La bendita levedad del ser

Siempre sentí que debía haber maneras de estar en la vida que permitieran una mayor posibilidad de alegría, intensidad y afirmación del vivir. Nací en un mundo que no era rico en alegrías y en el que cada acto propio era vivido como lo que era necesario hacer para lograr el progreso personal o social. Un mundo donde el juego y las ganas no tenían casi lugar, donde el debe ser y la tarea ordenaban toda la existencia. Un mundo que, además, era injusto, compuesto por pobres y ricos, por explotadores y explotados.

Desde el principio sentí el desagrado profundo por ambas cosas: por la pesadez del mundo y por su injusticia; pero al comienzo sólo pude ver y detenerme en la segunda. El marco cultural de la época -fines de los años 50 y principios de los 60- la mostraba con una insistencia tal que acallaba toda la otra cuestión, que hoy entiendo como la principal: la cuestión del sentido.

Así fue como durante los primeros años pensé y viví con la convicción de que todo era un problema de organización social, de que una actitud política diferente debía conducirnos a una reorganización económica de la convivencia social. Pero mi propio vivir y la práctica política colectiva me fueron mostrando que una parte estructural del mundo que no me gustaba seguía vigente en las mismas propuestas que intentaban transformarlo. Algo hacía que también en esta “nueva” práctica política los actos se organizaran desde el deseo de poder y en pos de un mayor dominio de las cosas y de los otros. Sentí entonces que la política no daba cuenta de mi búsqueda, y hacia fines de la década de los 60 di un paso al costado.

Comencé a preocuparme por cuestiones más subjetivas, por lo que nos pasaba a nosotros en tanto personas, en especial a mí mismo, lo que me llevó a buscar aliados en el campo de la psicología. Pero luego de unos años intuí que de nuevo estaba en una encerrona: la psicología parecía preguntarse por el mejor funcionamiento humano sólo en el marco del sentido de la vida establecido y vigente. A mí me parecía, en cambio, que se trataba de traspasar ese sentido, que era necesario abrirlo y aflojarlo. De esta forma me fui acercando a un pensar más filosófico: comprendí que tenía que preguntarme de nuevo por cada situación, cada fragmento de lo real, para quitar carta de naturaleza a los mandatos y a las formas heredadas, a las versiones de la realidad que organizaron mi vida desde su origen.

Así fue como descubrí que, más que pensar, me pensaba, y que ese pensarme operaba en mí como posibilitador de lo nuevo y me otorgaba progresiva levedad, me permitía moverme de mis propias fijezas y predisposiciones culturales.

En este camino se fueron aflojando no sólo creencias y formas de ver el mundo y la vida, sino también características de mi carácter y de mi manera cotidiana de vivir. La serenidad conquistó espacios antes ocupados por la exigencia, me volví más tranquilo y menos irascible. La alegría de estar aquí comenzó a desplazar a la preocupación por las metas y los objetivos. Comencé a sentirme más potente para saber de mis ganas y para jugarlas y apostar por ellas. La levedad del ser era una frase que comenzaba a tener un sentido sensual en mi vida.