La libertad en la pareja

Cuando se intenta reflexionar sobre las características de posesión y complementariedad en el juego amoroso la atención suele centrarse, explícitamente o no, en la libertad sexual. O más exactamente en la sensación de celos, desamparo y temor que a cada uno le produce la posibilidad de que el otro tenga relaciones con terceros.

Actualizada esta sensación se paraliza toda posibilidad de pensar y cambiar cualquier aspecto del vínculo anclado en la forma matrimonial-simbiótica. Los celos y el miedo a la pérdida operan como un gas paralizante que imposibilita cualquier movimiento reflexivo que intente abrir la relación hacia formas más intensas. Extrañamente, o quizás no tanto, es esta parálisis la que realmente pone en peligro a la pareja.

El peligro fundamental no nace de lo que se haga o se diga, de la posibilidad de que hablemos de lo que realmente nos pasa, sino de eso que pasa. Y lo que nos pasa refiere a la aparición en nosotros de un sentido que no sintoniza con la forma matrimonial en lo que ella tiene de complementaria y posesiva: comenzamos a debatirnos entre la sintonía con lo matrimonial –con el control mutuo sobre la vida de cada uno–, y la sintonía con sentidos diferentes que apuntan hacia la singularidad de la experiencia, la intensidad, la inmanencia y el goce.

En esta lucha de sentidos, en cómo se vaya resolviendo en cada cual y en cómo logre aliarse con la resolución que va teniendo en el otro, es donde pueden conjurarse los peligros de una pareja organizada matrimonialmente: peligro de separarse o de instalarse en la ternura y el desamor, peligros que refieren tanto a la pareja como a la singularidad existencial de sus integrantes.

La aparición de fantasías de terceros sexuales es una de las cuestiones que aparecen al pensar la forma complementaria y posesiva de la pareja matrimonial; es un punto respecto del cual el ir abriendo posibilitará niveles de explicitación y quizás distintos acuerdos, pero es sólo una de las zonas de la pareja. Es por cierto una zona nada fácil de transitar, pero cuestionar lo posesivo de la pareja, abrirlo y replantearlo, no equivale a postular la posibilidad de relaciones sexuales con terceros. Reducir el cuestionamiento de la posesión y la complementariedad en la pareja a esta cuestión, es no ver el fundamento de aquello que se está queriendo pensar.

Abrir una pareja no significa abrirla para “afuera”, sino fundamentalmente abrirla en su propio “adentro”, a partir del reconocimiento de la singularidad del otro. En el juego de posesión-complementariedad la pareja (y no el otro) se apropia de mi singularidad, se hace destinataria del sentido de mis actos y los enjuicia; se apropia de mi posibilidad singular y de la del otro.

La alianza de los miembros de la pareja es una condición fundamental para que se vayan afirmando otras formas en el vínculo. Si el otro es quien más me importa, construir esta alianza se vuelve prioritario, y también respetar sus tiempos.