Entre el placer y los resultados

Por lo común el tiempo de trabajo es vivido sólo instrumentalmente, como lo que debemos entregar para poder, a cambio, obtener el producto final de esa inversión de tiempo y esfuerzo. Ponemos el sentido de la actividad en el resultado, sólo miramos hacia él y no registramos lo que va pasando en la actividad misma sino como un costo o esfuerzo.

¿Qué hay de nuestro presente así organizado? En esta forma no puede haber presente, pues éste se desvanece al poner su sentido más allá de sí mismo. Lo dramático es que el presente es el único tiempo en que vivimos, y bajo estas condiciones el nuestro está programado en función de un eterno mañana.

Quizás podamos comprenderlo mejor a través de un ejemplo. Conocí cierta vez  a un hombre que, gracias al disfrute que obtuvo desde muy pequeño en el trato con el agua, llegó a convertirse en un avezado nadador. Un buen día se encontró en el campo, en medio de una inundación de grandes proporciones: un arroyo crecido lo separaba a él y a sus acompañantes de un galpón que guardaba, en la orilla opuesta, la comida y el bote necesarios para el grupo.

El hombre debía cruzar a nado el arroyo desbordado; el día era agradable y el sol señalaba el mediodía. Todo estaba dispuesto como para que pudiera disfrutar de su nado, ya que no había condiciones muy diferentes de las habitualmente se daban en su práctica de natación.

Sin embargo algo hizo que viviese todo de manera muy diferente: el hombre debía cruzar a nado el arroyo para traer la comida…; este “para” sacó al nado de la zona lúdica y lo convirtió en un instrumento para conseguir el resultado previsto: traer comida. A partir de allí lo que importaba era la comida, y esto hacía que todo el resto fuese instrumental.

Así las cosas, el hombre nadó hacia la otra orilla con la mirada y las sensaciones puestas sólo en lo que debía conseguir; el registro se detuvo en el objetivo y desplazó a todas las sensaciones placenteras que siempre sentía con el agua y la natación.

La salida de este conflicto, obviamente, no pasa por nadar en círculos a fin de no tomar contacto con resultado alguno y no tener  ningún “para” en nuestras acciones. Lo que sugiero es abrir el registro, ampliarlo, permitirnos gozar del nado aún cuando nos dirijamos hacia la comida. Si nadar nos apetece no veo por qué tenemos que volvernos ciegos e insensibles a esa sensación cuando nadamos hacia aquello que necesitamos; por qué sólo nos resulta posible gozar del acto cuando nos tiramos al agua porque sí, sin objetivo previsto.

Paladear la tarea no significa negar la importancia de los resultados. “Más gusto” no implica “menos resultado”, sino quizás todo lo contrario. La creencia de que “a mayor alienación del trabajador le corresponde mayor ganancia del empleador” es una verdad ingenua, cuya vigencia acabó con el capitalismo primitivo.