El Triángulo de la Acción y la eficiencia

         Cuarta Avanzada: la acción humana como eje de una práctica de auto-re-creación permanente, e interdependiente, de cada uno, de las comunidades y del mundo

Queda pendiente, tras estas consideraciones sobre la solidaridad, el otro aspecto del dilema planteado por las organizaciones y sus miembros: el extremo de la eficiencia, de la racionalidad de la acción.

Unos párrafos más arriba expresamos cómo el Sentido de Felicidad y Solidaridad echaría una luz nueva sobre lo que se considera razonable y sobre el concepto de “eficiencia” en la actividad de una organización. Para comprender mejor a qué nos referimos quisiera hacer algunas consideraciones sobre la acción misma y sus distintas dimensiones, de manera de poner en claro por qué el Sentido de Felicidad y Solidaridad es, al mismo tiempo, más racional en el momento actual que el Sentido de Utilidad y Dominio.

Vivimos un momento en que la especie humana, dados su inmenso poder de transformación de la naturaleza y de crecimiento propio –demográfico y de consumo de energía y recursos- ya no puede ser “conducida” por el ecosistema global. Los equilibrios relativos que en lo climático y en lo ecológico rigieron a lo largo de toda la época histórica –unos 10 mil años de los 150 mil que comprende, poco más o menos, la historia del “homo sapiens sapiens” sobre la tierra- son hoy arrastrados por la actividad humana. La actividad social, colectiva, de los seres humanos está transformando y convulsionando todos los ecosistemas del planeta, e incluso, como es hoy de público conocimiento, los ciclos climáticos y oceánicos planetarios. Pero los está transformando de un modo y en un sentido no deseados por los seres humanos y que no podemos ya controlar sin modificar radicalmente nuestras formas de vivir.

¿Qué quiere decir esto a los efectos de nuestra reflexión sobre la acción? Algo esencial: nuestras acciones nunca tuvieron por objetivo producir esta situación. Simplemente actuaron, persiguiendo otros objetivos –crecimiento ilimitado, concentración de riquezas, concentración de poderes- pero sin preocuparse demasiado por la reproducción y el cuidado de las otras formas de vida que hay sobre la tierra (los árboles y otras plantas, el plancton, los otros animales) ni por la reproducción de los recursos que usamos para vivir como vivimos (especialmente los mares, el aire, el agua, los bosques y selvas). De esta forma, persiguiendo y en buena medida logrando objetivos “progresistas” los seres humanos actuamos sin embargo sobre las condiciones de posibilidad de nuestra propia vida –uso de recursos, emisión de basura y residuos, etcétera- deteriorándolas y poniéndolas en peligro. Primera enseñanza, entonces: toda acción humana tiene no sólo efectos en relación con su objetivo inmediato (y es sobre estos efectos como de costumbre medimos la “eficiencia” y juzgamos el “logro”), sino también, e inmediatamente –aunque las consecuencias no se perciban en lo inmediato-, sobre sus propias condiciones de posibilidad. De modo que una acción puramente orientada al éxito de su objetivo inmediato puede terminar siendo una acción que deteriora sus propias posibilidades de perpetuarse, y las posibilidades de seguir progresando, o incluso de seguir viviendo, de quien la practica.

Ahora bien, estas condiciones de posibilidad no son sólo naturales. Son también humanas. Nuestras acciones no sólo afectan las condiciones bio-físicas de nuestra propia acción y nuestra propia vida (algo que podemos experimentar con mucha intensidad si, por ejemplo, dejamos de limpiar nuestras cocinas, o nuestros baños), sino las condiciones ético-políticas, o socio-afectivas de las mismas. Está claro, si leemos la historia, que las sociedades que encararon las primeras el camino de “desarrollo” o de “progreso” (camino que se impuso luego mundialmente –el de las sociedades industriales y científico-tecnológicas de corte “capitalista”-) lo hicieron no sólo sin preocuparse por el destino de los seres humanos de otras sociedades, sino incluso instrumentándolos del modo más salvaje y cruel –esclavitud, genocidio, sometimiento despótico, sobreexplotación-. Más de cien años de guerras y revoluciones fueron una de las consecuencias de semejante esquema de “desarrollo”: inestabilidad mundial e incapacidad para encarar solidariamente los desafíos sociales y ecológicos actuales es otra de las consecuencias de ese mismo patrón de conducta. Pero si preferimos centrarnos en cómo ocurren las cosas en nuestras vidas personales, podemos poner un ejemplo burdo y cotidiano: si para satisfacer los deseos inmediatos que me despiertan terceras personas paso por alto sistemáticamente a mi pareja –lo que de costumbre llamamos “engañarla”-, tarde o temprano deterioro, destruyo, mi vínculo de pareja. Otro ejemplo en el mismo sentido: si para satisfacer mis ansias de éxito laboral descuido a mi pareja y a mis compañeros y compañeras de tarea –instrumentándolos, por ejemplo-, tarde o temprano deterioro todas mis posibilidades de alianza existencial, para la felicidad –con mi pareja- y aun para el “éxito productivo” –con mis compañeros y compañeras de trabajo-. Hay ejemplos macro de lo mismo: ciertos grupos humanos –lo que antes se llamaban sectores sociales- han determinado a veces que sus intereses económicos y políticos se benefician grandemente si se apropian de modo exclusivo y excluyente de la mayor parte de la riqueza social, y realizaron el proyecto expulsando hacia la miseria y la exclusión a grandes masas de seres humanos. La consecuencia mediata de semejante programa ha sido invariablemente la quiebra (social, política y a menudo económica) de las sociedades en que estos programas tuvieron éxito, con consecuencias de enfrentamiento social, e incluso desintegración, que alcanzaron a veces cotas de violencia de temer. Es decir, a través de nuestra acción, y según sea el sentido que la organiza, generamos y reproducimos cierto tipo de vínculos –no cualquiera- con los otros seres humanos: vínculos de alianza, de confianza, de ayuda mutua, o vínculos de desconfianza o miedo, de agresión y de resentimiento.

Por último, quizás lo menos visible, pero principal: a través de nuestras acciones nos reproducimos o nos transformamos a nosotros mismos. Nos ratificamos como personas capaces para cierto tipo de acciones y de vínculos e incapaces para otros –por ejemplo, capaces de dirigir una orquesta; capaces de construir casas, capaces de escribir libros; pero también capaces de matar; capaces de mentir y manipular, capaces de generar confianza y compromiso solidario en un grupo humano; capaces de hacerse temer y obedecer ciegamente, etcétera etcétera). Nos construimos y reconstruimos en la práctica de vivir. Es lo que queda expresado por Leopoldo muy bien: “El ser se construye en la práctica de ser”.

Ahora bien, uno de los padres de la sociología, Max Weber, señaló que el proceso de las sociedades “modernas”, es decir, las sociedades de las que somos “hijos”, implicaba una separación entre lo que llamó “racionalidad instrumental” y la “racionalidad sustancial”. La racionalidad instrumental consiste en medir lo adecuado de una acción por el éxito de los fines puntuales que se propone. Lo que de costumbre llamamos “criterio de eficiencia”. La racionalidad sustancial, en cambio, es mucho más problemática porque se refiere, según Weber, a los fines de la acción: ¿son estos razonables? Lo que pretendo con estas líneas es introducir, para ir más allá de la racionalidad instrumental, un tercer tipo de concepción de la acción, y, por lo tanto, un tercer tipo de “racionalidad”. La podemos llamar “integral”; o “tripartita” o “reflexiva” o “recurrencial”, o más sencillamente “vital”, o incluso “solidaria”.

Según lo que vimos en los párrafos anteriores toda acción humana actúa –precisamente-, ejerce efectos “productivos” pero también “destructivos”, sobre cuatro ámbitos:

  • el objetivo puntual de la acción, que constituye en cada caso su “eje”;
  • pero también, lateralmente, sobre los otros (una de las condiciones de posibilidad de la acción),
  • sobre el mundo (es decir, las condiciones de posibilidad de la acción en sentido general); y
  • sobre el que actúa (yo mismo: al que la propia acción modela como adecuado para ella: en el caso de ser una acción compartida, colectiva, en lugar del “yo” será el “nosotros” de cada caso: nuestra organización, nuestro partido, nuestra empresa, nuestra familia, etcétera).

Y esto hace que toda acción se dé como un ciclo: actuamos sobre las cosas o sobre las personas y esas acciones forman siempre parte de un ciclo de vida a través del cual nos reproducimos, afirmamos, transformamos y a veces deterioramos y destruimos a nosotros mismos. No sólo porque las cosas y las personas actúan sobre nosotros, sino porque en la medida en que son transformadas o alteradas por mi propia acción, ya no son las mismas que antes. Los efectos de nuestra acción revierten, pues, de formas mediatas e inesperadas sobre nosotros mismos y sobre nuestras posibilidades futuras.

Podemos graficar esto como un triángulo de la acción, cuyo centro es la acción misma dirigida a un fin cualquiera –pongamos por caso: darle de comer a la mayor cantidad posible de indigentes- y cuyos vértices están constituidos por el que actúa (Yo/nosotros), por los demás (Los Otros) y por el mundo no humano (Las Cosas, los animales –que, según se vea, pueden considerarse también formando parte del polo de “Los Otros”-). La acción se compone de esos tres vértices y los vincula de un cierto modo: casi nunca es una acción solitaria, que no cuente de un modo u otro con los que en cada caso son “los otros” –no existe Robinson Crusoe-; y nunca es una acción que no requiera la “colaboración” de “las cosas”, de condiciones materiales y bio-físicas de posibilidad. Por lo tanto, la acción no sólo se compone de esos tres vértices, sino que actúa y tiene efectos sobre los tres, y no sólo sobre su eje o foco.

Dicho esto, queda claro que la “eficiencia” de una acción se medirá de una manera muy diferente si, como hacemos habitualmente, pasamos por alto sus efectos sobre los vértices y sólo nos concentramos en su foco -el logro del objetivo puntual propuesto-, es decir si operamos de modo puramente “instrumental”, o si, en cambio, asumimos la responsabilidad por el conjunto de los efectos de nuestra acción y nos ocupamos activamente de lo que ocurre: con el sujeto de la acción (Yo/nosotros de cada caso), con quienes acompañan o participan o son afectados de cualquier manera por la acción (Los Otros), y por cómo la acción transforma o afecta de modo mediato al mundo en el que tiene lugar (Las cosas). Es decir, si operamos de modo “integral” o “solidario”, o “sistémico”. Esto conduce a ocuparse no sólo de los efectos inmediatos de la acción –logro o fracaso del objetivo puntual (en algún grado total o parcial) sino por los efectos “mediatos”, transversales y recursivos de la acción: sobre el que actúa, sobre los otros y sobre “el mundo entorno y las condiciones de posibilidad de la acción”. Efectos, todos ellos, que pueden ser constructivos o destructivos, y que dependen antes del “modo” de la acción, de cómo hacemos lo que hacemos, que de la efectividad de la misma acción respecto de su objetivo puntual inmediato. Así, éxito y eficiencia quieren decir algo muy diferente si las consideramos a la luz de este verdadero e integral “negocio existencial”, para usar la expresión acuñada por Leopoldo Kohon.

Lo que también conduce, por lo tanto, a salir del reducido ámbito del “Yo” de cada caso –el sujeto de la acción de cada caso, generalmente preocupado centralmente por el éxito instrumental de su propósito inmediato- para ampliar el campo del “nosotros” que vale la pena considerar como arrastrado por la forma y los efectos de la acción: un nosotros que incluirá al sujeto de la acción pero en sus múltiples dimensiones, versiones, momentos y contextos, y no sólo tal como aparece a sí mismo como “sujeto de esta acción” momentánea y parcial; y que incluirá también a los otros, y al mundo de seres vivos y de cosas comprometido y afectado.

Así, para volver al eje de nuestra exposición en estas páginas: una actividad y una vida orientadas por la búsqueda de una vida más feliz, algo sólo posible en su máximo despliegue en un mundo todo él organizado por una búsqueda semejante, implica una vida y una actividad organizadas por un sentido más solidario: la felicidad será tanto mayor, y más accesible y estable, cuanto más compartida. A esto hay que sumar el hecho de que nuestras acciones son siempre recursivas: es decir que nos reproducen o transforman, y reproducen o transforman sus propias condiciones de posibilidad y las condiciones de posibilidad –sociales, humanas, y bio-físicas- de nuestras vidas: transforman y reproducen, según cómo hagamos lo que hacemos, nuestros vínculos con los demás, con nosotros mismos y con las cosas.

De modo que una acción “lograda”, “eficiente”, no puede ser, desde este punto de vista, una acción que subordina todo al logro de su objetivo puntual, sin importar lo que en el camino ocurra conmigo mismo, con mis relaciones con los demás, y con los fragmentos de mundo comprometidos en la acción. Cuando así ocurre, llegamos a paradojas, por cierto muy frecuentes, como la que expusimos más arriba: la de una organización solidaria que compite de modo excluyente con otras organizaciones hermanas y que subordina jerárquicamente (y por lo tanto instrumenta) a una parte de su “personal” con tal de “lograr” mejor su objetivo solidario… O lo que podemos llamar “la paradoja de Casanova”, máximo exponente del amante exitoso –cientos de mujeres-, pero que confesaba al final de su vida haber buscado incesantemente el amor en todas las mujeres que se le cruzaron, a través de la seducción (es decir, de modo egocéntrico: haciéndose amar), y no haberlo encontrado nunca, hasta darse cuenta de que lo había tenido siempre al alcance de la mano en una sola de ellas… a quien él no había podido tomar en serio porque era un hombre incapaz para amar. Visto así, además, lo que sale a la luz es el lazo íntimo que une la “eficiencia instrumental”, puntual y ciega a su propia “ecología”, a sus propios efectos sobre el que actúa y sobre su entorno, con la lógica de la dominación y el antagonismo; y el lazo íntimo, fundamental, que une, en cambio, un criterio de racionalidad y de “eficiencia” como el que proponemos, integral, recursivo, solidario, eco-social, no sólo con la felicidad y la solidaridad, sino con la capacidad de amar.

La “eficiencia” en la acción, para cualquiera que quiera avanzar en un camino de felicidad y solidaridad, requiere pues asumir toda la “complejidad” triangular de la acción, y tener en cuenta que según cómo hago lo que hago (o hacemos lo que hacemos), así serán “el que actúa”, los otros afectados o participes de la acción, y el mundo en que la acción se desarrolla.

Si para lograr objetivos de felicidad y solidaridad padecemos amargamente e instrumentamos competitivamente a otros, lo que lograremos es reafirmarnos como personas capaces y “sabias” para el padecimiento y la ambición, para el dominio y la instrumentación, al mismo tiempo que generaremos vínculos dominados por ese tipo de valores, y un mundo apto para ser tratado de ese modo –o un mundo deteriorado y destruido, como ocurre con el ambiente natural planetario-.

Ser “eficaces” en la acción desde el punto de vista de un sentido de felicidad y solidaridad es, entonces, diseñar la acción para que afirme el sentido que queremos darle no sólo en sus objetivos puntuales –su foco- sino en el modo en que esa acción se desarrolla, y, por lo tanto, en el modo en que esa acción afecta al que la despliega, a los otros y al resto del mundo. Podemos decir: en cada acción, y por el modo en que la desplegamos, afirmamos o desmentimos, en el mundo y por nuestros actos, el sentido con que queremos construir la vida y el vivir.

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Sentido de Felicidad y Solidaridad, o Sentido de Felicidad Compartida