El erotismo y la convivencia

La experiencia erótica es a la manera del relámpago: es fuerte, intensa, fulgurante, y se hace posible en el orden del instante. Su posibilidad implica un lapso, más o menos duradero, pero siempre recortado. Nuestro estado personal ha de volver siempre a su situación ordinaria de discontinuidad, de separación y diferenciación del otro, para a partir de allí volver a procurar instantes de unión y reaparición del deseo erótico.

No vivimos permanentemente en estado erótico: tenemos momentos de erotismo, tiempos más o menos prolongados e intensos.

Un error habitual en nuestras maneras de imaginar el amor en pareja, originado en el romanticismo ingenuo que tantos equívocos nos produce cuando nos enamoramos, es requerir permanencia de la unión que sentimos en los momentos eróticos, una continuidad en el tiempo que la experiencia no contiene como posibilidad.

Esto nos lleva a confundir nuestro ser singular, separado del otro (estado normal de nuestra existencia), y a intentar fundirnos en un “nosotros” que sólo logra instalar en el vínculo un estado de permanente conflicto, en donde cada uno intenta defender las posibilidades de su propia singularidad. Así es como el matrimonio se convierte en “la tumba del amor”.

Esta exigencia de permanencia en la unión y continuidad en el otro hace que el vínculo se vaya instalando en una posibilidad amorosa menor –la ternura y el compañerismo–, cuestiones de enorme importancia y valor en la vida de la pareja, pero que no son las que dieron lugar a su gestación. Uno no se pone en pareja por una cuestión de ternura y compañerismo.

El erotismo es una posibilidad que se actualiza con frecuencia, pero no es el tono constante de la convivencia en pareja. No vivimos en estado continuo de unión erótica con el otro: convivimos con ella o él porque es la persona con la cual tenemos mayores posibilidades de compartir momentos de erotismo, posibilidades que cuanto más cuidemos y convoquemos se volverán más frecuentes, más intensas, y será mayor el tiempo de encendido de sus “relámpagos”. Pero siempre serán relámpagos que al consumirse nos devolverán dulcemente a nuestra singularidad separada.

Por esto sugiero pensar y vivir la vida en pareja como un despliegue en dos planos: lo erótico y lo convivencial. Ambos se tocan y entrelazan, pero también tienen sus reglas y movimientos propios y diferentes. Ser un buen compañero no implica ser un buen amante, y a la inversa: se puede ser un magnífico amante y un muy mal compañero en la convivencia. Unificar los términos y pensar como si todo fuera una sola cuestión es no pensar ninguna de los dos aspectos, es confundir y enturbiar los caminos de búsqueda para intensificar la experiencia del amor convivencial.