Filosofía práctica: tiempos de cuidar la vida

Aunque tuve relación con la filosofía desde muy joven, recién a fines de los años 70  di los primeros pasos en esto de usarla para enriquecer la vida. Lo hice en mi propio camino de búsqueda. Había perdido el rumbo y con las terapias conocidas no me bastaba para dar cuenta de mis dificultades. Comencé a interrogarme desde la filosofía y comprendí que muchos de mis problemas referían al estado del mundo, y que muchas otras personas compartían en cierto grado ese malestar. Esto me permitió apreciar el potencial de este abordaje, y me dio las primeras pistas. Comencé mi tarea de consultoría en 1984.

Concibo la filosofía como la tarea de pensar el tiempo en que vivimos, con el principal objetivo de afirmar y enriquecer la vida en el presente. En ese marco entiendo la Consultaría Filosófica como la tarea de asistir a otros en su intento de pensar-pensarse para sintonizar con el espíritu de la época y afirmar su vida en las condiciones de crisis en que se encuentra el mundo. Se trata de potenciar al consultante en la tarea de pensar, resignificar y reorganizar la propia experiencia de vivir, lo cual incluye la capacidad de diseñar y ejecutar acciones para re-crear su vida y co-crear el mundo.

Visto en perspectiva humana el mundo es un constructo en constante hacerse desde las condiciones de posibilidad que se presentan en cada tiempo-espacio. Esa construcción es orientada por la relación de fuerzas entre los Sentidos, que en su devenir también generan su reordenamiento.

Llamo Sentido a lo que es cardinal a cada forma-mundo, lo que organiza su existencia y  lo hace comprensible y co-habitable. Se trata de lo esencial que constituye la visión y experiencia de las personas en cada época, de lo más sustancial que da forma a la realidad y organiza la vida. Es la orientación de las fuerzas creadoras, que hacen que las cosas sean de la  manera en que se dan en cada momento histórico.

El concepto no se refiere a un elemento de la realidad, sino más bien aquello que hace que ésta sea de determinada manera: es la “tonalidad” de lo real tal cual se da en una cultura determinada. Las cosas son como las fuerzas de sentido nos las hacen ver y vivenciar.

“Sentido” nombra entonces a lo fundante del “envío del ser”, y también a lo más general y común a todos los entes. Es la “Voluntad del Mundo”o la “Voluntad de Dios” o “El Espíritu de los Tiempos”, que en su despliegue va dando forma a la realidad y hace que las cosas y la vida vayan siendo y cambiando.

En mi opinión la tarea central de la filosofía es la que se presenta desde la pregunta por el Sentido. Para nosotros preguntar por el sentido es preguntar por lo que da forma a nuestra vida desde lo instituido-heredado, y al mismo tiempo registrar y dar figura inteligible a lo que, todavía informe, pulsa en nuestro interior como Sentido desde el que deseamos vivir. En la tarea de consultoría podemos ver que también nuestros consultantes (aunque muchos de manera no explícita) se preguntan por el sentido de su vida al sentir su propia experiencia apocada o debilitada.

Para casi todos nosotros es ya un dato que vivimos una época de transición entre el mundo de la modernidad y un mundo nuevo que se está gestando. A este tránsito referimos habitualmente como “crisis cultural”, una crisis que no es sólo política, ni sólo económica, ni sólo ética… Es la crisis estructural de una forma de ser de las cosas y de la vida, que llegó a un peligroso punto de saturación. Esta crisis es consecuencia de la realización -y culminación- del proyecto de la Modernidad; y como todas las crisis, es también re-estructurante. Con esto quiero decir que da lugar y motiva la re-significación y reorganización de lo existente.

Para pensar la tarea a la que es convocada la filosofía en esta coyuntura, será bueno recordar la circunstancia, para mi nada casual, en que surge la Consultoría Filosófica. Esto ocurrió en sus primeras manifestaciones durante los 80. Por esos años la crisis de nuestra forma-mundo ya era profunda, y comenzaba a ser más explícita la crisis existencial de las personas. Ese contexto en que nació la Filosofía Práctica  señala que la crisis  está en la base de nuestra tarea, y que se trata en lo fundamental de una crisis de sentido.

¿Qué es una “crisis de sentido”? Habitualmente hablamos de “crisis de sentido” para hacer referencia a lo que le ocurre a las personas cuando pierden conexión con lo que les importa, con aquello que orienta e intensifica su experiencia de vivir. Cuando esto le sucede a la sociedad en su conjunto, lo que se manifiesta es una crisis de sentido de una determinada cultura. En este caso la crisis afecta, en algún grado, a todas las personas que viven en ese tiempo-espacio, y se presenta como crisis existencial. Es una situación histórica en la que se oscurece el rumbo de la vida y la experiencia de las personas decae en  intensidad. El desaliento, la desorientación, la superficialidad y la anomia ética lo invaden todo. Aquello que dio sentido en el pasado ha perdido fuerzas, y lo nuevo aún permanece en la penumbra del amanecer.

Los individuos que vivimos en esa coyuntura histórica fuimos formados en paradigmas, creencias, valores, conductas y maneras de ser que ya no sintonizan con la nueva situación y con el espíritu de los nuevos tiempos. Pierden vigor los proyectos y se enmaraña la dirección de nuestras acciones. Esto es lo que sucede en nuestro presente: es una situación colectiva de la que todos somos partícipes. Es el contexto en que vivimos y también es nuestro estado interior. Esas fuerzas organizantes se encarnan en cada cual y determinan que la realidad se presente como siendo “verdaderamente así”. Es por eso que a mi entender es fundamental ayudar a las personas a comprender el carácter epocal de lo que llamamos realidad. Esto las habilitará a co-crear nuevos caminos del Ser, nuevas realidades.

Acordamos con Nietzsche y Bataille en que la vida busca siempre afirmarse a sí misma. Sin embargo, la manera que esto tiene de manifestarse es diferente en las distintas épocas, en razón de los diferentes estados del mundo que ofrece cada tiempo-espacio. La consecuencia es que nuevos horizontes de sentido van instaurando otras maneras de ser de las cosas y la vida. Son  distintas configuraciones de sentido que dan forma a épocas diferentes.

La situación actual

Nuestra existencia está organizada, y por eso también encerrada, en creencias y valores que perdieron vigencia porque se originaron en una situación histórica ya superada. Vivimos en un horizonte de sentido que se gestó hace unos quinientos años, cuando la humanidad occidental comenzó a poner el eje de sus esfuerzos en el incremento de la capacidad de producción para satisfacer las necesidades materiales. El desarrollo de las fuerzas productivas fue el leit motiv de esa época. A eso se llamó progreso, y en él todo tomó forma en su ser útil para algo, incluida la vida misma. El productivismo fue el espíritu que dio forma a la realidad y orientó las prácticas humanas en todas sus manifestaciones. Ese fue el eje de sentido que constituyó la subjetividad de la era Moderna.

Hoy vivimos tiempos de gloria de la tecnología y con ello de la capacidad productiva. Son también tiempos de realización de la Modernidad, una configuración de sentido que transita su final.

La revolución tecnológica trastocó los cimientos en que se enraizó esta hegemonía del sentido productivista y esta manera de ser de las cosas: me refiero a una determinada relación entre las necesidades y la potencialidad productiva de la humanidad. Se generó así la crisis de los viejos paradigmas. En la actualidad el capital acumulado en robótica es cada vez mayor, y por eso es cada vez menos necesario y significativo el trabajo humano. Esta es una consecuencia valiosa del progreso productivo, pero también acarrea nuevas cuestiones a resolver.

Como primer efecto en la economía social, esto desorganizó el sistema de distribución hasta ahora vigente: la relación trabajo-salario. Por la vía del desarrollo tecnológico se incorpora más “trabajo muerto”, acumulado como capital, a la actividad productiva; es decir: la robótica desplaza y devalúa al “trabajo vivo”.

Más allá las consecuencias que tiene en términos de desocupación y marginación social, este apocamiento de la significación del trabajo humano en la producción genera un quebranto en nuestra subjetividad. El trabajo ya no contiene la fuerza capaz de dar sentido y forma a la vida de las personas. La “cultura del trabajo” traspasó sus condiciones de existencia. Necesitamos incluso redefinir la idea de trabajo. En nuestra experiencia  se registra una saturación de la forma de ser persona organizada en tanto productor, como sujeto-útil-dominador-del-objeto. Esa fue la subjetividad generada por el sentido productivista, y en ella se expresó lo esencial de lo humano en la Modernidad.

En la actualidad nuestra experiencia como sujetos útiles, organizados para dominar y extraer utilidad a todo lo que existe, ya no tiene condiciones de realización, ni nos motiva como a las generaciones anteriores. Lo que antes valorábamos no nos importa ya en igual grado, porque su sentido está saturado, debilitado, apocado. Ni el “ser desde el tener”, ni el “ser desde el hacer”, ni el “ser desde el poder” dan ya sentido e intensidad al vivir. Aunque estas sean conductas  que insisten en repetirse, se presentan en cada persona con un fuerza de sentido devaluada.

El inconveniente es que no sabemos de otros sentidos y caemos en el sinsentido. Así pierden intensidad nuestra manera de amar, de trabajar, el ejercicio de la paternidad, la amistad… Todo comienza a darse en nosotros como experiencias devaluadas, y las nuevas formas demoran en perfilarse. El sinsentido avanza, y los peligros también.

La guerra es sólo el peligro más evidente al que nos somete la subjetividad organizada por el sentido de dominio: el ilimitado deseo de poder, en posesión de un gran instrumental tecnológico, impone el dominio imperial sin importarle la magnitud de las fuerzas destructivas que desata.

Esta es la situación en la que está enredada nuestra vida. Hay un cambio en el estado de las cosas y en la “Voluntad del Mundo”: necesitamos darle espacio en nuestro interior, y también forma en nuestras conductas y acciones.

Está claro que no se trata de abandonar la tecnología, sino de generar una nueva manera de vivir con las posibilidades que ella nos ofrece. Todos necesitamos volvernos más protagónicos en la generación de los nuevos modos de existir, concebirlos desde otros sentidos germinales.

Los deseos orientan el camino

La orientación ante este cambio del mundo se nos presenta en el caldero de los deseos. Desde allí se abren “líneas de fuga” [1] que intentan romper el corral de lo instituido y cultivan las condiciones que posibilitan nuevas formas de ser y del Ser. Nuevas sensaciones y deseos empiezan a habitarnos en un muy inicial amanecer. Comenzamos a anhelar nuevas maneras de vivir, aunque aún no podamos verlas con claridad.

Si prestamos atención a las sensaciones (nuestras y de nuestros consultantes), veremos que somos muchos aquellos en quienes las fuerzas deseantes apuntan, aunque de manera contradictoria y larval, a prácticas más orientadas por el amor que por el dominio y el control, más interesadas en la calidad de vida y la felicidad que en la utilidad y el poder. Queremos más alegría y menos preocupación, más solidaridad y menos competencia. Nuevas energías colorean los horizontes del Mundo y buscan dar forma a la realidad. Son fuerzas de sentido que se dejan nombrar en las palabras alianza, amistad, amor… y que pugnan con el aún preponderante deseo de poder y dominio. Son novedades en la configuración de las fuerzas deseantes que generan potenciales de transformación en la subjetividad. Esto nos está ocurriendo al mismo tiempo que las fuerzas de lo instituido intentan, y aún consiguen, ordenar las conductas en formatos de dominio y control.

La Consultoria Filosófica es convocada en el grado en que  las personas vivencian esta situación en carne propia. Cada persona necesita asumirse como co-creador [2] de nuevas formas de ser y vivir. Esta co-creación debe ser ejercida por cada uno en el dificultoso marco de la hegemonía cultural del productivismo utilitario. No se trata de una elección entre posibilidades conocidas, sino de generar lo nuevo en la propia experiencia. Pensar la vida en sus manifestaciones cotidianas, es un pensar-pensarse que busca activar la potencia creadora de quienes quieren asumir su potencial como co-creadores de una nueva manera de vivir.

Abordar la cuestión del sentido en la experiencia personal de cada uno requiere cuestionar el horizonte de sentido aún hegemónico. Cada cual necesita interrogarse por lo auténtico y lo sobredeterminado en él. Parafraseando a Heidegger, “en nosotros habita la posibilidad de lo auténtico junto a la dictadura de lo público”. Nuestra subjetividad arrastra su orden de sentido desde lo heredado y desde la maquinación deseante de nuestras prácticas,  a la vez que nuevas fuerzas de sentido seducen nuestra sensualidad y buscan transmutar nuestra experiencia.

Re-elegir  lo más propio entre los deseos que se enraízan en esos tres planos originarios y re-significar desde allí nuestra manera de vivir y nuestras prácticas, es fundamental en la búsqueda. En sus deseos más auténticos cada uno encontrará señales para proyectos y acciones inéditas que le permitan afirmarse en nuevas maneras de ser y de vivir.

Este doble movimiento de la conciencia –el reconocimiento de los “ideales” ya vacuos, por un lado,  y la escucha de lo nuevo que pulsa en nosotros por el otro– es un eje principal para caminar hacia nuevas formas de ser y vivir. Esto será más viable para quienes puedan prestar atención –y validar– sus deseos aún sin voz, acallados por el viejo imaginario todavía hegemónico, y desde allí diseñar acciones y formas de vivir novedosas.  Creo que la Consultoría Filosófica puede facilitar este intento”.

Leopoldo Kohon


[1] Uso la expresión “líneas de fuga” en el sentido que le dan Deleuze y Guattari, en “Mil mesetas, capitalismo y esquizofrenia”.

[2] Digo “co-creación” para señalar la pertenencia de cada humano a un horizonte de sentido que lo interpela, al cual responde y cuya realización también le atañe.