillos por lo medios, a sabiendas de la expectativa que despertaría en la población. ¿Pero qué es lo que mostraba este interés de la gente? ¿Qué es lo realmente les importaba cuando reaccionaban con tanto alarde: la erección peneana, o el goce sexual?

Creo que en la base de la cuestión está el interés por la propia experiencia erótica. Esto quizás no sea una novedad, pero lo que sí es nuevo es el gran número de gente que está dispuesta a prestar atención a la cuestión. Se trata de algo que comienza a importar lo suficiente como para convertirse en un valor organizador de acciones concretas.

Evidentemente cualquier comunidad reconoce las posibilidades de incrementar el grado de satisfacción de aquello que desea, dentro de los marcos que organizan su visión de la realidad. Por eso no es de extrañar que los occidentales nos entusiasmemos con la aparición de un elemento tecnológico que promete aumentar nuestra capacidad de goce. En todo caso esta es una expresión más de nuestras limitaciones a la hora de concebir la mejora de nuestra calidad de vida: sólo reconocemos aquello que la tecnología nos posibilita y nos propone consumir. Así es como repetimos al infinito la búsqueda de “más de lo mismo”, y esto hace tiempo que dejó de representar mayores posibilidades de disfrute.

Desde esa perspectiva tecnológica, pensamos al incremento del placer erótico-sexual como acrecentamiento de la capacidad genital, y nos cuesta abrir la búsqueda desde otras perspectivas, más referidas a las maneras como concebimos nuestro erotismo y como lo ejercemos en nuestra práctica sexual.

La pastilla del Viagra trae una posibilidad real: a algunos de los que se les ha degradado el funcionamiento sexual les permitirá recuperar sus capacidades. Pero con ello nada nuevo aparecerá en el horizonte, nada que se haga cargo de lo que el interés masivo muestra en profundidad: la coincidencia de mucha gente en asignar cada vez mayor importancia a la calidad de su experiencia erótica-sexual. Quiero decir: comienza a ser de interés de todos lo que refiere a las posibilidades del amor y el goce. He aquí la gran novedad que evidencia esta movilización por el Viagra.

Las dificultades para satisfacer esta motivación son más amplias y diferentes de lo que la mirada tecnológica alcanza a ver. Que la tecnología nos proponga sus caminos no está mal: gracias a ello estamos planteándonos estas cuestiones. Pero sabemos que el goce de la vida jamás fue un objetivo de la tecno-ciencia: a ella sólo le preocupó el desarrollo de la capacidad humana para operar sobre las cosas y disponer de ellas. La “pastilla mágica” está dentro de ese juego: sólo logra un mejor funcionamiento para la producción y el consumo del sexo, sin atender ni a la calidad ni la riqueza de la experiencia.

El interés masivo por el Viagra será breve: pronto se convertirá en una herramienta más dentro de la farmacopea médica. Pero su aparición evidenció un gran interés por mejorar la calidad de nuestras experiencias amorosas. Del grado en que nos animemos a prestar atención a esta cuestión dependerán las posibilidades de crecer en este aspecto de nuestras vidas.