Entre el pensar calculador y el pensar creador

Con la expresión “pensar” habitualmente referimos a aquella acción de la mente con la cual calculamos cómo hacer bien lo que hacemos, sin preguntarnos por el sentido de eso que hacemos. “No pensás lo que estás haciendo”, solemos decir a quien no presta atención y se distrae en su tarea , o “no pensás lo que decís”, a quien propone algo diferente a lo que consideramos un pensamiento lógico. En ambos casos (hacer bien lo que hacemos y atender a la lógica de lo que decimos), ese acto de pensar deja en lo no-pensado los presupuestos de lo que se piensa.

Éste es un pensar que acepta como dados y “naturales” condicionamientos que lo encierran dentro de ciertas “verdades” que no pone en cuestión, y que no sólo son del orden de la conciencia y de la razón sino también afectivas y sensuales, teológicas y morales… Así, semejante forma de pensar sólo es potente para calcular lo posible dentro de ese marco al que concibe como realidad inmutable. A esto lo llamaremos, con Heidegger, “pensar calculador”, o, con Castaneda, “conciencia ordinaria”.

Hay otra posibilidad del pensar. Se trata de un pensar que se vuelve sobre sí mismo, se pregunta por su origen y enraizamiento, por sus presupuestos, por sus preconceptos y, principalmente, por el sentido que lo organiza y hace ser. Es un pensar que no se encierra en verdades conocidas sino que se concibe a sí mismo como el escuchar, sentir, ver y decir que cuida del recrearse y del aparecer de las cosas, de lo que ocurre y de lo que es. Es un pensar que está atento a las condiciones de posibilidad de nuevas y diferentes formas de ser de la vida y el mundo. Es un pensar que se piensa a sí mismo como apertura hacia esas nuevas posibilidades y también como aquello que posibilita que lo nuevo y diferente cobre forma reconocible, y sea. Es un camino capaz de darnos un conocimiento distinto de lo que las cosas son, un conocimiento que no aparece en nuestra manera habitual de verlas y que nos hace posible vivenciar una forma diferente de ser nosotros mismos y del ser total del que formamos parte. A este pensar llamaremos “pensar reflexivo”, “pensar creador” o, simplemente, “pensar”.

El pensar reflexivo o creador es aún débil en nuestras prácticas. Sus maneras de operar nos son particularmente oscuras cuando lo intentamos transitar en las zonas inmediatas y cotidianas de nuestra experiencia. Sólo sabemos de él, y esto en cierto grado, en planteos generales que dicen del devenir del Ser, de la Creación de todo lo que hay, y que se enuncian como filosofía de lo existente. Desde allí deberemos comenzar a caminar para andar los senderos que se abren al hacernos la pregunta por la práctica concreta y personal de pensar y vivir. En la situación de crisis cultural en que vivimos esta interrogación urge hoy y refiere a lo más inmediato y concreto de nuestra experiencia, pero también refiere a lo más genérico y totalizador del mundo del que formamos parte, esto es, la idea misma de Dios, que está en la base de nuestra forma de ser y vivir.