El nacimiento de un nuevo erotismo

El productivismo no sólo organizó el deber ser y la moral de toda una época; también dio forma a las ganas, gustos, sensaciones y placeres. Lo hizo desde el dominio, la acumulación y el progreso. Su intención fue satisfacer la carencia y la incompletud, que puso en el principio como condimentos esenciales de la condición humana. A la vez organizó el tiempo como un espacio de transición entre el ser potencial y el ser efectivo: de esa forma el presente sólo se valora como materia prima, concebido fundamentalmente desde su utilidad. Esa es la base de la eroticidad del productivismo, y así se organiza el tejido de sensaciones que le es propio.

Pero hay otra eroticidad posible, la del no productivimo y la inmanencia, la de la multiplicidad de sentidos. Al ser la eroticidad de un mundo que recién comienza a desplegarse, es poco lo que podemos decir de ella. Su fuerza es todavía débil y sus formas poco nítidas. Podemos intuirla procediendo por negaciones: no es dominante ni utilitaria, tampoco es posesiva ni acumulativa. Es una eroticidad que no mira desde lo que falta, sino que se ubica en la presencia plena de lo que se da, y su tiempo deja de ser camino hacia el futuro para tornarse realización en el presente.

La forma de relación con las cosas y las personas que propone esta manera de estar en la vida no es ya la del dominio y la posesión: está más bien organizada por la seducción. Se trata de la invitación a un juego que no pide un sentido fuera de él.

Tampoco tiene que ver con el acto seductor dentro del juego de dominio, en donde seducir equivale a atrapar o comenzar a poseer al otro. Esta nueva seducción es más respetuosa de lo otro y del otro. Se trata de una forma más voluptuosa en la que cada persona sostiene de por sí su juego, sin requerir ni depender de la posesión del otro o de lo otro. En esta forma ser no es tener, ni tampoco hacer, sino simplemente estar.

Desde esta perspectiva, vivir seductoramente es ponerse en relación con todo en una actitud de desafío a conectarse, a establecer una relación en la zona más intensa de cada situación.

Otra manera de explicar esta vocación sería decir que es la actitud de buscar la conexión con el otro y con lo otro en el carril de las ganas, de nuestra eroticidad más jugada y abierta, sin querer poseer ni controlar, sólo invitando a establecer un contacto entre las ganas del otro y mis propias ganas. Tomar contacto con lo que más me atrae y conmueve de los demás, invitando a que se conecten con lo que más los moviliza de mí.

Las cosas que sólo pueden mostrarnos de sí aspectos utilitarios y trascendentes ya no logran seducirnos. Esas cosas no tienen la fuerza de provocar el goce. Se presentan como útiles. Eso también ocurre con algunas personas.