Donde hubo amor, fracasos no quedan

Hay una dificultad que está en la base de nuestras limitaciones para intensificar la experiencia amorosa. Se trata del hecho de que esta experiencia es del orden del juego, y entre nosotros el juego está en el lugar de lo intrascendente, de lo que no importa ni tiene valor.

Los occidentales hemos sido educados en una cultura cuyo sentido (lo que hace que algo nos resulte significativo) es la utilidad. Pero aquello que tiene que ver con el juego no apunta a ningún resultado: sólo es mientras es y por lo que es; no toma prestado su sentido de ningún resultado que se vaya a manifestar en ningún momento más allá del presente en el que ocurre.

El primer inconveniente que tenemos es poder instalar nuestra práctica del amor en el puro presente, sin requerir de él otro sentido más allá de lo que ocurre a cada instante. Esto no significa que los que se aman no puedan hacer planes: hasta puede suceder que se ilusionen con tener nietos juntos, pero el amor no toma su ser de ese proyecto; su intensidad nace de lo que acontece en su presente más radical, del cual el proyecto también forma parte, pero sólo en tanto deseo compartido.

Si el amor realmente es en el presente en que es, ningún amor fracasa, sólo que es cuando es. O fue cuando fue. Y luego, simplemente, dejó de ser. Toda idea de fracaso en el amor parte de una concepción del vínculo amoroso que pone su sentido en el porvenir, y esto generalmente toma forma en el mandato de “…hasta que la muerte nos separe”.

Generalmente hablamos de “amor verdadero” cuando está dirigido al emparejamiento. Alguna vez alguien dijo en uno de mis talleres: “Cuando una relación en la que estoy bien dura un tiempo y no apunta a proyectarse en una pareja, deja de interesarme”. En esta forma de vivir el encuentro amoroso el sentido de lo que en él ocurre está puesto en su proyecto convivencial, no en el juego del amor-erótico. Es un amor convocado a su realización fuera de su presente, y con ello, fuera del orden al que pertenece en tanto amor erótico, porque lo erótico es del orden del juego y del puro presente.

Y no por ser del orden del juego y darse en el más radical presente, lo erótico deja de ser serio, magnífico y sagrado: esencial a la creación y resignificación de la vida. Simplemente ocurre que entender (y más aún sentir) que lo sagrado pueda ser juego, es difícil para occidentales “serios” como nosotros.