La responsabilidad bien entendida

Cuando las personas hablamos de responsabilidad habitualmente nos referimos al cumplimiento de las obligaciones para con los otros o con una situación determinada de la que tenemos que hacernos cargo. Mi propuesta no pasa por renegar de este tipo de responsabilidades, sino por incluir en la lista aquellas que refieren a nuestra propia vida y nuestros deseos más íntimos.

Lo que sucede es que sólo nos enseñaron a ser responsables con los deberes, y no nos dijeron nada sobre la responsabilidad para con nuestras ganas. Es más: nos enseñaron a postergar nuestras ganas en aras de nuestras “responsabilidades”. Esto organizó en nosotros una forma de ser personas que corresponde a una cultura en la que la vida es instrumental a la producción, no importa en tanto tal sino como medio para un resultado que apunta más allá de ella, y es a ese resultado a lo que se le asigna verdadero valor. Es decir: se valora lo que una persona produce en la vida, y no la manera en que la vive.

Así las cosas, nos resulta difícil atender y hacernos cargo de lo que queremos que nos suceda en la vida. Nos parece que la expresión “ser responsables con nuestras ganas” carece de sentido. Esta es la trampa en la que estamos metidos: no sabemos ni podemos pensar en ser responsables con lo que tenemos ganas de vivir. Y al no poder hacerlo dejamos las condiciones de su realización a merced de las circunstancias, y por lo tanto con muy pocas posibilidades de hacerse realidad.

Sólo tenemos ganas “infantiles”: ganas de que algo sea, pero sin hacernos cargo de generar las condiciones necesarias para que eso suceda realmente. Y entonces nos posicionamos frente a nuestras ganas de otra manera: nos quejamos de cómo es el mundo, los otros y el país…; nos quejamos por nuestro malestar o insatisfacción…; sólo nos quejamos.

De lo que se trata, en cambio, es de volvernos adultos: hacedores y responsables con nuestras ganas.

Hace un tiempo trabajamos este tema con una mujer joven a partir de una situación de la que ella se quejaba. Se trataba de algo que le había ocurrido durante una reunión que organizó en su casa. Era el festejo de algo que le importaba mucho, y tenía muchas expectativas de pasarla bien. Pero cuando ocurrió el encuentro se encontró tan enfrascada en la función de anfitriona, en cumplir los deberes de dueña de casa y atender a la gente, que no pudo divertirse. La fiesta se transformó en un conjunto de deberes de los que no podía dejar de “hacerse cargo”.

En realidad podrían haber pasado las dos cosas: que sus amigos la pasaran bien, y ella también. Para esto era necesario que organizara su energía y actitud como para disfrutar del acontecimiento.

Es importante subrayar que no se trata sólo de una actitud interior, sino de acciones concretas que hagan posible lo que deseamos y tenemos ganas que nos ocurra. La responsabilidad con las ganas no es sólo cuestión de registrar el deseo propio y estar atento a él; también se trata de atender y generar las condiciones de posibilidad para hacerlo realidad.