El juego propio en el amor

El intento de pensar cómo vivimos se hace bastante más difícil en el terreno del amor que en otras zonas existenciales. La afectividad amorosa está tejida en lo más sensible de nosotros, y dudar de su carácter real y eterno equivale a dudar de nuestro propio ser. Pensar que lo que es puede ser de otra manera nos produce en este caso una sensación más abismal y desintegradora.

Cuando hablamos de amor nos referimos a esa tensión-atracción que se produce entre personas y que vibra en el campo de la pasión sexual y en el espacio genérico del sentido de la vida. Encuentro pasional de cuerpo y espíritu, contacto profundo con el otro, confianza de piel, confianza de sentido.

Pero el amor no siempre fue lo que es hoy. A lo largo de la historia hombres y mujeres lo sintieron, pensaron y vivieron de maneras diferentes, todas igualmente reales. Tenemos por un lado a los griegos, con su forma tríptica del amor: amor de maestría con adolescentes (homosexualidad, para nosotros), amor conyugal de procreación y amor de los amantes y del goce; las tres formas coexistiendo en las mismas personas y ensamblándose en el despliegue de los juegos amorosos. Allí están, también, los esquimales, poniendo en acto la escena opuesta a la de la monogamia y los celos de Occidente: “si no aceptás a mi mujer por esta noche ofendés nuestra amistad y a mi persona”. Y por otro lado tenemos los casos (registrados por la antropología en sociedades aparentemente “primitivas”) que Engels y Morgan llamaron “matrimonios colectivos”, comunidades grupales de hombres y mujeres en las que la sexualidad, la descendencia, las “necesidades” y la “producción” parecen haberse compartido.

Y por último tenemos nuestro mundo, y con él lo que para nosotros es el amor. Pero la pregunta que se abre al repasar estos casos no es la de qué es el amor: sabemos que no hay respuesta para este interrogante, puesto que no hay permanencia del ser en una identidad o en una forma fija. La pregunta radical, entonces, ocurre en cada uno de nosotros, y se despliega así: ¿cuál es mi sintonía amorosa?, ¿qué formas me inclinan hacia la intensidad, el erotismo y la alegría? ¿Cómo tengo ganas yo de amar, de vivir el juego del amor?

Esta es la pregunta más potente y afirmadora de la propia intensidad amorosa, y esa es también la pregunta más difícil de vivir.

Nuestro intento de abrir lo estatuido sólo se puede afirmar a través de formas nuevas, buscadas y encontradas a partir de las ganas, sin basamentos en las señales del deber ser que nos acorralan en la repetición del código hegemónico. Por ello, dar lugar a aquello que se nos presenta como diferente del modo de amar establecido es una posibilidad de abrir nuestras propias ganas y hacer camino al andar. Aún a sabiendas de que en el amor, como en cada juego fragmentario de la vida, el sendero de lo abierto está lleno de vericuetos, dificultades y entrampamientos.