El hijo como proyecto de los padres

Los padres solemos decir con frecuencia frases como “quiero lo mejor para mi hijo”. Con esta expresión pretendemos manifestar nuestro sentimiento amoroso hacia nuestros niños. Esto no está mal en sí mismo. El problema radica en aquello que no decimos y circula implícitamente en esa frase: “yo sé lo que es mejor para él, lo sé porque soy grande y tengo experiencia, y en consecuencia resuelvo por él y tengo todo el derecho de influir en su vida”. Y entonces la vida del chico se diseña a partir de un proyecto que es parte de nuestra experiencia, y por lo tanto, también de nuestros gustos y valores, que en definitiva definirán lo bueno y lo malo, lo que importará y lo que no.

Este manera de encarar la paternidad resulta expropiatoria y debilita a nuestros hijos en su vida. Y es también fundamento de lo que se supone inevitable y natural: la rebeldía de los   adolescentes. Este hecho, por cierto habitual, debería verse como un primer movimiento de nuestros chicos para reapropiarse de su vida.

Desde este punto de vista no tiene demasiada importancia que los padres, al apropiarnos del proyecto existencial de nuestros hijos y al convertirnos así en sus directores ténicos, lo hagamos de manera dictatorial o democrática.  Un consejo es mejor que una orden porque es más blando y no obliga, pero ambas conductas tratan en el fondo de imperar en el hijo desde la autoridad del adulto-padre, y por ello plantean conflictos en términos de desacuerdo y rebeldía.

Lo nuevo sería decir cada vez menos a nuestros hijos qué deben hacer, o qué importa que hagan, y cada vez más ayudarles a pensar qué es lo que les importa a ellos, qué es lo que quieren hacer y cómo lograrlo.

Esta diferencia que va del decir lo que deben hacer desde nosotros, desde nuestra experiencia, a ayudarles a pensar lo que quieren hacer y cómo hacerlo, me parece fundamental. Se trata de ayudarles a pensar su vida y cada situación acompañándolos, mostrándoles las posibilidades y dificultades que no alcanzan a ver, de usar nuestra experiencia de vida para ampliar sus miradas, no para ordenar sus vidas.

La cuestión no sería entonces decirle a nuestros hijos cómo algo es, sino cómo lo vemos nosotros. Al mostrarle cómo vemos el mundo, y no cómo el mundo es, habilitamos otras miradas posibles. Y al hacerlo invitamos a nuestros hijos a mirar por sí y a afirmar sus miradas. Mirar por sí no es sólo tener en cuenta la inmediatez de “lo que me gusta”, es también aprender a considerar el camino necesario para lograr lo que se desea.

Los padres seríamos de esta forma los aliados principales de nuestros hijos en el proceso de ampliar su mirada para elegir su vida y operar en ella. Pero el aliado, aunque sea el aliado principal, no es el diseñador de la vida del otro: es sólo un asistente.

Sé que no estoy hablando de algo fácil de poner en práctica. En mi propia experiencia de padre esto es algo que sólo pude afirmar progresivamente y que me hizo enfrentar, al hacerlo, una sensación de riesgo a causa de la situación de apertura en la que dejaba a mis hijas para posibilitar su elección. Sensación de riesgo que fue desapareciendo en la medida en que los años me mostraron que eso, en vez de sumergirlas en el caos, les daba fuerza y seguridad para ordenar sus propias vidas.