La identidad se construye

Cambiar de manera de vivir implica volver a preguntarnos y modificar nuestras creencias e incluso nuestra forma de ser. Este camino de transformación personal está dificultado, de manera particular, por algunas ideas que funcionan como pilares de la repetición y la conservación de estructuras. La idea que tenemos de nuestra propia identidad es una de ellas.

El término “identidad” es un vocablo duro y poderoso. Remite a aquello que permanece igual a sí mismo. Esto sugiere que la identidad es algo que se desarrolla en la medida en que la persona crece, pero su esencia viene dada ya desde su nacimiento, y es inmodificable. Frecuentemente decimos, por ejemplo, que un individuo tiene problemas para “asumir” su identidad, cuando es sabido que sólo se asume algo que fue dado de una vez y para siempre.

Así las cosas, la palabra “identidad” propone una idea de nosotros mismos que no nos ayuda a sintonizarnos con lo nuevo que surge en situaciones de cambio, y tampoco a afirmar nuestros deseos de ser y vivir de maneras diferentes a las que nos fueron marcadas en los inicios de nuestra existencia.

A mi entender hay otra posibilidad de pensar la identidad: se trata de concebirla como algo que se genera y regenera en el despliegue de la práctica de existir, y se redefine en cada presente que vivimos. De tal suerte, podemos pensar nuestra identidad como la manera en que somos, o estamos siendo, en cada época de nuestra vida. Entendida de esta manera, la identidad no se “asume”, sino que se “construye”: el yo de cada cual no es algo que permanece inmutable, sino la pura actividad del propio ser de recrearse constantemente. En realidad podríamos afirmar que “no somos” , sino que “estamos siendo”

Obviamente el hecho de que vayamos cambiando no quiere decir que no tengamos una forma, y que las formas sucesivas que adoptamos no estén entrelazadas de un modo continuo. No es común que un ser humano se transforme en alguien radicalmente distinto de la noche a la mañana. La actitud de pensar a nuestra propia identidad “en abierto”, como algo que está forjándose todo el tiempo, nos obliga a asumir (¡esta vez sí!) la tarea de reconstruirla día a día, en función de nuestras ganas. Pero junto con esta responsabilidad nos trae una suave brisa de libertad.