El trabajo como experiencia vital

Me senté a escribir, estoy en Derqui, todo está muy verde, es una espléndida tarde de sábado, me dispongo a trabajar y entonces me pregunto: ¿es “trabajo” esto que voy a hacer? Lo que intento es preguntarme y reflexionar sobre el sentido del trabajo. Sin duda la acción se inscribe en mi tarea profesional. Es más, la necesidad de pensar y escribir sobre este tema me fue sugerida por una reunión de un grupo hace dos meses. Se trataba de alguien muy movilizado por la necesidad de ganarse la vida trabajando en algo que le importara hacer, de transformar una  situación laboral que no lo motivaba. Allí vi la necesidad de contar con herramientas reflexivas más elaboradas y operativas sobre la cuestión.

Pensar y escribir, en mi profesión, es algo así como recrear y ordenar los útiles de trabajo, algo como arreglar el apero y las herramientas de laboreo en mi infancia y adolescencia campesina. Sin dudas, entonces, es trabajo. Pero realmente no siento el peso de tener que hacerlo, y esto es lo que me ocurre con casi toda mi tarea profesional. Entonces digo: ¿es que trabajo cuando actúo laboralmente? El servicio importa y sirve a mis clientes, esto hace pensar que es trabajo; pero no tengo el registro que se supone le corresponde…

En otra época de mi vida conocí la experiencia de ganarme la vida en trabajos que dejaban fuera de la experiencia laboral a lo que más me importaba hacer en la vida. Diría que era un vínculo con la tarea establecido casi exclusivamente desde su resultado económico.

Hoy puedo decir que me divierto trabajando, que en mi tarea el placer y la alegría son los estados de ánimo habituales, que el amor a los otros (y creo que de los otros) es el carril afectivo principal de mis vínculos profesionales. Que casi siempre estoy interesado y seducido por hacer eso concreto que estoy haciendo; que en la cotidianeidad de la tarea se despliega lo que más me importa hacer cada día: afirmar para mí y colaborar con los otros en la búsqueda de formas de ser y vivir más plenas de sentido e intensidad.

No se me escapa la riqueza (y los privilegios) que en mi existencia implica esto que cuento y también sé que no accedí a ella por casualidad, ni fue un hallazgo ingenuo. Fue, en cambio, el resultado de una búsqueda voluntaria, consciente y persistente, iniciada hace tiempo y que se desplegó como un camino sinuoso, para nada claro y directo. Un camino que requirió estar atento a los errores, tener siempre lo ojos muy abiertos ante los riesgos de oportunismos exitistas y autorizarme a inventar o crear aquello que no encontraba y que el camino demandaba.  Principalmente  me implicó estar muy atento a las posibilidades, de todo orden y magnitud, que ofrecían las condiciones del mundo.  Esto último es un componente principal en la afirmación de este camino: estar atento a las nuevas situaciones de la realidad  y a las posibilidades que en ella se abren. Creo que se trata de posibilidades que, en algún grado y por caminos distintos, se nos ofrecen a todos. Pero se nos ofrecen a condición de que sepamos que  se trata de una “película” no apta para  cómodos y timoratos. Se nos ofrecen a condición de que:

1- Nos comprometamos en una búsqueda voluntaria y conciente.

2- Nos animemos a mover determinadas creencias heredadas.

3- Estemos muy atentos a las transformaciones de la realidad en tanto condiciones de posibilidad de lo que nos proponemos.

El camino será gozoso en la medida en que no intentemos jugadas  superiores  a la fuerza que en cada momento hayamos logrado construir y también en el grado en que  avancemos  comprometiendo  todas las fuerzas que en cada momento tengamos. Se trata de afirmar  ni más ni menos  que todo lo que  en cada momento podemos; de gozar eso que en cada momento, o etapa, afirmamos. Se trata, en suma, de que no nos propongamos llegar a ningún lado, sólo caminar con un rumbo y disfrutar del camino.