Fantasías sexuales: condimentos de la experiencia amorosa

La moral judeocristiana  valora negativamente  todo lo relacionado con la sexualidad y su goce. Sin embargo en la práctica se observa un deseo cada vez más generalizado de  prestar atención al tema.

Durante  nuestra formación como personas  prácticamente no se nos dijo nada sobre las cuestiones ligadas al erotismo, y tampoco nos animamos a  investigar demasiado.   La mala prensa de lo erótico siempre mermó nuestras chances de saber y experimentar. En este sentido los nuevos programas televisivos dedicados al tema resultan un avance y también los artículos de la prensa gráfica, aunque en estos casos el tratamiento se limita con demasiada frecuencia a la publicación de fotografías de mujeres hermosas en poses atractivas. Todas estas expresiones -desde las más serias hasta las más chabacanas-, permiten  hablar de lo que en el pasado “se debía callar”, y por lo tanto ayudan a  aflojar la dictadura de un valor central de las maneras de vivir que heredamos: “el sexo es malo”.

Sabia antigüedad

En la actualidad será bueno ir más allá de la mera valoración positiva de la vida sexual: precisamos cultivar y enriquecer las maneras en que vivimos esas experiencias, aprender a salpimentarlas y saborearlas del mismo modo en  que se aprende a preparar exquisitas comidas y a estilizar los gustos para gozar de ellas. Sería interesante que, así como el avance del hedonismo  en Occidente dio lugar al surgimiento de escuelas de cocina, surgieran escuelas de erotismo -instituciones validadas por la sociedad donde se aprendiera a  desarrollar la capacidad de goce y el disfrute del encuentro profundo con  un otro en el campo sexual, en lo amistoso, en lo lúdico y en lo puramente conversacional…-. Tal vez  por el momento éste sea sólo un sueño, pero al menos deberíamos asumir que, en lo que a erotismo se refiere, vivimos en cultura que podríamos calificar como “atrasada”. Otras sociedades del pasado  tomaron el tema con más seriedad; le prestaron atención y se esmeraron por  enriquecer la experiencia erótica de sus miembros. En nuestro caso aún necesitamos encaminar mejores posibilidades en relación a estos temas. Hoy me propongo abordar una cuestión de la cual se habla muy poco: las fantasías y los deseos prohibidos.

El comienzo de un cambio

Las fantasías sexuales son una manera de condimentar e intensificar el goce sexual que la humanidad conoce desde hace mucho tiempo. Sin embargo  su existencia entre nosotros no es habitualmente reconocida. Generalmente se habla de ellas  como una cuasi-anormalidad que otros experimentan. Suele creerse que pueden  resultar riesgosas para el normal desarrollo de la vida sexual. Últimamente, sin embargo, observo una mayor propensión a hablar del tema e incluso a compartirlo en la  intimidad con compañeros sexuales.

Comencemos por reposicionar la cuestión: Las fantasías son el ámbito personal e íntimo donde podemos ejercer la libertad de elegir más radicalmente, en el que somos más libres para conectarnos con el deseo y con aquello  que aporta mayor intensidad a nuestras vivencias sexuales. Activan el deseo e iluminan los puntos de encuentro erótico que nos unen a nuestro compañero/a: en la medida en que  una pareja puede hablar y compartir sus fantasías eróticas, se potencian e intensifican sus sensaciones.

Las fantasías en la pareja

Conviene  recordar que toda pareja amorosa es un entretejido singular de encuentros y gustos en común. Sin embargo  todas las parejas  coinciden  en un eje: el deseo sexual del uno por el otro. Esto es lo que se intensifica cuando habilitamos juegos sexuales. Será bueno entonces que superemos el temor que nos distancia de las fantasías  y que nos autoricemos a compartir los sueños que tenemos en ese aspecto. También que los usemos como señales que nos indican el rumbo en que aumentan nuestras sensaciones, lo que invita a que surjan más juegos, actos, palabras, miradas, escenografías… todo eso que hace a la intensidad del encuentro.

El deseo señala  el camino del amor erótico tal como la estrella orienta al navegante. Cuanto más nos orientemos por sus señales, más gozaremos y también estaremos cultivando  las razones para estar juntos. A mi entender, mientras  la alianza amorosa organice la actividad erótica, todos los caminos serán buenos y válidos -aún los más transgresores de la moral judeo-cristiana-; la condición es sólo que no lastimen a los participantes del juego.

Dado que nuestra experiencia erótica se despliega en y desde una cultura en la que el goce y el erotismo están en el lugar de lo prohibido, nuestros deseos habitan los dos campos: el de lo permitido y el de lo denegado. Para abrir nuevas posibilidades en este sentido, debemos en principio  registrar y sentir aquellas zonas obstruidas por la prohibición. Una manera de acceder a las propias pulsiones más prohibidas es buscarlas en nuestras fantasías: al no comprometer nuestra acción concreta necesariamente condicionada por los criterios de realidad, son  la alternativa más a mano para reconocer esos deseos.

Las fantasías profundizan la alianza

Vivir las  fantasías es  uno de los caminos de que disponen las parejas para invitarse a compartir sensaciones y para enriquecer la intimidad y la confianza mutua. Ponerlas en palabras es invitar al otro a sentir junto lo que la escena imaginaria despierta en cada uno. Esto supone animarse a mostrarse ante sí y ante el otro en esa zona prohibida, e ir fortaleciendo la alianza en la práctica de lo que  se dice, se sabe, se siente, se hace… Así ocurren sensaciones que generan más confianza, más intimidad, más intensidad, más encuentro, más alianza.

Este es un aspecto fundamental del juego: las fantasías vividas sin la confianza plena  de que cada uno es el personaje principal en la escena del otro, despiertan fantasmas y activan celos. En cambio, si los miembros de la pareja comprenden  que la fantasía es una manera de profundizar el encuentro, y que cada uno es  el elegido por el otro para “vivir ese sueño”,  los juegos realmente compartidos se cargan con las fuerzas eróticas que devienen de la imaginación fantasiosa. El camino entonces no es acallar esa imaginación, sino ir construyendo una alianza que posibilite cohabitar juntos el terreno de las imágenes y las sensualidades prohibidas. Al ampliar el abanico de los deseos validados, se expanden las posibilidades de lo que podemos sentir el uno por el otro y junto al otro.

Los cambios en lo personal y en lo social

Al igual que en todos los otros aspectos de la experiencia humana, en el campo  sexual se da un devenir transformador  que  entrelaza acciones de personas concretas con cambios en las creencias sociales. De este modo va cambiando  lo que se valora y experimenta como bueno y aceptable por la moral compartida.  Es decir: en la medida en haya personas que re-signifiquen lo antes prohibido, van ocurriendo las transformaciones. Lentamente las nuevas visiones comienzan a ser incorporadas a las manifestaciones del arte, empiezan a ser bien vistas en ciertos medios de formación de la opinión y van decantando en el re-diseño de los enunciados éticos.

En este sentido conviene recordar que no está lejos la época en que el contacto oral con el pene o la vagina pertenecían a la zona de lo  “anormal”. Hoy los “libros serios” hablan del “cunnilingus” y la “felatio” (¿será que los idiomas muertos –como el latín- tranquilizan los fantasmas morales al comenzar a conectarse con lo prohibido?), y  no sólo es habitual que lo hagamos en nuestras prácticas íntimas, sino que en muchos ámbitos  hablamos de ello públicamente y sin sonrojarnos.

El cuidado de sí  y del otro

El arte de animarse a vivir lo prohibido consiste en cuidar el propio equilibrio y atender al bienestar y al cuidado del otro con quien compartimos la experiencia. Tanto en la fantasía como en los hechos a los ella sirve de telón de fondo imaginario hay goce. Si la fantasía es convocada en el intento de profundizar ese goce, las que se podrán compartir con agrado serán aquellas que ambos se autorice a validar y que a ambos les generen intensidad en cada momento. Este punto irá cambiando con la experiencia: es un delicado equilibrio entre las fuerzas del deseo y las de las creencias que lo prohíben -articuladas también estas últimas como sentimientos posesivos y miedo a la pérdida del ser amado-.

Vivir sin intentar profundizar la intensidad de nuestra vida sexual es restar  posibilidades de riqueza erótica a nuestra existencia. En el otro extremo, traspasar desaprensivamente y de manera apresurada las prohibiciones que aún ordenan a cada uno, puede internarnos en zonas de desagrado y dolor nada recomendables. En la medida en que cada pareja tenga en cuenta esas condiciones de posibilidad al irse autorizando nuevos juegos, habrá más goce, más encuentro y más alegría de estar juntos.

Leopoldo Kohon, para revista “Salud Alternativa”, noviembre/2005.