Hacer el amor como un rito sagrado

La palabra “amor” señala un sentido y una forma con la que nos conectamos con los seres y las cosas. Habla de amistad, de respeto, de solidaridad y hermandad. Además el término “amor” señala una zona de nuestra experiencia vital: aquella que se enraíza en el encuentro de los cuerpos, y se despliega en el encuentro de los corazones. De esto hablamos cuando decimos “hacer el amor”.

De tal suerte la palabra “amor” refiere, por un lado, a un espíritu que puede dar forma y sentido a nuestra existencia; y por el otro a una de las experiencias concretas de la vida: la práctica amorosa sexuada.

Sería una ingenuidad asignar esta dualidad a una simple particularidad de la lengua o a un uso poco riguroso del lenguaje. Creo que la presencia constante de este doble significado en la palabra “amor” es muy reveladora. Nos brinda un camino para acrecentar nuestra conciencia de que formamos parte de un orden sagrado: el Todo Universal.

El encuentro de los cuerpos sexuados es la situación en la que, de manera más palpable, registramos al otro desde el sentido más profundo que late en la palabra amor. La fuerza erótica de los cuerpos nos ayuda a traspasar la separación objetiva con el afuera (relación sujeto-objeto) que nuestra conciencia utilitaria impone como vínculo habitual con todo lo externo a nosotros.

En los cuerpos es donde resisten con mayor vigor las fuerzas del amor como sentido. Cuando nuestra sensualidad corporal ocupa el centro de la escena desplaza a nuestra conciencia dominadora y objetivante, y experimentamos la continuidad y la fusión con el otro. En esa experiencia se actualiza, aunque borrosamente, nuestra ligazón con el Todo del que somos parte. A partir de la unión con un otro, el encuentro sexual nos brinda un atisbo de nuestra pertenencia a una realidad mayor.

Podemos decir entonces que en nuestras vidas, la práctica de “hacer el amor” es una de las puestas en acto más frecuentes, más intensas y profundas, del amor como sentido, del goce erótico como registro sensual de nuestra pertenencia al Todo. Y también que “hacer el amor” es el rito sagrado que experimentamos con mayor frecuencia.