Erotismo y pareja

¿Por qué será que las palabras “amante” y “amorío” dicen de una persona y de una experiencia amorosa exterior al matrimonio?. Siempre es claro que “el amante” o “la amante”, es “el otro” o “la otra” del esposo o la esposa. ¿Es que los esposos, no son amantes?. ¿Es esto lo que hace que nunca usemos esa palabra para referir a ese vínculo?. No es exactamente así, pero hay mucho de eso. El vínculo matrimonial, tal como lo tenemos aprendido y habitualmente lo practicamos, está principalmente organizado como una “asociación” para fundar una familia y transitar juntos las dificultades de la existencia. Es difícil encontrar matrimonios en los que el erotismo y la pasión sean validados y atendidos como eje principal y fundamento del vínculo. Y muchas veces no es en la pareja matrimonial donde más estamos atentos para aplicar y desarrollar nuestros pobres habilidades en el arte del amor y el sexo.

Y el amor erótico-pasional no es algo que perdura entre las personas sin requerir de acciones, maneras, palabras y actitudes, que lo abonen y generen en la cotidianidad. Tampoco es algo de lo que sepamos por el solo hecho de ser personas adultas. Desde pequeños fue de aquellas cuestiones de la vida de las que menos nos dijeron y menos hemos hablado. Ni siquiera nos dijeron de su existencia. En nuestra formación las cuestiones del erotismo quedaron en el lugar de lo prohibido. Debía ser evitado y, si eso no fuese posible, al menos escondido. “De eso no se habla…”

Por otro lado, los pocos recursos de seducción y erotismo que logramos a pesar de la prohibición, tendemos a dejarlos “fuera de uso” no mucho tiempo después de nuestro casamiento. Así es cómo, en relaciones amorosas en las que ambos fueron activos y creativos en las estrategias del “levante” y la seducción (que es de buen gusto ejercer durante el noviazgo), a poco tiempo de casarse cancelaron ese ejercicio de las artes amatorias e iniciaron el declinar de la intensidad de su vínculo pasional y erótico.

Ocurre entonces que al poco tiempo, todo depende de la fuerza inercial de las pasiones despertadas por los escarceos y el noviazgo. Inercia que, por fuerte que sea su origen, no dura demasiado. Los yanquis, afectos como son a las estadísticas, hicieron la cuenta: dicen que el promedio está entre los 2 años y los tres años y medio. Luego todo comienza a debilitarse y la relación se instala en lo que suponemos “normal” después de ese tiempo de convivencia: un marido no es un “amante”, su característica principal es ser responsable del futuro económico familiar. Lo que caracteriza a una buena esposa tampoco es su ser buena amante, sino el estar atenta al funcionamiento del hogar y a la crianza de los hijos.

Hoy somos muchos los que ya no acordamos con esta visión del matrimonio. Queremos reivindicar para nuestra vida en pareja las vibraciones del amor-pasión. Deseamos vivir parejas duraderas donde el erotismo no sólo perdure sino que crezca en la continuidad del vínculo. Quienes otorguemos a este deseo un grado de importancia significativa en nuestras vidas, será bueno que nos comprometamos con él. Debemos saber que no se trata de plantearlo al “genio de la lampara”, sino que nos presenta el desafío de aprender a vivir de una manera diferente lo cotidiano de la pareja, una manera en donde el amor esté en el eje de sentido de todo lo que ocurre en la convivencia y el erotismo sea una de sus expresiones principales.

Podremos realizar este deseo sólo en el grado que ejerzamos nuestra propia posibilidad de buscar y aprender nuevas maneras de relacionarnos, de actuar y de “hacer el amor”… (intentando que esa expresión diga de lo que ocurre en la actividad sexual y también más acá y más allá de ella).

Las conductas seductoras, eróticas y amorosas intensifican las sensaciones y la experiencia amorosa del momento en que ocurren y también tejen con más fuerza los lazos amorosos de quienes se aman. Si aceptamos que necesitamos aprender a generar cotidianamente el vínculo amoroso-erótico con nuestra pareja, nos volveremos más seductores, eróticos y amorosos y también fortalecemos más nuestros lazos amorosos. Este el circulo virtuoso del amor: crece en intensidad y perdura en el tiempo, en la medida en que lo vivimos con libertad, con atención y creatividad.