El juego propio se da en lo comunitario

La búsqueda y afirmación de una posibilidad existencial propia y singular requiere del entramado cultural colectivo: sólo somos en relación con otros. Esto hace que pensar la propia vida no signifique un “sálvese quien pueda”, sino también atender la construcción de otra forma del ser social, otra forma comunitaria de ser.

Formamos parte de un mundo que se deteriora y pierde intensidad, y en tanto fragmentos de él, también perdemos intensidad en nuestras sensaciones, vibraciones y pasiones. Lo que antes importaba ya no importa en igual grado: ni el ser desde el tener, ni el ser desde el hacer, ni el ser desde el poder dan ya sentido pleno a nuestras vidas. Apocamiento del sentido del amor, del trabajo, de la paternidad, de la amistad…: todo comienza a darse en nuestra época como experiencias poco intensas.

Creo que preguntarnos por el sentido, por el Ser, nos ayudará a buscar y encontrar formas nuevas: nos permitirá afirmar otros sentidos en nosotros y en alianza con otros. Y en este camino, por lo menos hasta aquí, nuestra acción es más potente en las relaciones más inmediatas, en los tejidos vinculares en los que tenemos inserción más directa. Por eso creo que de lo que se trata hoy es de plantearse una política concreta de las partes, más que una acción sobre el todo.

Los lineamientos de esta búsqueda no bajarán desde arriba, desde una propuesta sabedora y de vanguardia, sino que se encontrarán y tejerán horizontalmente en una trama que vincule a las partes a través de una red desjerarquizada. Una red de aliados que se posibiliten unos a otros, no iguales pero tampoco desiguales, simplemente otros que con mayor o menor fuerza y experiencia intentan atender su propio juego y a la vez ir construyendo alianzas que lo potencien y faciliten.

Preguntar por el sentido en lo propio y singular es posibilitar la aparición de esa red, es liberar la energía de lo nuevo y aflojar los alambres del corral del productivismo. Al mismo tiempo, y con la fuerza de cada uno en combinaciones y alianzas con otros, vale comenzar a preguntar -cada vez más públicamente– por el sentido del mundo y de la vida en las cuestiones directamente implicadas en nuestra forma de con-vivir y estar comunitariamente en el mundo, tanto en relación a los otros hombres como a las cosas mismas.

Algunos siglos bastaron para que se sature el sentido productivista y el final del milenio parece abrir la posibilidad de un nuevo juego, más múltiple y abierto, menos instrumental y utilitario. A los hombres de esta era nos atañe abrir la pregunta por el sentido, ayudar al mundo en su nuevo tirar de dados. Y en esto no se trata de ayudar a construir un mundo que otros por venir han de disfrutar. Porque lo que pierde intensidad y apoca su sentido, debilita y vuelve superflua la experiencia de nuestra propia vida. Así, o afirmamos nuestro ser fortaleciendo en cada uno de nosotros el sentido que aparece desde las raíces de la saturación, o nuestra propia experiencia de vida será superflua y débil.

Por eso cuando pienso en lo comunitario no pienso en aquello que nos interesa de los otros, de los pobres, los marginales o los que mal-participan en la distribución de las riquezas. La cuestión nos atañe a todos, y del abordarla depende la intensidad y felicidad en nuestras propias vidas cotidianas.