La crisis terminal de una cultura

A comienzos del tercer milenio el mundo está inmerso en una profunda crisis. No se trata de dificultades en algunos aspectos del sistema social imperante. Nos encontramos frente a la crisis terminal del sistema en su conjunto.

Lo que está muriendo es una manera de ser y vivir centrada en la perspectiva de la utilidad y el progreso económico, tanto social como individual.

Desde hace varios siglos la vida humana se organiza según el criterio del dominio sobre las cosas y las personas. Éstos son los valores que definen lo que es “serio e importante” a la hora de evaluar la actividad de una persona, o los logros de una nación.

Los avances técnicos profundizaron este camino. Cada vez más actividades humanas quedaron incluidas dentro de la esfera del mercado –allí toma forma y valor lo que es útil, y el concepto mismo de utilidad–. Las personas adherimos a formas de vida enraizadas en el sentido utilitario, que impuso modas, deseos y criterios existenciales.

El proceso al que llamamos “progreso” fue vivido como una vía de crecimiento en lo individual y colectivo. Y de hecho lo fue en muchos aspectos. Pero también generó sus contrapartidas negativas. Al definir al rendimiento económico como lo único verdaderamente importante, limitó el espacio para orientar la vida en función de la felicidad personal y el bienestar social.

En nuestros días la robótica reemplazó con ventaja económica a la acción humana. Ante la falta de trabajo, las personas perdemos nuestra condición de sujetos de consumo. Y en consecuencia se nos margina. De esta forma, cuando no puede contenernos como productores o consumidores útiles para sus fines, el sistema productivista, “progresista” y “civilizado”, nos niega el carácter de seres humanos.

En el mundo actual nada ni nadie tiene existencia fuera de las valoraciones económicas y del mercado. Éste se constituyó en el juez supremo que decide lo que tiene sentido y lo que no. El Estado se convirtió en un simple brazo ejecutor de políticas orientadas por esta lógica.

¿Significa esto que debemos desandar el progreso? Nada de eso. Debemos usar las posibilidades que nos ofrece la técnica para cuidar la vida en el planeta. Y para facilitar nuestra búsqueda de la felicidad.

Vivimos en una época de grandes transformaciones. Pero nos cuesta visualizarlas. Si rastreamos en la historia en busca de claves, encontramos varios ejemplos de saltos cualitativos importantes que modificaron la realidad y la vida. Hubo períodos en que los pueblos generaron nuevas maneras de ser y vivir –por ejemplo los cambios que dieron lugar a la caída del Imperio Romano y el nacimiento de la Edad Media (siglo III al V), o las que hicieron posible el surgimiento del capitalismo (siglo XIV al XVI)–. En esos momentos las actitudes y las acciones humanas se acomodaron a un espíritu novedoso: aparecieron acciones y estrategias que no pertenecían al orden existente, sino que eran parte del proceso generador de uno diferente. Hubo cambios en los deseos de las personas y en sus expectativas ante la vida. Mutaciones en la manera de ser de las cosas y en la lógica que ordenaba el sentido común.

Estos ejemplos históricos ofrecen una pista sobre la naturaleza de las transformaciones que se aproximan. Quizás nos aguarden cambios más profundos que los acontecidos en esas épocas. Y seguramente ocurrirán en un tiempo más corto y veloz.