La felicidad como meta

Asumir la felicidad y el goce como aquello que da sentido a nuestras vidas  no es tarea sencilla. Menos aún escribir sobre ello como algo serio y trascendente. Para el mundo que nos organizó como personas, el hecho de ser feliz y disfrutar de la vida es un tema marginal e insignificante respecto a lo que verdaderamente importa: llegar a “ser alguien” en la vida.

Creo que esta misma dificultad, por sí sola, invitaría a prestar atención al tema. Pero además, aún cuando pudiésemos desembarazarnos de los condicionamientos culturales que nos dieron forma, lo cierto es que la felicidad no es una trivialidad fácilmente realizable. Ser feliz no es una tarea menor: requiere un trabajo permanente y no se consigue sin una buena red de espíritus aliados. Una vez que uno se toma en serio la tarea, descubre que la felicidad también impone condiciones: es un organizador de la realidad, pide compromisos y esfuerzos, genera una toda una ética y una política existencial.

Contrariamente a lo que se piensa, la felicidad no es un valor superficial: no es algo light . Es un valor fundamental, creador de otros valores, de condiciones y operatorias concretas que la hagan  posible y luego la afirmen. Tal vez el requisito más elemental para empezar a construirla sea tomar conciencia de la inevitabilidad de la muerte, esto es, modificar la relación que tenemos con nuestra propia muerte y con el tiempo de que disponemos hasta su  arribo.

Pero claro: en general las personas transitamos el presente pensando en crear las condiciones para lograr objetivos o satisfacer deseos cuya concreción postergamos para el futuro. De esta manera el tiempo de que disponemos se nos escapa en la eterna preparación del mañana.

Así es que trabajamos sin gozar de la tarea y sin advertir cuánto más bello sería dirigir nuestra actividad hacia el logro de la felicidad de los demás, con los productos o servicios que podamos ofrecerles. También criamos a nuestros hijos sin pensar que lo más importante que nos puede pasar, a nosotros como padres y a ellos como niños, es gozar del vínculo al máximo, momento a momento.

Obviamente la afirmación de la felicidad como sentido de la vida demanda tiempo y energías. Requiere prácticas concretas en favor de una política existencial que responda a nuestras ganas, y también puede reclamar que tomemos ciertos riesgos. Lamentablemente no puedo asegurar que sea un camino plagado de rosas. Pero no veo una inversión más razonable para nuestras energías, ni tampoco otro sendero que, aún con sus dificultades, prometa tantas y tan rozagantes flores.