La conversación como camino compartido: un trenzado de significaciones y emociones

La conversación como camino compartido
Un trenzado de significaciones y emociones

Por Alejandro Romero
Lic. en Filosofía

La conversación suele ser entendida como un medio. Como una herramienta para “hacer saber”, averiguar, interrogar, o lograr un objetivo práctico cualquiera.
Según el biólogo chileno Humberto Maturana, sin embargo, la conversación es mucho más que eso: es un tejido en constante proceso de elaboración, que conforma el ambiente mismo de nuestras vidas en tanto vidas humanas.
Es decir, la conversación es una prolongación y una ampliación de nuestra existencia corporal. Es nuestro cuerpo en tanto capaz de tejer un mundo y un cuerpo común con el cuerpo y el mundo de los demás. Es lo más esencial de nuestro cuerpo social, vincular y público. Lo que funda nuestra “humanidad”.
Siempre según Maturana, la conversación puede ser y lograr esto porque no es sólo un tejido de significantes y significados, sino también, en todos los casos, un tejido de emociones. Un fluir de significaciones y de emociones que se entretejen unas con otras en un sentido. De modo que las emociones no son externas y “decorativas” respecto de las significaciones, sino que las co-constituyen. Las enmarcan y les imprimen sentido: es decir, las constituyen de manera esencial y a su través transforman la realidad.
Otro tanto ocurre con las significaciones respecto de las emociones. Las emociones son disposiciones para la acción, son pues orientadores primarios de la acción y posicionamientos primarios en el mundo. Con lo cual, son las fuentes primarias de gestación del sentido. Y por esto están siempre presentes en toda conversación, la orientan, al mismo tiempo que cambian y se modulan a lo largo de ella y según cómo ella se desarrolle.
Todos “sabemos” espontáneamente esto, pero no lo tomamos en cuenta cuando pensamos acerca de la conversación, sus potencialidades, su “naturaleza” y sus implicaciones.
Conversamos, de costumbre, usando unos pocos recursos que incorporamos por costumbre y por identificación. Recursos y modalidades que provienen, en general, del entorno en el que crecimos o por el que fuimos criados, sin cobrar conciencia de la muy variada gama de posibilidades vinculares que estamos dejando de lado y del amplio “margen de experimentación” y de “maniobra” que estamos desaprovechando. Es decir, no sabemos “habitar” y aprovechar el campo de la conversación porque no le prestamos atención a cómo lo hacemos. Y con ello perdemos enormes dosis de libertad y de creatividad que están, sin embargo, en cierto modo “al alcance de la mano”.
De hecho, si tenemos en cuenta lo que llevamos dicho, tendremos que admitir que llevar adelante una conversación es al mismo tiempo un propósito, un arte y una aventura que abre ante nosotros un mundo de posibilidades y que nos solicita ser lo más concientes que podamos de nuestras actitudes, disposiciones y deseos, pero también de los recursos con que contamos (retóricos y de tiempo, lugar y disposición) y de las limitaciones que se nos imponen (lugar, tiempo, humor, situación social, vínculo comprometido). Lidiar con esas limitaciones, contando con estos recursos, en función de nuestros deseos, es una cuestión estratégica en la conversación. Toda conversación implica, entonces, tácticas y estrategias.
De costumbre no somos concientes de aplicar tácticas y estrategias en nuestras conversaciones, aunque lo hacemos a diario. Y esto es doblemente nocivo, porque las empleamos sin saber qué clase de tácticas o de estrategias usamos, simplemente las tenemos incorporadas a nuestros hábitos, como ”la manera natural de hacer las cosas” (cuando no “la manera correcta”); con lo cual, a menudo usamos estrategias insuficientes o incluso contraproducentes en relación con la situación, el interlocutor y, lo que es peor, el espíritu de lo que queremos. Todo ello, por no poder crear libremente los modos necesarios para darle a la conversación que iniciamos o que llevamos adelante el estilo, el movimiento, el ritmo y el tono que queremos y que buscamos.

Un obstáculo poco visible

Antes de ocuparme de algunas herramientas –“astucias de la razón dialoguista”, podríamos llamarlas-, quiero señalar que existe un ámbito que no es el de las actitudes y las emociones pero donde también vamos a encontrar obstáculos que nos pasan inadvertidos. Es el lenguaje.
Hablamos una misma lengua, el castellano. Y, en general, aunque no siempre, tratamos con interlocutores que lo hablan “igual que nosotros” (quiero decir: son todos argentinos, por ejemplo). Con lo cual, el tema del idioma desaparece de la agenda y se torna invisible. Lo usamos sin prestarle demasiada atención. Es como el “caldo común” en que todos bañamos, y todos sabemos cual es, no hay que detenerse a explicar nada al respecto.
Grave error. Aunque hablemos todos en castellano, y seamos todos, por ejemplo, porteños (o cordobeses, o misioneros, o caraqueños… poco importa), en todo real intento de comunicación, en todo intento de pensar juntos –que no hay una cosa sin la otra- tenemos que partir de la sospecha de que no hablamos del todo la misma lengua. El castellano que hablamos está decisivamente segmentado: hablan un lenguaje diferente los hombres de empresa –y distinto los grandes empresarios que los pequeños y medianos- que los intelectuales de izquierda, que los psicoanalistas, que los empleados de tienda de barrio norte, que los miembros de una cooperativa de trabajo de la zona sur del conurbano, que los obreros de la construcción, que los vecinos de Pompeya, que los de Recoleta, etcétera, etcétera. Y es distinta la forma de hablar (y de pensar, claro está) de los jóvenes, de los hombres y mujeres de mediana edad, de los “ya no tan jóvenes”, etcétera.
Así, si a la hora de pensar juntos, de intentar una movida colectiva, de tratar de comprendernos mutuamente y de comunicarnos no asumimos con conciencia que hablamos una cierta variedad de ese lenguaje común –el castellano- y que los demás casi seguramente están hablando otra variedad, diferente (sin saberlo además, ni ellos ni nosotros), hablamos como si entendiéramos cuando en realidad le pasamos por el costado a lo que los demás están diciendo y –a su vez- expresamos insuficientemente lo que queremos decir (aun creyendo que somos clarísimos). Porque le atribuimos a lo que dice el otro los matices, los valores, los sentidos, las implicaciones que ciertas palabras, ciertas expresiones y ciertas formas de razonar tienen para nosotros. Algo inevitable y lógico, por lo demás. Pero muchas veces ocurre que esas mismas expresiones o palabras no quieren decir lo mismo para aquellos que las dicen. O las decimos con toda la carga que tienen para nosotros, pero resulta que para quienes las oyen tienen un sentido o ciertas implicaciones muy diferentes. Tener esto siempre presente y mantenerse alerta a los signos que aparecen en la conversación y que nos permiten sospechar que nos estamos malentendiendo, para encarar entonces los procesos de traducción y de aclaración correspondientes, es una dimensión a tener en cuenta en todo intento de pensar juntos.

Algunas “estrategias” o modalidades

Así pues, encarar una conversación creadora, en el intento de precisar y superar diferencias y de pensar juntos, implica varias “operaciones” a las que tenemos que mantenernos atentos. El punteo que voy a hacer es tentativo e incompleto, y se refiere siempre, insisto en ello, a “metas” a cultivar; intentos que a veces nos salen bien y muchas veces no.
Para pensar juntos, entonces, podemos poner en práctica una batería de “astucias de la razón dialoguista”:

• Escuchar atentamente a los otros, haciendo un esfuerzo por seguirlos en su exposición hasta el final, sin ponerse a pensar, mientras hablan, qué les vamos a contestar.
• Habilitarse para preguntar, para pedir explicaciones, para admitir que no los entendimos del todo.
• Tomarse el tiempo –y pedir al otro que nos conceda el tiempo- para pensar lo que se dice.
• Cuando no terminamos de ver claro, solicitar más información. Preguntar mucho, todo lo que se nos ocurra.
• Anotar, llegado el caso, lo que se nos ocurre que queremos preguntar o comentar o incluso criticar, de modo de no interrumpir al que habla.
• No ofenderse cuando nos corrigen, nos interrogan, nos preguntan o nos desmienten.
• Exponer lo que pensamos de la forma más clara, precisa y, dentro de lo posible, breve que podamos, dejando siempre abierta la posibilidad a que nos pregunten, de manera de poder aclarar o desarrollar lo que queremos decir.
• Cuando nos enojamos o nos disgustamos o nos exaltamos o nos angustiamos mucho ante algo que otro dice, o que se está conversando, es preferible callar hasta que las emociones se aquieten, de modo de poder pensar y expresarse con la cabeza más fría, de forma que los demás puedan escucharnos mejor.
• Si a la hora de aclarar algo no podemos hacerlo, aceptar que nuestra claridad sobre lo que nosotros mismos pensamos llega, por el momento, hasta ahí. No intentar a toda costa “parecer más vivos” o más coherentes de lo que en ese momento somos.
• Tanto cuando nos falta claridad sobre pensamientos propios como cuando nos falta claridad sobre lo expuesto por otros, tomarse el tiempo de buscar –y pedir- más información. Toda la que haga falta.
• Y para saber qué información nos hace falta, poner en preguntas explícitas lo que “nos hace ruido”, “no nos convence” o nos genera dudas.
• Bancarse las dudas, las incertidumbres, las oscuridades, incluso respecto de temas que creíamos tener claros y firmemente resueltos. Sobre todo en estos casos. Aquí vale la pena señalar algo: en general, hacemos los mayores progresos en la comunicación, y más aún en la comprensión y la creación, cuando pasamos por momentos en que lo que habíamos creído comprender se oscurece y complica, y ya no lo entendemos o no nos parece convincente.
• Sobre todo en estos casos, pero siempre, no apurarse. No apurarse, ante todo, en sacar conclusiones.
• Cuando se sacan conclusiones, tener siempre en cuenta que en general las conclusiones son parciales. Toda conclusión, todo acuerdo, es un hecho “histórico”. Será refrendado en el futuro, o será revisado y corregido. Y siempre tenemos esa libertad y esa responsabilidad ante nuestras conclusiones.
• Tener en cuenta, complementariamente, que no se puede avanzar sin producir, paso a paso, algunas conclusiones. En especial, no dejar una conversación en suspenso sin redondear algunas conclusiones parciales y sin hacer aunque sea un breve resumen de su recorrido. Consensuar con los demás ese resumen y esas conclusiones. Esto ayuda a saber si nos entendimos o no.
• Estar dispuesto a retomar cuestiones conversadas y a volver sobre ellas. No tener vergüenza de corregir, de desmentirse, de cambiar de parecer.
• Cultivar la paciencia, sobre todo en los puntos en que nuestras diferencias con los demás parecen más irreconciliables. En este aspecto, mantener la conversación abierta aun en la tensión de los desacuerdos, aceptando “quedarse solo” en una posición y no exigiendo de quien está solo o en minoría en la defensa de una posición que la abandone o la acalle por eso.
• Frente a los desacuerdos, seguir interrogándose y tematizando los mismos con el fin de lograr respecto de ellos el mayor grado posible de claridad y tratando de encontrar caminos para “destrabarlos”: esos caminos suelen aparecer cuando analizamos los presupuestos, los sobreentendidos o las consecuencias de las distintas posiciones.
• Luchar contra nuestro deseo de tener siempre razón. Cultivar la belleza de avanzar juntos, enriqueciéndose mutuamente.
• Enfrentar el miedo a los cambios a partir de la convicción de que toda identidad, la nuestra también, es compleja, rica en matices y variaciones, y puede modificarse sin perderse ni subordinarse en el camino.

Estas capacidades requieren a su vez:

• que seamos capaces de tolerancia ante los planteamientos y las posiciones ajenas,
• que valoremos nuestras propias ideas y posiciones y que podemos exponerlas y argumentarlas,
• que podamos tratar de comprender las razones ajenas –por qué el otro piensa como piensa y actúa como actúa-,
• que podamos tratar de imaginar como posibles formas de ser de la realidad diferentes a las actuales y en las que podamos hacer compatibles las posiciones de los demás y las propias, las necesidades de los otros y las propias, las aspiraciones de los demás y las propias
• que podamos reconocer al otro, aunque diferente, como un igual, y que podamos pensar que aunque somos diferentes de él, eso no quiere decir que no podamos llegar a entendernos, a hacer cosas juntos y a confiar cada uno en el otro.

Algunos obstáculos más o menos comunes

El intento se dificulta, sin embargo, cuando creemos:

  • Que la realidad es una sola y ya está completamente conformada.
  • Que si hay diferencias, entonces alguno de nosotros debe tener la razón, toda la razón, y por consiguiente los demás deben estar por necesidad equivocados.
  • Que las diferencias y los desacuerdos implican siempre que alguien debe renunciar completamente a sus posiciones y sus ideas, es decir que alguien “pierde”, a favor de otro que impone sus criterios, es decir otro que “gana”.
  • Que donde hay una diferencia, entonces siempre ocurre que uno termina siendo superior y otro inferior.

Estos supuestos “espontáneos”, que interfieren en el intento que describimos anteriormente, son causa de que nos sintamos mal cuando se nos cuestiona porque pensamos que “hacemos un papelón”, que “quedamos mal”, que aparecemos ante los ojos de los demás como “menos”, en lugar de pensar que en esta ocasión y en relación con este tema la persona que nos cuestiona no está de acuerdo con nosotros, simplemente, o, incluso, que esta vez podemos estar equivocados, sin que eso implique “ser menos” o “ser más” que otro.
Esta competencia permanente por “ser más”, o al menos no quedar como “menos” que los demás, nos agota y nos impide disfrutar de los intentos conversacionales que encaramos con los demás.
Para generar alianzas con los otros hay, entonces, que tratar de dejar de lado la relación de competencia. Dejar de pensar o creer que ser diferente es necesariamente ser mejor o peor, y no sencillamente diferente; ser más o menos, y no simplemente otro, distinto. Si podemos pensarnos diferentes, distintos, sin ser necesariamente más o menos, mejores o peores, entonces podremos empezar a imaginar, a proponer y a practicar alianzas con los demás.
Si logramos esto, podremos elaborar relaciones que cooperación que no tengan que estar organizadas como relaciones de superioridad y subordinación. Un conjunto de relaciones de este tipo ayudan a generar confianza y comunicación sin necesidad de ser “iguales”, de pensar lo mismo.

Algunos temores de origen cultural

Para hacer el intento de lograr estas condiciones, que, como dijimos, se dan como objetivos a lograr y como disposiciones a cultivar día a día, tenemos que enfrentar algunos temores básicos. La cultura y la historia de las que provenimos y el mundo o la sociedad en los que vivimos resultan para todos amenazantes. Están conformados por distintos grupos humanos, nacionales, sociales, con costumbres y formas de pensar y vivir muy distintos, con distintos privilegios, con potencias y debilidades también diferentes. Las pertenencias son diversas y los códigos de comunicación y de identidad a veces chocan. Para colmo, la gran desigualdad e inestabilidad de nuestro mundo produce distintas formas y montos de violencia que circulan por todo el tejido social y de las que somos todos semiconscientes. En dos palabras: tenemos miedo de nuestros semejantes.
Y más allá de la sensación de “amenaza física” que a veces podemos experimentar, la comunicación creadora se ve obstaculizada por una forma más sutil e insidiosa de ese miedo: rara vez vemos o incluso miramos a alguien simplemente como una persona singular, inédita, insustituible, con la que por lo tanto tenemos que aprender a relacionarnos en su especificidad. De costumbre vemos a las personas con las que tratamos como “ejemplares” de un cierto tipo de seres humanos: como representantes de un grupo determinado. Estamos ante “una intelectual”, “un gay”, “un político”, “una empleada” o “una artista”, etcétera. Y así también, ante “un zurdo”, “un oligarca”, “un negro”, “un yuppie”, etcétera. Y así también nos consideramos a nosotros mismos (aunque, en general, con algo más de flexibilidad y siempre en la suposición de que somos “de lo mejor” en eso que somos). En todo caso, nos movemos por estereotipos. Es la forma más cómoda, fácil y rápida de moverse. Aunque sea engañosa y reductiva, sobre todo cuando se trata de no repetir, sino de avanzar creadoramente. Esta actitud clasificatoria ahoga, pues, la creatividad y embota el pensamiento y la interrogación. Por sobre todo, produce efectos peligrosísimos en todo intento de comunicación.
En primer lugar, nos hace creer que a poco de andar “sabemos” qué esperar de aquellos con quienes hablamos o hacemos algo; que entendemos perfectamente lo que están pensando o diciendo y lo que podemos esperar de ellos a la hora de la acción y de la toma de posiciones. Primer error (o ceguera). Porque una vez que sentimos esto quedan cerradas las expectativas acerca de quién y cómo es la persona –o el grupo- con que nos vinculamos. Y desde ese mismo momento obviamos el trabajo de interrogarnos acerca de cómo son, qué es lo que realmente quieren, pueden y sienten, qué será realmente posible, al fin y al cabo, con ellos, y abandonamos también, en consecuencia, el trabajo de tratar de hacernos entender por ellos más allá de esos esquemas generales que, además, como son un producto social general, son compartidos (todo “zurdo” sabe, digamos así, que para alguien que no es de izquierda él es “un zurdo”). El efecto se redobla cuando, como contrapartida, nosotros también nos “aferramos” a alguna de estas identidades previas en las que nos sentimos cómodos o que nos sirven de refugio (ser “católico”, “empresario”, “de izquierda”, “psicoanalista”, o cualquier otra).
Segundo efecto: ni bien aquellos con quienes tratamos expresan posiciones o encarnan actitudes que rechazamos, nos sentimos amenazados (o nos inunda el desprecio, forma solapada de sentirse a la vez amenazado y superior). Entonces nos encerramos sobre nosotros mismos, o tratamos de imponer nuestros criterios y puntos de vista, y todo el intento de comunicación creadora deriva en una pura y simple discusión: un enfrentamiento del cual aspiramos a salir “vencedores” (simbólicos, cuando no de otro modo), lo que nos reafirma y nos devuelve a un lugar de seguridad. Para colmo, si nuestros interlocutores avanzan los argumentos y las razones más convincentes, entonces nuestra angustia y nuestra sensación de estar en riesgo, amenazados por el vínculo, crecen tanto más. Es entonces, sobre todo, cuando se producen las fragmentaciones y se suspenden los intentos conjuntos. Cada cual se vuelve a encerrar sobre sí mismo.
De modo que para poder avanzar en el cultivo de aquellas primeras condiciones que antes referí, tenemos que ser concientes de que siempre, tarde o temprano, nos asaltan con más o menos fuerza algún tipo de angustia o de temor “identitario”, defensivo, de la clase que señalé en estos últimos párrafos, y que se trata de enfrentarlos y de no dejarse dominar por ellos, apostando a sortear el momento del choque y el rechazo hacia alguna clase de encuentro más aceptable con nuestros interlocutores. Lo que es, en definitiva, el objetivo mismo del tipo de diálogo que estamos proponiendo.
Un objetivo que se va concretando a medida que avanzamos. Porque la confianza crece a medida que la conversación se va desplegando y que la comunicación aumenta entre los participantes. Este crecimiento de la confianza, unido al placer del intercambio y a la percepción de crecimiento de nuestra potencia que ofrece el pensar juntos ayudan a superar los obstáculos a los que nos referimos, al mismo tiempo que habilitan en nosotros nuevas maneras sentir y de proceder, más acordes con lo que nos proponemos, y más disfrutables y fecundas.