El trabajo, entre la repetición y el juego

La revolución industrial trajo como novedad la producción en serie, la aparición de líneas de montaje en las que la cantidad exigía la repetición. Nosotros, en tanto sujetos del productivismo, encarnamos esa forma del trabajo, bajo la misma actitud generalizada de la repetición. El sentido único y dictatorial del productivismo crea un vacío en el presente del hacer, no sólo por ponerlo en función de los resultados, sino también por no dejarle incorporar matices y sentidos múltiples. La dictadura de este sentido nos enseñó una sola relación con el trabajo y no nos permitió vislumbrar otras posibilidades.

En la actualidad, sin embargo, algo está cambiando. Las posibilidades productivas de un individuo comienzan a depender más de su creatividad que de su actividad repetidora. Esto tiene que ver, en gran medida, con las alternativas que abre la tecnología.

La tecnología es un horizonte en gran medida novedoso, poseedor de un perfil que todavía no podemos reconocer acabadamente. Si tuviéramos que señalar algo de ella, recalcaríamos su vertiginosidad. La tecnología vive otro tiempo: su ritmo no es el de la serie que antes mencionábamos, sino el de la renovación continua –una vertiginosa novedad y no una estereotipada repetición–. Esto convoca, por cierto, a otro tipo de persona productora, alguien requerido en su creatividad y no en su disciplina para repetir

Por supuesto que en esta transformación no se trata de dejar de producir, sino de cambiar el sentido que organiza la producción, sabiendo que el acto productivo será cada vez más gozoso y creativo, y menos forzado y repetitivo. Así como la repetición está enlazada con el esfuerzo y el desagrado por “hacer siempre lo mismo”, la creatividad habrá de requerir en nosotros el juego y las ganas de hacer lo que allí se hace.

En el juego no sólo se evalúan los resultados sino que se reconoce y se disfruta del tránsito. El resultado es una parte más del juego, y no su sentido único. Hasta tal punto es así que aún cuando el resultado sea el mismo, se evaluará en función de cómo se ha jugado, y no a la inversa.

Jugar requiere la actitud de degustar. Degustar y paladear es armarse desde las ganas y no desde los resultados. Gustar de algo es instalarse en el lugar exacto en el que se está y en el preciso sentido de ese crear.

La tecnología se deja ver así como condición de posibilidad de otra forma de ser de las personas en su propio acto de producción. Requiere y convoca otra forma, la necesita para desplegar su juego.  Permite comenzar a orientar el trabajo hacia el juego, y le confiere una intensidad y una dinámica diferentes a las que poseía en el estadio industrial. Al mismo tiempo, el juego posee una fuerza creativa que no tiene el “trabajo”.

Ser conscientes de estos aspectos de la producción en su era tecnológica es lo que caracteriza a los hombres más lúcidos de las direcciones empresariales de este comienzo de milenio. Su desafío creativo consiste en organizar la producción de manera que se facilite y se afirme el despliegue lúdico que requiere la tecnología.

No está lejos el día en que la pregunta fundamental de un capataz o de un gerente de recursos humanos, al seleccionar un equipo de trabajo, no sea ya “¿qué sabe hacer usted?”, sino “¿qué le gusta hacer a usted?”. También el cargo de jefe será olvidado para permitir la aparición del coordinador. Los horarios fijos serán abandonados, dejando que la tarea sea abordada en el tiempo en que haya más de ganas de permanecer en ella.