El trabajo placentero tiene más valor

Nos pasa a todos: cuando una tarea se convierte en trabajo el disfrute se va desvaneciendo como agua que se evapora hasta dejar seco el recipiente que la contenía. Por suerte hay excepciones que muestran otro rumbo y confirman que el goce es posible en el trabajo, aunque resulte problemático abrirle espacios. Pero claro: estas excepciones no son bien vistas, y esto hace que sea más difícil que puedan subsistir.

Esta desvalorización del disfrute con la tarea fundamenta la dificultad que tienen para cobrar aquellas personas que gustan de lo que hacen. Si hay goce no hay sacrificio, y entonces ya no queda claro qué es lo que otorga el valor pecuniario a la tarea. Un ejemplo muy claro es la histórica incapacidad de los artistas para apreciar el valor económico de sus obras. La función del marchant en el campo de la pintura y la escultura no responde al puro azar ni tampoco a una simple cuestión de conveniencia de la organización y exposición para la venta: los artistas no saben poner precio y mucho menos defenderlo en una transacción.

Esto sucede así porque su actitud con la tarea está organizada por el disfrute y las ganas, mientras que el precio está convencionalmente fundado en el esfuerzo sufriente experimentado durante el tiempo de trabajo.

¿Cómo hacer entonces para cobrar por algo que fue realizado con placer? Parece ilegítimo querer participar en el intercambio del mercado con objetos y servicios cuyo mérito no incluye el haber requerido grandes sacrificios pare ser realizado.

A mi entender esta es una cuestión a elaborar en la experiencia de cada uno, hasta hacer posible y fluida la coexistencia del goce en la tarea con el buen resultado económico. No se trata de un tránsito fácil ni sencillo.

Por otra parte: ¿qué pasa con la capacidad productiva de los individuos en la forma tradicional y sufriente de relacionarse con el trabajo? ¿Hay más o menos posibilidades productivas que en una relación más gozosa, abierta y lúdica?

El disfrute y el goce dan lugar a la creatividad, en tanto que el esfuerzo penoso conduce a la repetición, con lo cual creo que valdría la pena preguntarse por todo esto aún desde el punto de vista del resultado de la tarea, y no sólo desde cómo vivenciamos el tiempo de trabajo.

Pero además, ¿es posible pensar en transformar nuestra manera sufriente de relacionarnos con el trabajo, aún en las actuales condiciones de desempleo y crisis estructural? Creo que sí, que es  posible en la medida que asignemos importancia a la cuestión. En algún grado todos tenemos un margen para mejorar nuestra situación existencial, y éste es bastante más amplio de lo que la difícil situación del país nos permite en principio imaginar.