La aventura laboral

El goce, la alegría y la intensidad de la experiencia laboral no dependen sólo de la actitud con que nos relacionemos con ella. También dependen del sentido que tenga, para nosotros y para los demás , la tarea que realizamos.

No me refiero al resultado económico –en tanto se nos abona en dinero por lo que hacemos–, sino de aquello que generamos y ponemos a disposición de otros con nuestro trabajo.

Si pensamos que la actividad laboral es aquello que se hace sólo “para ganarse la vida”, y cuyo sentido no importa sino desde el punto de vista pecuniario, entonces sólo será un ámbito de producción económica y resolverá exclusivamente este aspecto de la vida.

Enfocado como puro acto económico, el trabajo genera un individuo centrado en los valores de prestigio, poder, posesión de objetos, imagen social, importancia personal, es decir, todos aquellos ingredientes que dan forma a la persona en el marco del productivismo. Así se construye un perfil humano más atento a su imagen pública –el qué dirán, el cómo me ven, la importancia que me dan–, que a la riqueza sensual de su experiencia de vida.

Pero sucede que el trabajo es también un espacio en donde se generan respuestas en relación con otros valores que organizan la cotidianeidad y la personalidad del trabajador, tanto en su pertenencia y valoración social como en su propio carácter y autoestima. La actividad laboral del ser humano es uno de los principales espacios de su experiencia: da forma y sentido a su  persona y al mundo en el que vive.

La actividad laboral puede encararse como simple producción económica de lo que necesitamos para vivir y de los excedentes que constituyen la “ganancia”, pero también como una acción en sí misma, en la que importa el sentido de lo que hacemos.

Desde esta perspectiva no es lo mismo participar de una tarea orientada a clasificar y reciclar residuos en la ciudad, que organizar un basurero nuclear. Tampoco producir juegos de creatividad para adultos y niños, que construir juguetes que proponen divertirse con la simulación de actos de guerra y de muerte.

En mi caso personal, estuve atento a esta cuestión desde muy joven. Al principio mi percepción del tema era oscura y contradictoria: la intuición me guiaba, pero en ocasiones las viejas formas y la necesidad de asirme a modelos con prestigio me hicieron perder tiempo y energías.

La resolución y la actitud de buscar me fueron enseñando a querer, no sólo dentro de los modelos conocidos, sino aprendiendo a soñar y a autorizarme la aventura de hacer realidad parte de esos sueños. Lo que pude afirmar en este tiempo no fue casual ni ingenuo. Fue más bien un camino sinuoso, de búsqueda consciente, y no exenta de riesgos.

Para recorrer un camino no hace falta tener en claro, desde el comienzo, de qué se trata y hacia dónde conduce. Siempre es bueno volver a decir, con Antonio Machado, “se hace camino al andar”.